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 Segunda oportunidad. [Enrico Moretti]

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Irgey Lierbischt
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MensajeTema: Segunda oportunidad. [Enrico Moretti]   Mar Ago 20, 2013 6:39 am

Flashback a hace medio año atrás.
Hotel Venettian, bar.

Aterrizó y, nada más salió del aeropuerto en busca de un taxi Las Vegas la castigó con ese calor asfixiante, agobiante y tórrido que solo puede ofrecerte el desierto. Habia quedado con su amiga en un hotel para que ella le presentara al hombre que le daría trabajo. Le dio al taxista -una vez este hubo guardado sus bultos en el maletero- la dirección del hotel y este pareció reírse de ella. Arrugó la nariz un poco pero enseguida se le pasó, mirando por donde circulaban. Un poco de conversación y llegaron a Las Vegas mientras Irgey miraba todo ensimismada, pasmada, atónita. ¿De dónde habría salido tanto neón, de dónde?
-Hemos llegado, Signorina -el taxista sonrió y ella le miró. Pagó la carrera y luego aguardó a que bajara los bultos. Una vez hecho le reclamó por indicaciones y él se las dio. Enseguida se apresuró a avanzar siendo atajada inmediatamente por una morenaza de cabello rizado indómito y vestido muy ajustado a su cuerpo.

-Iry... -gritó enmedio del hall del hotel provocando que ella se avergonzara.-Pero, niña. Anda, dame los bultos.-Le tomó las maletas y las dejó en recepción quienes las guardaron detrás para tenerlas vigiladas. Luego Mona inspeccionó a su amiga con un gesto de enfado.-¿Así? -le preguntó.
-¿Qué? -preguntó Irgey con media sonrisa ante el actuar de su amiga, no entendía qué sucedía.
-Tu vestimenta. Para este trabajo no es adecuada y tu pelo... ¿piensas...? -rodó los ojos.-Déjalo, Iry. Mejor vayamos al bar o llegaremos tarde.
Miró a su amiga sin entender gran cosa de lo que sucedía pero la siguió de todos modos. Llevaba tejanos, deportivas y una camiseta algo ancha y cómoda para las largas horas de vuelo que había tenido que realizar.

Una vez llegaron a la mesa donde aguardaba ese chico joven -lo que llamó bastante la atención de Irgey que solo tenía 25 años- Mona se puso frente a él y le sonrió. -Moretti aquí tienes el ángel que te prometí. Se llama Irgey Lierbischt pero puedes llamarla Iry o lo que te apetezca.-Le guiñó un ojo para luego volverse a su amiga.-Iry, él es Enrico Moretti. El hombre del que te hablé. -Ella asintió y, sin saber muy bien que hacer, se sentó en una silla.
-¿No te quedas? -le preguntó a su amiga.
-Lo siento, en nada entro a trabajar.-Le guiñó un ojo pero aguardó por si Morettí tenía algo en específico por preguntar.
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Enrico Moretti
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MensajeTema: Re: Segunda oportunidad. [Enrico Moretti]   Mar Ago 20, 2013 9:52 am

V Bar, Hotel Venetian


La noche, de ayer, había resultado ser suficientemente larga para terminar en el V sólo 20 minutos antes de la cita. No había dormido, no había podido cambiarme de ropa, y me sentía en ese extraño límite entre la euforia y la fatiga, con un paso de lleno en ambas sensaciones.

Bajé del taxi añorando de nuevo el golpe frío y húmedo del invierno, conformándome sólo con el azul celeste del estrecho canal artificial, perdiendo unos segundos observando las góndolas. Todo era una mentira, Venecia estaba lejos y no era un hombre clásico. Ningún Da Vinci en mi cabeza, solo passione italiana nelle vene. El Renacimiento llegaba cada noche, si tenía suerte me sentía Miguel Ángel cincelando los cuerpos de mis tantos amantes. Como si fuera el mago que daba forma a sus siluetas. Como si conteniera su emoción entre las manos.

