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 Una noche como cualquier otra... o tal vez no. | Privado.

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Ada Dashwood
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MensajeTema: Una noche como cualquier otra... o tal vez no. | Privado.   Dom Ago 18, 2013 3:23 am

El espejo me devolvió una versión pálida de mi rostro. En las últimas cuarenta y ocho horas solamente había dormido seis. Si es que dar pequeñas cabezadas en un autobús que traquetea por una carretera llena de baches cuenta como dormir, claro. Sin embargo, tener unas ojeras del tamaño del cañón de Colorado no era una excusa para faltar al trabajo... más que nada, que necesitaba ese empleo, al menos hasta que tuviera la oportunidad de cambiarme a uno mejor, si es que lo encontraba. Tras escrutarme largamente con la mirada, Amanda, la otra camarera, me murmuró con extraña amabilidad que me diera prisa en cambiarme. Ocultando mi sorpresa por su cortesía inicial, me recogí el cabello castaño en una descuidada coleta, y salí a la barra. Mi aspecto debía ser peor del que yo misma sospechaba, porque Amanda no acostumbra a dedicarme tanta condescendencia. De hecho, me odiaba, y no era difícil averiguar el por qué: me consideraba una amenaza para sus objetivos de ir subiendo de posición en el trabajo. Lo que ella no sabía, era que a lo sumo me quedaría un par de meses más. Quizá, de saberlo, no sería tan desagradable conmigo.

Procurando no tambalearme sobre los altísimos tacones que formaban parte del ridículo uniforme, fui a la barra, y sin mucho entusiasmo, me puse a atender a los primeros clientes de la noche, a quienes ya empezaba a conocer puesto que parecían no tener nada mejor que hacer los viernes que venir a asesinar a su hígado aquí, siempre al mismo antro.  Aun no eran ni las doce, pero un hombre ya estaba borracho como una cuba.  Estaba sonando una canción de los Sex Pistols, y el bullicio no me impidió escuchar claramente la llamada del borracho, un tal Steve si mal no recordaba de otras veces. Fui hacía él, y Steve me mostró su vaso vacío como si fuera una tragedia.  Incluso con la barra entre nosotros, un tufillo a alcohol rancio me llegó a la nariz. Me pregunté cuántos habría bebido ya. A su lado había tres vasos, pero su estado no concordaba con tan pocos recipientes a su lado.

Oye, guapa, sírveme un whisky doble – ordenó, arrastrando las sílabas. Asentí, con un seco movimiento de cabeza, recogí los vasos vacíos, y serví uno limpio, que llené de whisky antes de empujarlo contra él. Yo sabía que no era prudente seguir suministrando bebida a un hombre que ya estaba tan ebrio como aquel... pero las normas del negocio eran esas: se servía cuanto se pidiese. Y si alguien daba problemas, el jefe se haría cargo de él. Si bien yo no creía que dejar que las personas pudieran intentar alegremente abandonarse al coma etílico fuera ético... lo cierto es que mi ética no me daba de comer.

Seguí trabajando, sin incidentes durante un par de horas. Hay quienes piensan que trabajar en un bar supone vivir una vida muy dinámica, llena de personas fascinantes que conocer y de conversaciones ingeniosas... pero no, no por lo menos si trabajas en un puñetero bar de mala muerte donde solo acuden borrachos y mujeres con la autoestima muy baja y muchas ganas de un revolcón fácil. Las mismas conversaciones,  las miradas directas a mi escote, y el “¿de dónde eres muñeca?”, también forman parte de mi trabajo, casi tanto como el “tomate algo conmigo...” o el “¿Cuándo acaba tu turno?” que son mucho más molestos. La misma rutina de siempre.  Sin embargo, una noche tranquila era más complicada de obtener que la presencia de una monja sentada en uno de los taburetes tapizados en rojo,  y a tan solo media hora de que acabase por esta jornada, entraron un grupo de tres hombres trajeados muy bulliciosos, que tras ser atendidos por Amanda... se sentaron en torno a una mujer solitaria, una de esas almas en pena que beben en silencio en un rincón.  Al principio, les ignoré, y seguí a lo mío... hasta que escuché a la mujer quejarse con un hilito de voz... mientras secaba unos vasos con un trapo, observé mejor la escena: uno de los hombres había pasado su brazo en torno a los hombros de la chica, que parecía asustada, y el resto les cercaban, uno de ellos con la mano demasiado arriba en su muslo. No era una escena inusual... exceptuando que ella no parecía estar de acuerdo. Apretando los labios en una mueca de irritación, salí de la barra caminando con zancadas nada delicadas, y me planté frente a ellos.

Eh, mosqueteros, dejadla en paz, que no es una para todos. –gruñí, y los cuatro me miraron. Los hombres con molestia, la mujer con gratitud.

–Oye, nena, no te metas donde no te llaman. Esto no es asunto tuyo.

He dicho que la dejéis en paz... – repetí, fulminándoles con la mirada. Uno de ellos se levanta, mirándome con sorna, mirándome con lascivia, una mirada que me asqueaba y me hizo envararme. Debió considerarme inofensiva. Estaba a punto de dar de nuevo la orden, soltando un buen taco, cuando alguien tras de mí se adelantó a mis intenciones... y esta vez, ellos obedecieron. Esperando encontrarme al jefe, me gire... pero no era mi jefe.
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Enrico Moretti
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MensajeTema: Re: Una noche como cualquier otra... o tal vez no. | Privado.   Dom Ago 18, 2013 11:25 pm

Aletargado, descubrí que el calor de la noche no me despejaría. Olía a humedad, a ese rocío nocturno que tiñe cada madrugada con secretos lluviosos que nunca se derraman por completo. Pero el aire era tórrido, áspero, rozándome la piel. El desierto y la arena a sólo unos kilómetros nunca dejaban que el oasis de neón se refrescara.

O tal vez era yo, aún ardiente, mecido por las brasas del deseo.

Era tarde, llegaría con retraso. Si hubiera quedado con Don Carlo habría considerado apresurarme, pero por sus Soldati nunca aceleraría una cita. Yo no cobraba horas, yo cobraba por noches, por completo.

Ese era mi secreto. El que ellas descubrían, el que yo hacía sentir, el que sentía. Pagaban por mi cuerpo, pero yo las amaba. Era capaz de amarlas. De hacerles el amor. De encontrar en sus curvas, en sus pieles, motivos suficientes para adorar su sombra. Las amaba una noche, pronunciando sus nombres, hundiéndome en sus ojos, bañado en su sudor.

Me doy a ellas, me entrego por completo. ¿Y por qué no? El mañana es incierto. Nuestra piel, nuestro tacto, es sólo para amar. Para hablar con caricias y fundirse en jadeos, hasta dejar de ser en solitario. Y puedo hacerlo. Puedo mirarlas y encontrarlas hermosas. Sentirme afortunado. Estar dispuesto a hacerlas disfrutar, encarnar lo que anhelan. Sentirme casi un dios entre sus piernas. Porque ellas son las diosas. Ellas, y todos sus misterios. Enloqueciendo al hombre, al niño, que soy cuando las miro.

Me abrocho la chaqueta, atuso el pelo con las manos, llamo a un taxi. Me pierdo entre las calles del Strip hasta dejar a un lado los grandes rascacielos y las luces, para adentrarme en sombras y en pecado. Respiro, con más calma, recuperando el "toque mágico", centrando mis ideas, dejando a un lado ese perfume aún embriagándome, pegado a mí, cosido a besos.

Off-Strip me saluda y me envuelve en recuerdos. Los antros se suceden, mis memorias, antiguas, rodando en blanco y negro. En esa esquina jugaba a la pelota. En aquel callejón mancharon mi camisa de carmín. Allí, un poco más lejos, Giovanni, el panadero, piropeaba a mi madre.

Sonrío, con esa mezcla de emociones que te permite ser nostálgico cuando has dejado atrás un pasado más pobre, más austero. Cuando paseas en taxi los ecos del ayer.

Mi destino se acerca y ofrezco al chófer, quedo y profesional, un billete de 20 doblado en cuatro que aún huele a ella y ensancha mi sonrisa. Otros cientos aguardan aún dentro del bolsillo, dentro de mi chaqueta, cerca del corazón. Siempre son generosas. Siempre ofrezco mi máximo.

Bajo del coche con resolución, estiro el traje, vuelvo a peinar mi pelo con mis manos, meso mi barba y despejo mis ojos repitiendo sin agua el gesto diario que te lava la cara.

Avanzo, firme, sin sentirme nervioso. Ya no. Es parte de mi vida. Es casi rutinario. Les daré el sobre, sonreiré y aguantaré esa burla de soslayo en sus miradas sin atreverse a hacerme frente. Perros bien educados. Matones con traje a medida que sólo cumplen órdenes.

Abro la puerta y el sonido metálico recibe mi presencia, como en un bar de carretera. Mi mirada se ríe, cómodo en Off-Strip. Miro a mi alrededor, y encuentro lo que busco... En compañía. Observo silencioso durante unos instantes, y algo se mueve en mi interior. Molesto.

Antes de que haya acortado las distancias la camarera se adelanta, expresando su voz mis pensamientos. Ellos se ríen de ella, mezquinos. Aplaudo en mi interior su determinación y me planto tras ella, firme, brazos cruzados y semblante sereno que muestra claramente mi opinión.

- Basta.

Una sola palabra y capto su atención, haciendo que corrijan su conducta. Miro a la joven camarera durante unos segundos, para centrarme por completo en la desconocida que ha padecido la compañía de mis contactos.

- Disculpe, señorita. Por favor, permítame pagar su copa y disculparme. I miei colleghi hanno perso le loro buone maniere. No se lo tenga en cuenta. Estoy seguro de que a su superiore no le gustaría su conducta.

Mi justificación ante la joven es de igual modo una amenaza mientras extraigo el sobre del bolsillo, lo estrello contra el pecho de Edoardo Baggio con la mirada en llamas, y hago un único gesto despectivo señalando la puerta.

Mi voz se torna dura, desdeñosa y rasgada, siendo casi un susurro. Una advertencia.

- Ti chiamo io, signori. Ci incontreremo di nuovo.


No ofrezco más palabras. No espero a ver como abandonan el local, sólo escucho la puerta y su chirrido, recuperando el semblante sereno de sonrisa galante que florece ante ellas, para centrarme ahora en los ojos de la valiente camarera.

- Ese ha sido un gran gesto, signorina. Sé que está trabajando, pero me gustaría ofrecerle una propina. ¿De acuerdo? Por favor, no siempre se recompensa bien un buen servicio. Me gustaría que ambas disfrutaran la noche a pesar de la falta de tacto de mis ausentes compañeros.

Mi mano avanza lentamente hacia el bolsillo sin llegar a extraer la billetera, esperando primero su permiso. Su aprobación o una sonrisa a cambio, indicando el camino como una vela que se enciende ante la oscuridad.
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Ada Dashwood
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MensajeTema: Re: Una noche como cualquier otra... o tal vez no. | Privado.   Lun Ago 19, 2013 5:04 am

El que había dado la orden era un hombre joven, de ojos increíblemente oscuros que estaban fijos en los sobones. Por su expresión, no parecía muy complacido ante la pintoresca escena. Ellos, a su vez, le miraban con respeto, lo que denotaba que era alguien importante. El carísimo traje que llevaba parecía dar peso a mi teoría de que era alguien con cierta autoridad. El modo en que les había hablado reforzaba las sospechas: no les había hecho una sugerencia, les había dado una orden. La mirada agradecida de la mujer me abandona, y se fija en él con cierta admiración. Evito poner los ojos en blanco: sí, seguramente él encajaba mejor que yo con el héroe que una chica en apuros quiere que acuda a su rescate. En otras circunstancias, me habría encantado haber dicho algo contundente que eliminase la estúpida sensación de vulnerabilidad, algo como “no necesito tu ayuda” que viene siendo mi frase preferida, sin embargo, me vi obligada a admitir que de hecho, sí, necesitaba ayuda porque estaba claro que una camarera a la que sacaban cabeza y media de estatura no iba a intimidarles lo suficiente como para que dejasen a la mujer en paz. Menos siendo varios contra una... y a pesar de todo, no intenté dar las gracias. No acostumbraba a agradecer favores que no había solicitado, hay quien diría que mis modales dejaban mucho que desear.

Notando que hemos atraído demasiada atención, procuré no dedicar miradas de irritación a los clientes que nos miraban con curiosidad. Que no tuviera intenciones de quedarme mucho tiempo en el trabajo, no significaba que sintiera ganas de ser despedida antes de tiempo, y desde el primer momento había tenido muy claro que si el jefe me había dado el empleo no había sido por mis grandes habilidades sirviendo copas, sino por mi cara. Y por muy bonitos que sean unos ojos azules... cuando se usan para dedicar miradas asesinas la gente no suele encontrarles demasiado encanto. En cambio, no dejé de mirar alternativamente a los pulpos de turno, y al recién llegado. Tras tranquilizar a la víctima, intercalando cosas en ¿italiano? no estaba segura... mis conocimientos de idiomas eran nulos. El hombre dio con brusquedad un sobre a uno de ellos... ¿significaba eso que eran algo así como sus subordinados? Si no fuera plenamente consciente de que la curiosidad no solo atenta contra la vida de los gatos, habría hecho alguna pregunta al respecto.

En cambio, mientras ellos se marchaban sin causar más problemas, mantuve la mirada del hombre de cabello oscuro. Si bien acababa de ayudarme, su forma de hablar era afable, y en su mirada solo había cordialidad, no pude evitar desconfiar. La amabilidad gratis et amore raramente hace honor a su nombre. ¿Cuál era la verdadera finalidad de esa “propina”, asegurarse de que me olvidaba de sus amigos y de todo el incidente? De ser así... ¿por qué? ¿Era un traficante? ¿acaso la entrega de ese sobre y la breve charla no habían resultado tan inocentes como podría parecer a priori? Eso tendría sentido, aunque una norma no escrita pero implícita si trabajabas en un lugar como ese, era que vieras lo que vieras no abrieras nunca la boca.

–No voy a aceptar ninguna propina. Mis buenas obras no tienen el propósito de que me premien por ellas. Asegurarme de que esa mujer estaba bien forma parte de mi trabajo. – ataje, muy seria, casi solemne. En realidad, mi contrato no decía nada de ejercer de aguafiestas, pero no era la primera vez que ejercía como tal.

En realidad, el verdadero argumento en contra de su generosidad, la versión extra-oficial que no pronunciaría en voz alta ni bajo tortura china, era que mi orgullo, ese que había tenido que aceptar el duro golpe de no bastarme yo solita para plantar cara a un atajo de babosos, no consideraba como propia la hazaña de que la tontita que no había ni intentado imponerse estuviera bien. Y por lo tanto, tampoco consideraba que necesitase un recordatorio de mi fracaso en forma de remuneración económica. Y hablando de propinas... mi turno aún no había terminado. Recomponiéndome un poco, miré la barra, desde donde Amanda me dedicó una mirada inquisitiva y me tragué un suspiro. Acto seguido, volví a mirar al hombre:

¿Vas a tomar algo? – pregunté, con cierta formalidad, caminando hacía la barra y haciendo un leve gesto para que me siguiera. Ya nadie nos miraba: no se había producido ninguna pelea, y todo volvía a ser ridículamente normal. – Menos cerveza sin alcohol tenemos de todo. – ... de todo tipo de bebidas alcohólicas de garrafón, honestamente yo preferiría beber colonia a probar un sorbito del whisky que había servido a Steve, porque el resultado era parecido – pero sospecho que de todos modos no eres de los que beben ese tipo de cervezas. ¿Y bien?
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Enrico Moretti
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MensajeTema: Re: Una noche como cualquier otra... o tal vez no. | Privado.   Lun Ago 19, 2013 10:42 am

Cuando eres como yo, aprendes a entender las miradas. A ver lo que hay debajo, a ser capaz de leer entre las líneas que escriben las pupilas, al mirarte. Esas respuestas mudas que dicen tanto sin necesidad de palabras.

Y ahí estaba, en sus ojos. Ese recelo, silencioso. Bien hecho, buena chica. Puede que yo no quiera nada, o no lo quiera ahora. Pero el mundo está lleno de peligros. Y aunque daría el dinero satisfecho, agradecido en realidad a estar en posición de darlo, me alegra que rechace la oferta. La miro ahora fijándome en sus rasgos, viendo en ella no sólo valentía, también la dignidad que sólo ves a veces en Las Vegas.

Pelo liso y caoba, ojos intensamente azules, y ese mohín en sus labios, ¿ausencia? ¿hastío? Me adentro más ellos con la sinceridad del negro en mi mirada, sobria, templada, lejos del tono hostil de hace un minuto, sólo focalizado en los hombres de Bocca.