Caminé con soltura adentrándome en los techos dorados dónde todo eran ángeles, Boticellis de plástico pero igualmente hermosos, hasta llegar al fulgor rojo que anunciaba la puerta a mi destino. El V, que siempre llenaba mi cabeza de vocablos. Vita. Vizio. Verità. Como un demonio que se adentra en el fuego, crucé el neón y el cristal hasta buscar asiento en los sofás de cuero.

El contraste del raso de mis ropas contra mi piel cansada me hizo pensar en sábanas. Caricias. Pedí sólo un martini, dispuesto a navegar las olas del alcohol con mi aceituna. La sombra del placer escondida en mis párpados, en mis dedos cansados, en mis labios, hinchados. Esa paz, tan primaria, embriagando mis ojos.

Hasta volver a ver a Mona y al querubín sin alas de aspecto intimidado. Sonreí, cálido, natural, sin ofrecer mi mano. Sintiendo que el contacto sería excesivo ahora, presentándome antes por medio de palabras.

- Llámame Rico, por favor.

Corrigiendo al instante ese nombre completo que marcaba distancia innecesaria. Mis ojos se volvieron más densos, pero no hambrientos, casi dulces, serenos. Un mar de noche, reposado y en calma.

- Mona, ¿Qué sabe?


Pero yo ya sabía que la princesa rubia sentada frente a mí aún tenía la inocencia asida a sus pestañas, en esos ojos de un cobalto tan puro y maleable como las aguas, mansas.

- No importa. Seré yo quién le cuente. Está bien. Sarà un piacere, davvero.

Y así, mis ojos le devuelven el guiño a la morena y se funden en negro sobre ella, dispuesto a ser un guía, un padre oscuro en esta, mi ciudad, la Ciudad del Pecado. En esta bella Italia, adulterada. Adultera.
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Irgey Lierbischt
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MensajeTema: Re: Segunda oportunidad. [Enrico Moretti]   Mar Ago 20, 2013 11:12 am

Antes que pudiera decir nada más Mona asintió ante Moretti.
-No fue nada, todo un placer. -Besó en la mejilla a su amiga y luego le dio otro beso a Rico en la cabeza.-Marcho o llegaré tarde.-Quejó yéndose a pesar que el club estaba al lado. Una vez el torbellino se hubo ido Irgey permaneció en silencio. ¿Qué era aquello de "qué sabe"? Suspiró y miró a Rico.

-No sé como se hace esto. He tenido otras entrevistas de trabajo pero esta... -suspiró- se me hará difícil, supongo.-Pensaba en el después de la charla. Había estado pensando en ello desde que había despegado el avión y había podido abstraerse y pensar en lo que le esperaba en Las Vegas. No sabía que le había contado Mona a ese tal Rico sobre ella pero estaba dispuesta a descubrirlo.-¿Qué le contó Mona sobre mí, Rico? -le preguntó, mirándole.-Es por... curiosidad.-Añadió, por si acaso.

Sonó su teléfono y se sobresaltó, cortando la llamada y silenciándolo para luego volver a guardarlo. -Siento la interrupción.-Se avergonzó. ¿De qué tendría que avergonzarse? Era normal que sonara. Acababa de aterrizar desde Nueva York y andaba desubicada. ¿Debería explicarse? No. Dejaría que fuera él quien formulara las preguntas y ser ella quien las contestara.
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Enrico Moretti
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MensajeTema: Re: Segunda oportunidad. [Enrico Moretti]   Mar Ago 20, 2013 11:10 pm

Welcome to the real life...:
 
A solas, me permití observar más detenidamente sus facciones. Curioso y analítico traté de averiguar lo que pensarían otros, cómo me sentía yo frente a esa belleza de aspecto dócil, frágil. Algo en el blanco puro que arrojaba su rostro hacía desear mancharlo. Serviría para ésto. Pero, ¿qué quedaría de ella al descubrir los grises y los negros?

- No tiene por qué ser difícil, ragazza.


Aquel apelativo surgió solo y me hizo sonreír. Ella era así a mis ojos, una niña perdida. Pequeño Peter Pan, que se encuentra con Garfio. Yo era el pirata ahora. El adulto que sabe, que ha probado, la maldad que conlleva sucumbir. Crecer es ir perdiendo brillo, desgastarse.