Asiento suavemente, apartando la mano del bolsillo, volviendo a sonreír esta vez por instinto. Una respuesta natural a un carácter que encuentras compatible. Afinidad, o simple simpatía. La ligereza que deja en mí deshacerme del sobre. Cumplir ante Don Carlo un nuevo mes. Ir tachando los días, aumentando los dólares ahorrados. Prosperar en mis metas.

- Lo comprendo, está bien. Aún así le agradezco lo que ha hecho, no la pagan por ayudar a otros a pesar de estar diciendo lo contrario.

Me guía y la sigo, en un juego que encuentro familiar de un modo diferente, diferentes contextos. Sonrío, más cómodo al volver a estar "solo", lejos de los Soldati y el peso de lo que representan. Me permito sentirme levemente cansado, camino hacia la barra a unos pasos de ella, y tomo asiento.

- Sí, por supuesto. Me vendrá bien un trago para continuar la noche.

Una ceja se alza ante el breve inventario. Nunca he entendido esos productos “sin”, falacias inventadas para aquellos que no saben decir no, pero tampoco dicen sí. Gente que vive a medias y yo lo quiero todo. Con su sabor, auténtico. Con calorías, con grados.

Niego, sonriendo, pero en vez de pedir decido aventurarme a través de sus frases. Hacer que los prejuicios que esconden sus palabras se desnuden. Me gusta ser juzgado, verme en ellas, ver los haces de luz que esboza mi persona. Todos somos de cuarzo, prismas que vibran en diferentes tonos.

Mi mirada destella, llena de ese fulgor que habla de adivinanzas, que juega, oscuro, culebreando en mis iris. La sonrisa en mis labios se torna menos suave, más concreta. Porque la sonrío a ella.

- ¿Qué sospecha que bebo? Sorpréndame. Sírvame algo que beba el hombre que cree ver al mirarme. Grazie, me agrada descubrir fragmentos de mí mismo.

Y así, quedo en sus ojos, desabrocho despacio el único botón cerrado en mi chaqueta, me acomodo frente a ella apoyando los codos en la mesa, jugando a ser el dueño de la noche. A sentirme de nuevo el chico de Off-Strip, vestido como un capo siendo sólo ese hombre que se dedica a hacer realidades los sueños... más profundos.

Sin dejar de sonreír. De sonreírla.
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Ada Dashwood
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MensajeTema: Re: Una noche como cualquier otra... o tal vez no. | Privado.   Lun Ago 19, 2013 11:28 pm

Tampoco me pagan por lo contrario. Habiendo tantas mujeres deseosas de compañía hay que ser unos cabrones para molestar a la que prefiere estar sola. – mientras apuntaba esa laguna legal, y ya de paso expresando lo que pensaba de sus colegas, me encogí de hombros de forma indolente, un gesto terriblemente pasotista que con el paso de los años se había convertido en una mala costumbre cercana a convertirse en una seña de identidad.

Por como dijo “continuar” tuve la sensación de que su noche no había hecho más que dar comienzo... por fortuna para mí, la mía acabaría pronto. No llevaba el tiempo suficiente en aquel pequeño apartamento en una de las peores calles del barrio como para considerarlo un hogar, nunca me quedaba el tiempo suficiente en ningún sitio como para que me importase... pero en cuanto llegara y pudiera arrojar los puñeteros tacones bien lejos de mí, tumbarme en una cama y no pensar hasta el día siguiente, seguro que sería un lugar mejor que un hogar: sería algo parecido al paraíso. No fue lo único acerca de lo que reflexioné:

Si bien mis modales dejaban bastante que desear, los suyos eran impecables, algo que encajaba a la perfección con la etiqueta que le había encasquetado tras la primera impresión. Ahora que ya tenía decidido que era un hombre de buena posición social y con muy mal gusto en sus compañías y en los lugares que frecuentar, solo me quedaba decantarme por si prefería encasillarlo como un pequeño mafioso con talento y buena suerte (admito que su acento italiano tenía que ver con esa idea... ¿acaso no es famosa Italia por su mafia? ¿O era Japón? Tanto daba), o como un joven de buena familia y apellido de los que van ligados a nadar en dólares y al respeto. Fuera lo que fuera, de lo que no iba mal era de autoestima... eso se notaba en la fijeza con la que miraba, que sin alcanzar el descaro, no desprendía timidez precisamente. Y tenía algo... ¿qué era? Inquieta, si bien no supe ponerle nombre, sí fui capaz de comprender de qué se trabaja: de que veía. No miraba sin más, como el resto de la gente, limitándose a echar un vistazo y quedarse en la superficie... No, él iba más allá, como si supiera algo que yo no, o como si pudiera ver qué hay debajo de mi piel... una sensación que no era del todo cómoda. No lo es cuando tienes más de un secretito inconfesable, o cuando lo que te gusta es pasar desapercibida.

Mafioso, o niño de papá, no que cupo la menor duda de que al margen de cómo se ganase la vida, era todo un Casanova de afición: si las miradas no fueran suficiente, sonreía exactamente de la misma manera, como si te conociera de toda la vida y por eso no pudiera evitar sonreír con calidez al verte. Me pregunté hasta qué punto esa era su actitud natural, y hasta dónde ponía un poco de interpretación de su parte. También podía ser simple y sano flirteo... pero por norma general la respuesta más sencilla era la que menos me convencía, no porque yo fuera una devota puritana, sino porque al mismo tiempo parecía muy serio, y porque no encajaba con los típicos borrachos que usualmente trataban de meterme fichas. No encajaba con la mayoría de las personas que yo conocía, ciertamente.
Le escrute con la mirada, tratando de no ser objetiva ante la adivinanza... pero no era fácil, en cierta manera, ese hombre era todo un cliché: era un hombre elegante y bien parecido. Con modales, y con cierta influencia, parecía fuera de lugar en medio de la flora y fauna habitual de antros como este. A ese cliché solo le faltaba que de su brazo colgase una mujer de aspecto distinguido con un vestido rojo y una larga melena rubia... y una copa de buen vino en su mano. No pude evitar esbozar una sonrisa de medio lado al pensarlo: tal vez me estuviera equivocando al juzgar, pero la escena que me imaginaba solo tenía de anormal el escenario.

Apostaría por uno de esos vinos que cuentan una lista interminable de aburridísimos adjetivos de sus cualidades, pero ¡vaya! dudo mucho que haya tal bebida en el almacén. De modo que voy a pasar al plan B... y optar directamente por el tequila ¿Cuenta como acierto?– dije, antes de buscar un vaso limpio, y tantear las botellas hasta dar con la correcta. Con la habilidad que otorga la práctica habitual, serví el tequila, y lo puse frente a él – ¿Quieres sal y limón, o prefieres bebértelo a palo seco? – si trataba de volver a enredarme en el juego de darme a elegir a mí, le dejaría bebérselo sin más... más que nada por no tener que buscar el salero en el desorden de los estantes de debajo de la barra, ni tener que ponerme a cortar limones.
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Enrico Moretti
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MensajeTema: Re: Una noche como cualquier otra... o tal vez no. | Privado.   Mar Ago 20, 2013 5:32 am

Otra vez, esta vez en sus labios. Esa crítica viva. Una opinión, sincera. Llevaba demasiado acostumbrado a esas mujeres dulces y solícitas, al juego de caricias dónde todo está dicho, dónde nunca se habla, dónde sólo los cuerpos se comparten.

Conversar era refrescante. Incluso a través de una barra, como esos viejos solitarios que comentan artículos de un diario mordiendo su palillo. La verdad es un capricho escaso cuando vives “mi mundo”. Las verdades se ocultan, nadie busca verdades. La verdad duele, siempre.

Todos usamos máscaras, dejamos nuestra mente en un cajón para sólo sentir. Y en realidad es fácil, demasiado sencillo. Nunca hay aristas cuando no expresas opiniones. Nada que te distancie. No hay un pasado, ideologías o cunas diferentes. Sólo las pieles. Esa igualdad final en los latidos. Sin raza. Sin idioma.

Pero a veces ver a otros sentir, decir y ser, me resultaba hermoso. Un nuevo escaparate inalcanzable. Personas reales al otro lado del cristal. Dónde la vida sigue. Dónde los besos significan.

Aún sonriendo, ahogué un suspiro interno, sin saber si estaba agradecido por mi existencia simple o anhelaba algo más. Pero todos deseamos siempre algo que aún no tenemos. ¿Verdad? Por éso seguir vivo. Para acercarse un poco más. Hasta casi rozarlo.

Su cuerpo, el haz de pensamientos que baila en sus pupilas, me dice que mi mirada pesa en ella. Dudo un instante, pero no la retiro. No llega a molestarla, pero sabe que miro dentro de ella. Que la observo. Bien. No soy un hombre sigiloso.

Te estoy mirando. A ti. Dentro de ti. Ahora. Mi sonrisa se ladea suavemente, con la chispa de inercia que exige todo juego. Suspicacia en los labios, en mis ojos oscuros. Ahora eres tú quién trata de observarme. Me estás juzgando. Nos juzgamos.

El intercambio en bruto en las miradas suena casi a preludio. Nos medimos. Pensamos. ¿Seremos peligrosos para el otro? Hay algo frío, casi de vidrio, en esos ojos de un azul intenso. Pero tú no quieres ser una chica frágil, camarera.

Y éso me gusta.

Respondes, sonriendo, y disfruto tu torcida sonrisa a juego con la mía. Parece que tú también sabes leer dentro de mí.

- Ganarías la apuesta con el vino, pero no con la lista interminable y aburrida. Sólo se ver cualidades en mujeres hermosas.  Pero no hablo de ello. Sólo miro.

Mis ojos quedan presos enfocando los tuyos. Hábiles. Obvios. Vestidos de metáfora. Dispuesto a descubrir qué accionan mis palabras. Curioso y expectante, mientras enuncias un plan B, más atrevido. El tequila no evoca el terciopelo rojo en mi garganta. El tequila es ardiente y te quema los labios, prendiendo fuego dentro.

El calor de Las Vegas vive dentro de mí. Hace ecos en mi mente, dibujando espejismos en cada pensamiento. Soy un hombre sediento que busca siempre oasis.

- Eso depende, camarera. Si bebo sólo no necesito condimentos. La soledad debe saber amarga. ¿Certo? Pero si me acompañas, quiero sal y limón. Contrastes en la boca. ¿Qué me dices? Sólo beberé uno. No busco emborracharme.

Y espero, con la sonrisa helada y los ojos calientes, sin saber qué he sembrado. Ya sabes lo que dicen. Si siembras vientos... recoges tempestades.
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Ada Dashwood
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MensajeTema: Re: Una noche como cualquier otra... o tal vez no. | Privado.   Mar Ago 20, 2013 8:11 am

Siempre, desde que podía recordar,  había sido buena jugando a tirar de la cuerda. Nunca había sido una chica demasiado alta, o demasiado corpulenta... pero sí que era bastante fuerte, un factor sorpresa que siempre me ayudaba a ganar. Sin embargo, no se puede ganar todo el tiempo. Y menos cuando el tira-y-afloja no se produce con una cuerda, sino que es uno metafórico producido con miradas. Aunque normalmente no tenía problemas en mantener la mirada a la gente, gran fallo en mi disfraz de persona anodina, esa vez aparté la vista, ciñéndome a ese guion que tan pocas veces respetaba. Es fácil no parpadear ni turbarse cuando te sientes moralmente superior a alguien, pero si tu interlocutor te mira con una intensidad que derrite el hielo, la cosa se complica, y siempre es mejor retirarse a tiempo antes que hacer algo estúpido... como ruborizarse, por ejemplo. Ni siquiera cuando me podía permitir ese tipo de tonterías fui de la clase de chica que tiembla como un flan ante unos ojos que te miran a quemarropa, y no iba a empezar a serlo en ese preciso momento. En cambio, me escudé tras una cierta mordacidad.

Curioso contraste ¿no crees...?. Mirar y buscar adjetivos para personas suena a algo profundo... pero subrayar que solo sucede con mujeres hermosas implica una cierta superficialidad. ¿Disfrutas siendo ambiguo?. — señalé.

Sin poder evitarlo, arquee una ceja ante su invitación. No porque fuera inusual, emborrachar a las camareras era casi un deporte en Las Vegas...  sino porque incluso se había tomado la molestia de argumentar. Un punto a su favor, fue ese sencillo “camarera”, que sonaba muchísimo mejor que los cientos de “muñeca”, “guapa” y “nena” que había tenido que aguantar sin parpadear a lo largo de los no tantos años que llevaba trabajando.  Le miré de reojo, y no hice ademán ninguno de buscar limones. Mi relación con el alcohol era un poco (bastante, en realidad) hipócrita: muy a pesar de mi empleo no soportaba a los borrachos. No obstante, una vez mi horario laboral llegaba a su fin, o en mis días libres, no era raro verme en antros de cuestionable salubridad tratando de ahogarme en un vaso tras otro de  vodka con limón, sin excepción carente de compañía.  Hipocresía de doble filo, o algo así lo llaman. A escasos veinte minutos, y sabiendo que al jefe lo que le importaba era vender y no a quién, bien habría podido aceptar. El alcohol siempre es mejor si sale gratis...  sin embargo, cansada de estar allí, con una clara necesidad de sueño, y la cabeza suficientemente embotada por el ruido constante que reinaba en el local, lo último que necesitaba era tomarme nada. Tequila y cansancio nunca son una mezcla recomendable.

—Me temo que también voy a decir que no a eso. Nada personal, otro día será — dije, con sencillez, y de nuevo me encogí de hombros. La cortesía exigía al menos un motivo... y tenía una amplía baraja de excusas, no necesariamente ciertas. “Lo siento, no bebo en horas de trabajo”, “Verás, estoy resfriada y no quiero mezclar alcohol con medicamentos”, “no, gracias, luego tengo que conducir y me sube muy rápido”... habría sido fácil escoger uno, y dejarlo sobre la mesa. Y sonreír, claro. Pero la cortesía y sus normas, no formaban parte de mis costumbres.

Al otro lado de la barra, alguien pidió su cuenta, gritando con impaciencia: la conocía. Era una mujer entrada en carnes, y en años, y desde hacía una semana se lamentaba con quien quisiera escucharla de “... ese desgraciado que ¡tras diez años juntos! Me ha dejado por su maldita secretaria, que podría ser su hija y...”  A su lado, se acumulaba una fila de vasitos. Poniendo los ojos en blanco, me hice cargo del cliente, que acababa de recobrar el interés por la hora, y volví junto al peculiar Casanova. Al menos él estaba en condiciones de conversar, y yo nunca rechazaba una conversación para matar el tiempo. Mejor el moreno desconocido que Amanda y el color del que planeaba pintarse las uñas en cuanto tuviera un rato libre.

No vienes mucho por esta zona —no era una pregunta, era una afirmación, quizá una manera muy poco convencional de decir “ya estoy de vuelta”.
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Enrico Moretti
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MensajeTema: Re: Una noche como cualquier otra... o tal vez no. | Privado.   Mar Ago 20, 2013 9:17 am

Esta vez mi sonrisa se amplió, disfrutando del aliciente de su espontaneidad, de su insolencia. Reí, sin llegar a resultar sonoro o llamativo, con esa risa que se escapa en tu aliento, ese “hum” de los cómics, que ensancha tu mandíbula y hace brillar tus ojos.

- Sólo si eso te intriga. ¿Debo disfrutarlo?

Todo queda en el aire, con el suspense irónico del final de un capítulo. Ese continuará que sabe a miel y a poco. Yo continúo observándola, aunque aparte sus ojos. Me anoto un tanto sintiendo su retirada un éxito. Le doy un tanto a ella por mirar de reojo, sin romper el contacto entre nosotros. No del todo.

Espero. Son apenas segundos, mientras al verla trato de decidir si beberá conmigo. La sonrisa no cesa. Lo estoy pasando bien. Muy bien en realidad, con este duelo inofensivo dónde no tengo nombre. Dónde nada está en juego. Pero sigo jugando.

El gesto de sus hombros me otorga una respuesta más directa, más física, que su voz y palabras. Agradezco que no enarbole excusas. Agradezco el rechazo sin perfume, sin máscaras. Y a la vez la esperanza diluida en el mañana, con gracia, sin pronombres. Porque no somos nadie. Desconocidos que se hablan, miradas que descubren, social anonimato que siempre es bienvenido.

Antes de ver cómo se marcha, cómo vuelve a alejarse, me deleito en sus ojos infantiles. En el sopor en crudo en su ademán, que hace que yo vuelva a reír como si fuera un cómplice y no sólo un testigo.

Recoge uno a uno los vasos y yo dejo su silueta para ver mi reflejo acuoso en el tequila, que bebo con un único trago decidido sintiendo la chaqueta ciñéndose a mi brazo y su paso arenoso, afilado, en mi garganta.

Como si fuera escarcha. Lágrimas. Con el ardor que imita el hielo o la impaciencia. Con el sabor intenso y ocre que te empaña los labios. ¿Salado? ¿Amargo? Tórrido, como si fuera un fruto del desierto.