- Me contó lo que veo. Que eras joven, hermosa e inocente. Y que tal vez podría ayudarte a hacer dinero. Porque lo necesitas. Giusto? Creo que no me equivoco.


Sonreí, esta vez más directo, con la mirada que conoce, que te juzga, que cree estar en lo cierto. Sonó después el tono del teléfono. Un intruso de ese ayer inmediato que iba a dejar atrás, si estaba realmente dispuesta a aceptar.

Negué, despreocupado, restándole importancia con un gesto en mi mano. Con ese control fluído que me hacía uno con aquella entrevista improvisada, con muchas situaciones diferentes, con o sin ropa, siempre dueño no sólo de mi mismo, de trocitos de otros. Conquistados.

- Bien, haremos esto simple, Iry. ¿Está bien? Quiero que me contestes siempre con la verdad y que hagas las preguntas que tú creas necesarias, en función de las mías. También yo seré sincero. Allora?

Aparté con cuidado el martini y puse mis dos manos en la mesa, enlazando los dedos. No bebía cuando cerraba un trato. No bebía mientras hablaba de ésto. Me lo tomaba en serio. Muy en serio. Era su vida, mi dinero, lo que ambos nos jugábamos.

- Quiero saber dos cosas. Dos por el momento. Cuánto dinero necesitas. Y si has estado ya con algún hombre. ¿Bene? Contesta a éso y empezaremos la entrevista.

Mis ojos se volcaron en los suyos. Azabache pulido sobre índigo de seda, inquisitivo y fiero. La mirada de halcón que mira fijamente, que te acecha. Que recorre tu cuerpo desde la suavidad de las pestañas al calor que se esconde entre tus piernas.

¿Se ruborizaría? ¿Llegaría a alzar sus dedos para abofetearme? ¿O la intimidaría con mis palabras? La primera respuesta de este “examen” sería realmente su reacción. Ese primer impulso, incontrolado. Definir si era una presa, o ella también cazaba.
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Irgey Lierbischt
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MensajeTema: Re: Segunda oportunidad. [Enrico Moretti]   Miér Ago 21, 2013 12:33 am

Tragó saliva y asintió ante las palabras que Rico desmeduzaba una a una frente a ella. Observó como apartaba la bebida y trató de darse un aire más seguro y formal, no tan desubicado y desaliñado como seguro sabía llevaría el pelo ahora mismo. -Sí, -dudó- Rico.-Le contestó mirándole a los ojos. Y tomó aire, todo el que pudo por la nariz y lo soltó lentamente mientras se removía incómoda. Debía ser sincera pero, ¿hasta qué punto? Se mordió el labio inferior con algo de fuerza pues ni a Mona le había confiado la cantidad exacta de deuda que arrastraba su familia. Tardó en contestar, debatiéndose consigo misma para finalmente cerrar sus ojos mientras la música del bar, baja para amenizar la charla entre los huéspedes, se colaba y filtraba por sus orejas. -900.000 dólares...-cerró sus ojos-está todo, incluso intereses pero...-calló- temo que los suban. -susurró y pareció que el peso del mundo cayera sobre sus hombros y la empujara a enterrarse con vida bajo tierra.

En cuanto a la otra pregunta... asintió. Sin más. Había estado con su pareja pero recordarle todavía le dolía en el alma herida. -Fue a mis 16 años, pensé que era con el chico correcto pero luego... se fue con otra y me abandonó. No he... -se volvió a remover incómoda en el sofá- hecho sexo desde entonces.-Informó, todavía sin mirarle. No podía. Una mínima parte de sí misma estaba asqueada por tener que tratar esos temas con un perfecto desconocido pero, al mismo tiempo, confiaba en Mona y si a ella le parecía una buena salida, ella confiaría en su criterio. Y ahí le miró y aquella mirada la aturdió, la incomodó, la hizo sentirse pequeña, vulnerable así que rápidamente la apartó temiendo salir herida si aquello continuaba de esa forma. ¿Sería lo correcto estar ahí? Mona le había prometido que, antes que se diera cuenta, ya habría pagado la deuda pero ella no estaba tan seguro de ello. Volvió a morderse el labio inferior con algo de fuerza, nerviosa.