Después, sólo queda el calor, sin aspereza, compitiendo en mi boca y en mi estómago, tibio, dentro de mí. Como el arrojo. Que no llega a apagarse. Meneó despacio la cabeza, y seco con mi mano mi sonrisa. Sin limón y sin sal. En carne viva.

Ella regresa, y yo vuelvo a su rostro en un segundo, como si sus facciones imantaran mis ojos. Tal vez ese estoicismo. Saber que no me mira, que sabe que la miro. Que ella no va a mirarme. La intriga en mí, ¿en nosotros? No, sólo yo. Ése es el reto.

- Eso no ha sido una pregunta. ¿Por qué? ¿Me recordarías?

Mi mirada se torna personal, mostrando un interés que no he fingido nunca. Curiosidad real, preguntas sobre ella, para ella. Soy yo de nuevo, con la sonrisa dedicada y toda mi atención. Dejo de ser el mercenario y soy el hombre libre. ¿Quién eres, camarera?

Llevo mis dedos a mi propio mentón, inclino la cabeza, maduro mi pregunta, atisbo su respuesta. Me cierno en cada posibilidad, sintiendo todas ellas nuevas y fascinantes. Porque soy yo el interesado. Y no hay dinero de por medio.

- Si siempre atiendes tú puedo venir de nuevo.
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Ada Dashwood
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MensajeTema: Re: Una noche como cualquier otra... o tal vez no. | Privado.   Miér Ago 21, 2013 8:31 am

Lo que sentía era similar a lo que debía sentir un espadachín novato en un combate de esgrima: cualquier exceso de efusividad que pusiese en una oración que en ese caso se comparaba con cualquier paso mal dado... podría ser utilizado para neutralizarme. Como de hecho, estaba haciendo. Me pregunté si no responder era una opción, algo así como el “no procede” en las casillas de algunas encuestas de las que te hacen por la calle, pero muy a mi pesar más allá de las conversaciones imaginarias, nunca existe esa alternativa. Como quien calla otorga, y eso supondría otra derrota en mi marcador... decido abandonar el rol de cauto ratoncito que no sabe si al moverse hará reaccionar al gato. Hace tiempo que me aburrí de ser un ratón: nunca termina bien.

Podría decirse que sí. Pero que no se te suba a la cabeza.

Fue sorprendente ver al volver el vaso vacío sobre la barra tan pronto.... y más sorprendente todavía que él no tuviera una mueca imborrable en su rostro. Yo había visto a hombres el doble de corpulentos que él mascullar palabras poco recomendables para decir en misa, y frotarse la garganta como si les fuera la vida en ello. También podía hablar desde la propia experiencia: en una ocasión, celebrando el cumpleaños de Amanda (que había insistido en que todos debíamos brindar por ella) yo misma lo había probado... y aunque tras beber más de lo recomendable de forma constante ya tenía un cierto aguante al alcohol, y me había acostumbrado a su regusto amargo y al calor abrasador que dejaba tras de sí... lo cierto es que aquella vez casi escupí el tequila, antes de decidir que definitivamente me gustaba más el vodka. Y ahí estaba él, impasible, como si acabara de beber un simple vaso de agua o algo igual de inofensivo. Asombroso.

Es fácil recordar aquello que rompe los moldes, si te hubiera visto antes, lo recordaría. No es que te mimetices con el taburete, precisamente. — admití, sin reparos.

La ligereza con la que él flirteaba, como si fuera una cualidad intrínseca más al igual que los ojos oscuros o la estatura, no dejaba de tener su gracia, y yo no pude evitar reírme, porque ser tan directo sin perder la compostura en el proceso era algo que tampoco se veía demasiado a menudo. Yo, en cambio, nunca me había sentido bien tonteando. Antes, porque era demasiado ingenua. Ahora, porque ya no lo era y el juego había perdido todo su encanto. La explicación de por qué todo en mi gritaba “peligro” no se limitaba solo a eso. Era un hombre fascinante... y ese, era precisamente el problema más acuciante; las personas con un carisma tan arrollador siempre me habían traido problemas, y dudaba sinceramente que él fuera a ser la excepción, más desde la exhibición de autoridad de la que había hecho gala poco antes. Francamente, lo último que necesitaba era sumar a un desconocido demasiado interesante a las cosas que no necesitaba en mi vida.

Siempre es un concepto demasiado amplio. — y además, era demasiado tiempo para alguien que tenía planeado largarse de ahí con el último sueldo y ninguna palabra de despedida. No creía que nadie fuera a echarme de menos, la verdad, y a mi tampoco me apenaba demasiado: de todos modos, de no marcharme yo, tampoco duraría mucho. El jefe me había contratado a pesar de mi dudosa reputación laboral (gracias a Dios no había intentado comprobar qué decían de mi sus antecesores) sencillamente porque le había gustado... y esperaba conseguir algo de mí. Si yo me seguía negando, en algún momento él se hartaría de seguir insistiendo en vano, y me podría de patitas en la calle. No era la primera vez que me pasaba, y prefería de lejos tener yo la última palabra. — pero durante un tiempo puedes probar suerte. Y si no estoy... seguro que mi compañera, la encantadora Mandy, estará encantada de ocupar mi lugar. — que era una manera delicada de decir "con ella tendrás más posibilidades".
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Enrico Moretti
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MensajeTema: Re: Una noche como cualquier otra... o tal vez no. | Privado.   Miér Ago 21, 2013 9:41 am

Sí. Semilla en tierra fértil. Mis palabras florecen, como una primavera nueva entre sus labios, siguiendo el juego, sin timidez, pero con resistencia. Después de tanto tiempo conquistando princesas me conquistaba ahora una guerrera, acero e ideales en el escudo de sus ojos.

Se sentía bien batir nuestras espadas en un duelo invisible, voluntades chocando, haciendo nacer chispas. Con más intensidad que el beso del alcohol en mi cabeza, en mis entrañas. Más brillante y rojizo.

Reí, sabiendo que se me “subiría” mucho más que el tequila. Cualquier pequeño avance me hace sentir un César. Marco Antonio arrodillado ante Cleopatra, sintiendo mi sonrisa como un arma, ya desenfundada.

Ella veía algo en mí. Estaba seguro. Curiosidad que viaja en paralelo, risas recíprocas cuando sus labios rompen, cuando ceden, y siento que el azul en sus ojos baila como una ola, contagiado, más puro al divertise.

- No te ríes a menudo, camarera. Sigues pensando cuando tu risa brota, no te dejas llevar. Ma è bello. No diré como otros que deberías reír más, tal como sonríes ahora haces que yo me sienta un hombre afortunado.

Casi puedo oír el rumor susurrando en su mente. Las voz de su conciencia, las riendas, su control, todas las advertencias que surgen de inmediato cuando intuyes problemas. Y verlo en cada uno de sus gestos, en el breve silencio entre nosotros, en la lluvia en sus ojos nacarados, es tan revelador.

¿Qué piensas, camarera? ¿Qué decides? ¿Que yo no te convengo? ¿Que soy un charlatán? Pero sabes que hay algo de verdad en lo que digo, en mi mirada, en la forma precisa en que te miro, en el negro en mis ojos, denso, oscuro. Real. Prendido a ti. Prendiéndose.

- Y nunca una promesa abstracta que te repites. ¿Vero?


Nunca desfallecer. Nunca ceder, nunca cerrar los ojos. Yo conocía esos nunca, los repetía también muy dentro de mi mismo. Nunca a las ilusiones. Nunca al poder de un beso. Nunca al de las caricias. Nunca después de ésto. Nunca un mañana nuevo. Nunca es real, nunca lo creas. Nunca hagas daño. Nunca permitas que te dañen.

Nunca, Moretti. Nunca te abras del todo. Nunca hables del amor. Nunca pienses en ello. Y nunca, nunca, te enamores.

Sonreí, esta vez turbio, con los labios teñidos con ese enigma interno. La pugna diaria entre las ilusiones y el latido en mi pecho, vivo, abrupto, carnal. El verde del dinero y la esperanza verde, dónde debía elegir siempre un futuro a solas, rodeado de billetes. Ese era mi camino, porque esa era la meta. ¿Certo?

- Esto es Las Vegas, probar suerte es forzoso, necesario. Y siempre he sido un temerario.


Una nueva sonrisa, desplegándose, sin permitir segundos sobrios en mis labios, aleteando la risa y ese juego, en cada línea dibujando mi boca, seca, tan llena de intenciones.

- Pero tal vez debieras entender que yo repetiría por ti, porque lo que me encanta, lo que prefiero, son valerosas camareras de afiladas palabras, y cabezas, y no a las bellas Mandys que traten de encantarme.

No dejo de mirarla, con la sonrisa de pícaro en el rostro, los ojos del chiquillo que muerde los anzuelos por costumbre, que no aprende, que no quiere aprender, que disfruta muriendo por la boca.

- ¿Y a ti, camarera? ¿Te gustan los errores? ¿Todos los nunca que nunca debes permitirte? Me llamo Rico, y suelo equivocarme. Es un placer.

O tal vez pueda serlo.

Mis ojos tiemblan, contagiados de ese fervor indómito y audaz que se escapa palabra por palabra.
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Ada Dashwood
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MensajeTema: Re: Una noche como cualquier otra... o tal vez no. | Privado.   Vie Ago 23, 2013 8:44 am

Es porque tengo un sentido del humor muy poco convencional —repliqué, cambiando el peso de pierna, empezando a plantearme seriamente volver al pequeño apartamento con los tacones en la mano, ya que debido al poco tiempo que había tenido desde que bajé del autobús, ni siquiera había recordado llevar una mochila con zapatos de repuesto al ponerme el uniforme.

Y porque no encontraba demasiada satisfacción en una simple carcajada, pensé, no comprendía qué significado existe en algo demasiado efímero para ser real, al igual que no hallaba placer en contemplar una flor, ya que su vida era apenas un instante de la mía que más tarde no valdría la pena recordar. Yo no creía que estuviese amargada (que mi carácter fuera agrio era otra cosa muy diferente) y menos si mi felicidad tenía que medirse en algo tan ridículo como las veces que emites gorgoritos. A fin de cuentas, había tenido ocasión de conocer por poco rato a personas realmente infelices que sonreían a menudo.
Fruncí los labios ante su afirmación, molesta por el hecho de que hubiera dado justo en el clavo. Todo el mundo tiene una religión, cree en algo. Yo creía en mí misma... y en que si mantenía una cierta disciplina sobre mi vida y mis acciones, algún día todo iría bien. Mientras llegaba ese día, solo tenía que ser fuerte. Y para ser fuerte, necesitaba estar sola, porque permitir a otros involucrarse, suponía arriesgarme a que todo se escapase de mi control. No intenté negarlo.

Touché. Es más fácil así. Por la facilidad con la que lanzas suposiciones, deduzco que no soy la única que se hace promesas.

Las Vegas. Azar, caos. Cientos de personas demasiado ocupadas en vivir su vida para fijarse en los demás, y concretamente en mí. Eso era lo que me había atraído de esta ciudad. Una vez dentro, cuando parpadeabas y las luces de neón que inundaban cada fachada ya no te deslumbrabas, resultaba ser una ciudad exactamente igual que las otras... en el extrarradio de unas y otras ciudades siempre era lo mismo. Lo único que hacía especial a Las Vegas, era que al contrario que el resto del mundo, mostrar lo peor de uno mismo allí más que estar permitido, era necesario. No era un lugar para débiles, ni para personas sin voluntad. No si querías salir indemne de la experiencia, claro. Las Vegas, lugar donde todos llevan una máscara y te conviene tener muy claro cómo es la tuya.
Y por eso mismo, había terminado por aborrecer cada maldita callejuela... y mi única razón para quedarme, era la certeza de ser mejor que la mayoría, que me tranquilizaba haciéndome estar convencida de que nadie intentaría buscarme allí donde hasta la más puritana persona se pierde.

—Me parece que no te han tocado unas cartas demasiado buenas en esta ocasión — dije, y chasquee la lengua con desaprobación. A su favor, pocos insistían tanto, no cuando hay más peces más fáciles de pescar en un río contaminado por las ganas de diversión. En su contra, cuanto más interés me despertase, más peligro entrañaría. — Lo suponía —reconocí, mirando de reojo a Amanda. Pobre Mandy... la atención que a mi me incomodaba a ella le habría encantado.

Su presentación era de todo menos convencional. Me recordaba a la propia tentación acechando en el fondo de mi mente. “Ada, Ada, Ada ¿quieres saber una cosa? Oh. Quieres, claro que quieres”. Normalmente, esa vocecita tenía razón... pero muy convenientemente olvidaba recordarme que había algo que bien podría hacerme olvidar ese enigma: el precio del conocimiento.
Le miré, fijamente, dudosa. Podía darle un nombre falso. Podría llamarme Darlene, o Mary. Incluso podría ofrecerle un nombre exótico, como Delilah. Sería fácil. Sería subir un escalón por encima si de verdad ese era su nombre. Pero mentir, era el primer paso a ceder. A perder... tal y como él sugería, a equivocarme.

Me llamo Ada, y ya he cubierto mi cupo de errores para mis próximas siete vidas. Pero si algún día decido que quiero cubrir también los de la octava, serás el primero al que avise.
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Enrico Moretti
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MensajeTema: Re: Una noche como cualquier otra... o tal vez no. | Privado.   Vie Ago 23, 2013 11:11 pm

No pude dejar de observar no sólo su ironía, siempre presente, sino aquel cambio en su postura. Hubiera imaginado que yo la incomodaba si no sintiera el flujo de la conversación, como un río bravo, aguas que mecen las palabras. No, era otra cosa, no era el diálogo que como yo, me atrevía a aventurar, estaba disfrutando.

¿Qué sería entonces? Miré sólo un instante el escenario que nos rodeaba, atendiendo a pequeños detalles. La noche, ya de un opaco negro, filtrando oscuridad a través de las lunas. El estado marchito en los demás clientes, ahogados en alcohol y en apatía. Los gestos de esa Mandy, más pausados, más lentos.

Claro. Ellos se estaban apagando, como la luz del día. Me costaba adaptarme y entenderlo, acostumbrado ya a vivir siempre “al contrario”, durmiendo a pleno sol, despertando al ocaso. El mundo, la gente, descansaba de noche. Mientras yo trabajaba.

Sonreí, comprensivo esta vez. ¿Cuántas horas llevas de pie, camarera? ¿Cuántas horas deseas poder dormir? Mis ojos vieron aquel azul de un modo diferente, mientras me involucraba en esos “nunca” que había lanzado contra ella. Y también era cierto. Negarlo no serviría de nada. Estaba en nuestros rostros. En nuestra forma de medir las palabras, viendo sin ver, buscando con ahínco los ases en las mangas ajenas. Porque todos hacen trampas.

Me gustaron sus labios fruncidos. Aquel atisbo humano, pintando en acuarelas rosas el touché, con su boca por lienzo. Sabía lo que sentía. No sólo por ver debajo de las máscaras, por aquel peso que llevaba en los hombros.  De igual forma en los míos. Los “nunca” pesan mucho. Oprimen.

Su ataque, en frío, sonaba a “y tú” de un modo dulce e infantil, vigorizando mi sonrisa.  Mi sentido del humor, en cambio, parecía sencillamente fácil. Y ella lo alimentaba. Era uno de esos tipos que aprenden a reír cuando sienten dolor, cuando aceptan su miedo, cuando intuyen derrotas, no sólo en la victoria. Y no como un escudo, no para esconder nada, como último recurso para exprimir unas gotas de vida que valieran la pena.

Me sentía afortunado. Había vivido mucho. Había crecido, sano. Y mis pasos, torcidos, al menos me habían sacado de Off-Strip. ¿No son éso los sueños? Alcanzar las metas que trazamos de niños. De un modo u otro. Puede que yo aún fuera un don nadie. Pero no me sentía como uno bajo mi traje de 1.000 dólares. Y de éso se trataba. ¿Verdad? De lo que sientes, no de lo que sabes.

Reí, ante el fervor con que ella imponía las distancias. Me gustaba su ahínco. Me gustaban sus nuncas. Y no nos engañemos, ganar a la primera tiene muy poca gracia. Jugar tus cartas malas, contra viento y marea, sobreviviendo a base de parejas, hace que la escalera de color haga vibrar tus manos. Yo disfrutaba, escalón a escalón.

- Habrá más manos.


Mi mirada se vistió de promesa, en un duelo directo, aún sonriendo. Volvería, tantas veces como pudiera permitírmelo en mi “estilo de vida”. A veces, los buenos momentos parecen cosa de coleccionistas. Tienes que perseguirlos.

Esa respuesta me hizo sentir tan vivo... el sabor de los retos, en la lengua, quemando mucho más que los restos de alcohol. Me sentía joven, perdido en ese desafío. Tal vez, casi inexperto, sintiendo la caricia inesperada de la incertidumbre, de mi nuca a mi espalda. Uno de esos escalofríos que recorren tu anhelo y no tu cuerpo.

Me gustaba su nombre. La fuerza de un bisílabo, en dos golpes de aire. Un nombre corto, breve, que te acompaña en sueños, que puedes jadear, que puede ser delirio. Un nombre al que confesar tus heridas, tus pecados. Porque he hecho tantas cosas... Ada. Un nombre que puedes repetir. Que se graba en tu mente. O tal vez, era debido a ella. Tal vez “Ada” sonaba así de bien, porque era suyo, porque era ella. Como el azul en su mirada o su carácter.

- Entonces tendré que hacer las cosas bien, por esta vez. Voy a volver en taxi y pareces cansada. ¿Por qué no me permites ser un perfecto caballero y llevarte hasta casa? Sólo como un amigo, ¿bene? Te acompañaré y seguiré mi camino, mi noche aún continúa, lejos de tu parada.

La miré fijamente, esperando ese no, casi saboréandolo, sabiendo que ella no aceptaría. Pero debía intentarlo, ¿certo? La vida es de los que nunca pierden la esperanza.

- No me digas que no, Ada. Déjame comportarme como debo. Por una vez. Ser “ese chico bueno” que haría tan feliz a mi madre. Nada de citas, nada de cenas, nada de vinos aburridos. Tan sólo un taxi. Acompañarte a casa. Nada más. Sólo un breve trayecto.

Algo se sacudió dentro de mi al pronunciar su nombre. ¿La nombraría de nuevo? ¿Volvería ese sonido a llenarme los labios? Cuando te dedicas a cumplir sueños de otros, es difícil dejar de soñar. La vida es sueño, dicen.
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Ada Dashwood
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MensajeTema: Re: Una noche como cualquier otra... o tal vez no. | Privado.   Dom Ago 25, 2013 10:36 am

Contuve una única y seca carcajada, una de esas que no suenan ni a alegría ni a tristeza. No iba a rendirse, no tan fácilmente, no hasta que no le quedara ninguna carta que jugar. Lo que ya había intuido se convirtió en una certeza comparable a que el agua moja y que el oxígeno es necesario para vivir. Supe qué rumbo tomarían sus palabras incluso antes de que su voz grave y profunda les diera forma. También supe que no bromeaba, que probablemente su cara empezaría a ser otra más, algo habitual en el lugar hasta que mi respuesta fuera diferente. No me intranquilizaba, yo contaba con algo que Rico desconocía: qué él no supiera que mis días en ese bar estaban contados era como tener una gran carta oculta, un as bajo la manga. Podía volver, cada día si así lo deseaba. Pero un día, yo desaparecería, sin decir adiós porque detesto las despedidas, y sería como hacer trampas abandonando el juego antes de terminar la partida. Sería como dejar una carta, un recuerdo, y llevarme toda la baraja. Resultaba muy reconfortante tener poder sobre al menos una cosa, para variar.

-Creía que los perfectos caballeros son cosa de hace siglos y que, desde luego, jamás pisarían los suburbios de Las Vegas. – dije, tanteando el terreno, tratando de ver el farol tras sus palabras.

No tenía amigos, no necesitaba amigos... y no quería amigos, amén de que no creía en una amistad surgida en una conversación. Pero no estaría mal llegar pronto a casa y ahorrarme el paseo. Me pregunté hasta qué punto me estaba acercando al borde del abismo planteándome aceptar. De todos modos, si iba a volver, unos minutos más con él esa noche no supondrían ningún cambio. Las ganas de descalzarme me estaban gritando “di que sí, venga, venga, di que sí” y el sentido común vociferaba “¿estás loca? ¡Di que no! ¡No!”

Rico insistió. Tal y como llevaba toda la noche haciendo, esta vez con un matiz diferente pero con la misma terquedad. El hecho de que no se hubiera mostrado contrariado o alterado ante mis constantes negativas resolvió el misterio sobre su origen: no era un niño de papá, no había tenido las cosas fáciles. Había llegado a lo alto, a una vida cómoda a base de escalar y de afrontar contratiempos. Eso se revelaba en su paciencia, en su velocidad al regatear, en la forma en que se desenvolvía negociando. Un niñato mimado, acostumbrado a tener lo que quisiera antes de pedirlo, se habría sentido más frustrado ante un juguete que no estaba permitido que utilizase. Si bien eso sumaba puntos al italiano, yo no di muestras de ese pequeño cambio... aunque dejé que el cansancio ganase mi batalla moral, antes de acabar con una jaqueca por mis dos corrientes de pensamiento tan contradictorias. Quizá porque si intentaba bajarse en esa parada, me veía capacitada para devolverle al camino, quizá porque mi nombre sonaba bien pronunciado de esa manera, con ese acento, y no como algo que estuviera mal, aunque había altas probabilidades de que me acabase arrepintiendo de mi decisión.

-Está bien, acepto tu oferta. Pero solo hoy. Y a cambio, tú no volverás a hacerme ningún favor, ni esperarás un trato más cercano... ni nada de lo que puedas estar pensando y a mí se me esté escapando. ¿Hay trato? – expuse mis condiciones con la misma severidad que mostraría una maestra que trata de hacer entender a un alumno suyo que ese trimestre le va a aprobar a pesar de tener menos de un cinco... pero que con la misma nota, en otra ocasión suspenderá.
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Enrico Moretti
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MensajeTema: Re: Una noche como cualquier otra... o tal vez no. | Privado.   Lun Ago 26, 2013 6:52 am

Mi cabeza hacía sonar uno de esos acordes que evocan el Salvaje Oeste mientras matojos invisibles recorrían esa arena desértica dónde mi duelo se dejaba morir, sin descubrir aún quién había sido el primero en apretar el gatillo. La veía a ella, saliendo del Saloon marcando el paso, los ojos duros, los labios secos, media sonrisa cincelada en su rostro, bajo un sombrero de vaquero, con unas botas altas y de cuero. Y yo, como un bandido, bajo un poncho, desenfundaba rápido mi encanto tratando de salvarme.

Yo nunca sería el sheriff. Era más bien la puta. No había zarzaparrilla suficiente para un final feliz. Pero aún así, disfrutaba los dramas y las buenas películas. A veces era “el malo”, algunas era “el bueno”, y esperaba ante ella no resultar “el feo” en esta ocasión. Las sonrisas con nombre no son a quemarropa sin un rostro adecuado.

- Debes creer en demasiadas cosas tristes, puede que equivocadas. Tal vez nunca llegaste a descubrir la moraleja en los cuentos de hadas. Hay mujeres que hacen cambiar a un hombre. Sin importar su cuna, o su pasado.

Ella estaba pensándolo. La bala en mis palabras había impactado en ella, y tal vez, con un poco de suerte, esta noche fuera un héroe y no un villano. Un Robin Hood cualquiera, haciendo el bien a pesar de vivir fuera de la ley. Encapuchado.

¿Qué me estaba pasando? ¿Era su arrojo o era un vacío dentro de mí? Sabía lidiar con el rechazo, pero que ella aceptase me importaba realmente. Yo me estaba implicando. Y a pesar de ser osado, absurdo, inadecuado, yo no me arrepentía.

Puedes vivir a solas mucho tiempo. Puedes ser sólo un cuerpo algunas horas. Pero al final, todos deseamos algún lazo, un contacto, alguien que nos conozca. De verdad. Las piezas suficientes para entrever el puzzle, aunque nunca desvele la imagen por completo. Todos necesitamos existir.

Ella me hacía real. A mí. Era yo el que insistía. Era irónico que, al otro lado de la barra, yo fuera “su cliente”. Y sonreí, riéndome de mí mismo, pensando en la propina sugerida, en la sal y el limón, en mis acercamientos torpes, a través del dinero, de generosos gestos sin una explicación, sólo espontáneos, que ella juzgaba con recelo.

¿Y por qué no? Cuando la gente es de verdad no compra el tiempo y no agasaja. Mira de frente, abre sus pensamientos, habla de expectativas y de sueños. De planes, de promesas. Que yo no sabía hacer. Que no podía.

Al fin la suerte, el karma, tal vez dios, tal vez los dioses, hicieron que sonriera una vez más en esta noche. Porque ella, Ada, había aceptado. Aceptaba la oferta de un tipo trajeado de mirada traviesa que estaba cortejándola y ofrecía ser su amigo, acompañarla a casa. Me sentí tan humano, tan “normal”, como un adolescente en su primera cita. ¿Inseguro? ¿Nervioso? Agradecido.

Asentí, satisfecho, ofreciendo mi mano ante ese “trato”. Pensaba muchas cosas, sobre ella, sobre mí, pero podía aceptar sus condiciones. ¿Qué me estaba pidiendo? Que yo no fuera yo. Que no fuera ese tipo que era yo cada noche. Y éso, precisamente, era lo que deseaba. Mi más profundo anhelo.

Quería ser “de verdad”. Sin constantes piropos, sin elogiar su rostro, a pesar de ver esa belleza herida en sus facciones. Sin constante lujuria, ansiando desear sin perseguir placer. Sin sexo, por un rato, a cambio de palabras. Quería tiempo real. Quería más mentes. Menos cuerpos.

- En realidad, Ada, eres tú quién me está haciendo un favor. Quiero saber que llegas bien a casa y que descansas, esta noche. Quiero conocerte, si tú me lo permites. Dejar que me conozcas, si tú quieres. Pero con ese taxi me sentiré dichoso, si es todo lo que compartimos. ¿Bene? ¿Cuándo terminará tu turno? ¿Debo pedir café mientras espero?

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Ada Dashwood
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MensajeTema: Re: Una noche como cualquier otra... o tal vez no. | Privado.   Miér Sep 04, 2013 12:32 am

Solté una carcajada seca, amarga, de esas que no recuerdan a la risa ni a la alegría. ¿Cuentos de hadas? Ya, claro. Lamentablemente, las únicas moralejas que había aprendido eran las que te enseñaban en la calle. Si yo fuera la princesa encantada de uno de esos cuentos para antes de ir a dormir, nadie querría escuchar esa historia, porque no habrían perdices que sufrieran las consecuencias de la felicidad ajena y porque en lugar de un final feliz a manos de un hombre lleno de virtudes para la dama en apuros el cuento narraría cómo la princesa con la ayuda de su encantadora hada madrina mató al malvado dragón que trataba de retenerla en su torre, y se dio a la fuga de reino en reino, hasta convertirse en una malvada bruja que en lugar de envenenar manzanas envenenaba a su hígado cada sábado pasadas las dos de la madrugada. No era una historia agradable. Pero sucedía, porque más allá de los libros, no existían soluciones mágicas a los problemas. Ni ángeles de la guarda que adulterasen el futuro de las personas para guiarles a un camino mejor.

-¿Ah, no? Eso es porque yo creo en cosas reales, y en la vida real, los príncipes azules destiñen.- ¿Una filosofía demasiado amarga? Por supuesto que lo era.

Sin mucho margen de error, basándome en mi presente, podía imaginarme qué clase de epitafio podrían poner en mi lápida algún día. Podría poner algo tal que “Murió como vivió: destripando clichés”. O incluso “Murió aplastada por el peso de su propio cinismo” un cinismo propio y no líneas regurgitadas de Oscar Wilde, como sí había sido años atrás, cuando lo peor del mundo lo vislumbraba a partir de las páginas de los libros y a través de los ojos del guardián entre el centeno. De hecho, lo más probable es que nunca tuviera a nadie tan cercano a mí como para que escribiera nada sobre mí en una lápida, y de serlo, solo podrían poner un nombre verdadero, un apellido falso, y ninguna fecha de nacimiento porque la que estaba en mi carnet falso estaba mal. Realmente, podía dar gracias, porque podría ser peor. Siempre puede ser peor, o eso me gustaba decirme.

La satisfacción de Rico fue evidente: pasó de mirarme expectante, a asentir con la misma satisfacción que mostraría un gato que ha conseguido hacerse con el platito de crema. O al menos eso establece la clásica comparación: en mi opinión los gatos siempre tenían aspecto de estar encantados de haberse conocido. Vi su mano, pero no choqué, como supuse que esperaba. En cambio, sonreí, una inusual sonrisa sincera ligeramente burlona. Sus palabras, sin embargo, rompieron la breve complicidad amistosa que se había establecido entre nosotros. Tras tanto tiempo sin que a nadie le importase si estaba viva o muerta me resultaba extraño que alguien hiciese semejante afirmación (aunque eso no era del todo cierto: estaba segura de que mi hermana se preocupaba por mí... pero mis constantes cambios de residencia y el motivo por el cual todo nuestro contacto se establecía por unas pocas cartas bajo un nombre falso impedían que ella pudiera devolverme las misivas y llevaba años sin saber cómo estaba Beatrice). Dejar que me conociese, dejar una huella en alguien en lugar de borrarla, era un riesgo que no me podía permitir.

-Mi turno acaba enseguida, en cuanto llegue... ¡ah! Ya está. Espérame cinco minutos y estaré lista –dije, mirando a la pelirroja de cara severa que hablaba con Amanda no muy lejos. Omití cualquier mención a forjar una amistad basada en el mutuo conocimiento. Sabía que al no hablar de algo, ya se da una respuesta. Con aparente despreocupación, fui a por mis cosas.
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Enrico Moretti
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MensajeTema: Re: Una noche como cualquier otra... o tal vez no. | Privado.   Miér Sep 11, 2013 12:03 am

A veces una sonrisa es más que cualquier tacto, mucho más que palabras. Sobre todo esas sonrisas de verdad, que casi se te escapan. Esas breves, diminutas sonrisas tan llenas de ti mismo que parece imposible, casi vivas, autónomas. Secretos en los labios.

Guardé mi mano, deseando ser fotógrafo. Poder hacer un "click" con mi mirada, atrapando su rostro. Polaroids en la mente, con frases a bolígrafo. Como todos los buenos recuerdos, casi nunca planeados. ¿Qué escribirías en ella, Ada? ¿"Sonrisa inesperada"? Era hermosa, incluso más que tras ese estoicismo marcando sus facciones, refulgiendo en sus ojos.

Mirándola, en uno de esos instantes que para ti son casi años, no sabría definir qué era lo que más me gustaba. ¿Su fortaleza o su rechazo? Puede que en realidad yo fuera un necio, y como muchos, sólo quisiera precisamente aquello que no podía tener. Pero al mirarla, veía mucho más que un reto. Era preciosa en esa jaula de autosuficiencia.

Asentí, fascinado por el misterio que imponía entre nosotros, intrigado y divertido, sintiendo los papeles invertidos. Esta vez no era yo el que forjaba las distancias e inventaba coartadas. No era yo el escondido, el que intentaba huir. Era ella. Y no lo hacía por mí. Era parte de ella. Y éso, en sí mismo, si era un gran desafío.

¿De qué escapamos, Ada? ¿De nosotros? ¿Del mundo? Sonreí, cálido, con una comprensión que sólo te regalan los que saben, los que ven en tus ojos cosas que hay en los suyos.

Después, nuestra conversación atrapó mis sentidos y observé la llegada de aquella pelirroja, asintiendo, viendo como ella repetía su rutina ante mí, sintiendo curiosidad por su vida diaria al observarla. ¿Eres como esta noche todas las noches de tu vida, camarera? Pero éso era imposible, yo mismo lo sabía. Cuando vistes caretas las máscaras que envuelven tus facciones se van distorsionando. Y la sombra que arrojas va mutando, con el peso de lo que sólo te permites vivir a medias, cambiándote por dentro.

- Llamaré al taxi.

Hablaba solo. Lo hacía a menudo. Sobre todo "por dentro". Cuando no eres sincero conversas mucho con sólo pensamientos. Piensas lo que no dices, pero surge en tu mente y tú silencias. Te contestas y contestas a otros para pronunciar frases que no son tus respuestas pero son ofrecidas, y aceptadas. Normalmente era capaz de percibir esa "soledad" interior como una libertad que nadie podría nunca arrebatarme. Autenticidad que no se compra con dinero. Pero a veces, era capaz de ver a ese otro yo encerrado en mí mismo, siendo mi prisionero.

Y como siempre, la realidad sería cuestión de perspectiva. Una mezcla de las dos percepciones, y algunas, que aun no llegaba a percibir.

El tono del teléfono acompañó mi diálogo interior hasta escuchar al otro lado al taxista de siempre, acostumbrado a mi nocturnidad y al tráfico, en mi vida.

- En 5 minutos, en la esquina dónde me dejaste.


No hay gracias. No hay nombres. ¿Para qué? Somos profesionales de la noche. Él conduce. Yo voy y vengo. Me pagan. Le pago. Simbiosis que funciona, sin mentiras, sin preguntas.

Guardé el teléfono y miré en su dirección, buscándola. ¿Qué vestiría Ada sin uniforme? Me apoyé en la barra, sin apartar mis ojos de ese ángulo. Lleno de expectativas.
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MensajeTema: Re: Una noche como cualquier otra... o tal vez no. | Privado.   

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Una noche como cualquier otra... o tal vez no. | Privado.

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