¿Qué sería lo siguiente? ¿Qué preguntas vendrían después? Volvió a levantar la mirada para fijarla en la de él. Se notaba que sabía lo que hacía. ¿Le habría hecho las mismas preguntas a Mona? Apagó su mirada verdosa por unos segundos y luego los volvió a abrir para volver a fijarse en él. Determinación, seguridad versus espectativa y un ligero temor a lo desconocido pero, ¿quién no tenía miedo a lo desconocido? ¿Aquellos aguerridos hombres que se lanzaban a la aventura? Ella no se consideraba una aventurara, más bien una chica más del montón.
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Enrico Moretti
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MensajeTema: Re: Segunda oportunidad. [Enrico Moretti]   Miér Ago 21, 2013 4:12 am

Al menos había aceptado decirme la verdad. Y lo había hecho. La cantidad que había admitido, y su casi total inexperiencia no serían mentiras adecuadas para darme. Sin desnudar tan sólo sus secretos pude ver su vergüenza, el gesto de sus labios mordidos y cohibidos, su respiración queda y forzada, el débil tono en sus susurros y la pena, en sus ojos, al admitir ese primer amor y esa primera herida. Vendrían otras.

Ella era blanda. Y aunque era una ventaja para darle la forma deseada, dolería. En este mundo, en esta noche eterna dónde los cuerpos se suceden, hay que afilar el alma o te destrozan. Aún no me miraba. Sentía fácilmente el desprecio, todavía a flor de piel, sin capas ni disfraces bajo los que esconderlo. Aprendería. Todos lo hacíamos. Sabíamos sonreír al borde de la arcada.

Me tenía miedo. Era más que respeto. Sabía que me temía, a mí y a mi presencia, a mis preguntas, a sus propias respuestas. Asumir que estás dispuesto a todo es un mal trago. Una de esas verdades que te cambian. Una de esas verdades necesarias. ¿Desearía ella cambiar? ¿Podría llegar a hacerlo?

No perdí la sonrisa, manteniendo mis ojos en su rostro, en su cuerpo, sin ceder al impulso que, sin saberlo, provocaba su humilde sencillez. Muda, en silencio, su postura y sus ojos decían “apártate, no busques más en mí, no puedo”. Pero debía. Debía ser yo el primero en romper su coraza. En encontrar sus límites hasta empujarla a ellos. Hasta ver sus pedazos y descubrir si llegaría a recomponerse.

Eso era necesario. Lo que debía encontrar si quería abrir las puertas de mi mundo.

Esperé, con paciencia y esperanza, que volviera a mirarme. Vamos, puedes hacerlo, pequeña Peter Pan. Mírame a los ojos. Enfréntate a tus miedos para poder vencerlos. Y ahí estaba de nuevo, todo pupilas negras e iris endemoniadamente claros, como joyas preciosas, a punto de estallar en diez mil lágrimas.

- Grazie per la fiducia, la mia ragazza. Puedes confiar en mí. No voy a traicionarte. Seré tu amigo, ¿sí? Tu aliado en todo ésto. Ahora, bambina, tengo que ver qué estás dispuesta a hacer y si entiendes lo que espero de ti. ¿Certo? ¿Sabes lo que hace Mona? ¿Lo que hago yo? ¿Lo que quiero que hagas?

Mi voz se volvió densa, mitad susurro y confidencia, mitad autoridad licuada. Deseaba mucho más que una respuesta. Debía ponerla a prueba. Convencernos a ambos del potencial dormido bajo ese cascarón de tersa adolescencia, de núbil mártir rubia, a la espera de llamas en la hoguera.

¿Podría esa niña convertirse en mujer ante mis ojos? ¿Llegar a ser una de mis “amigas”?, un cuerpo, ¿cómo yo? Con el tiempo, uno llega a aceptar que siempre es cierto. Que para un hombre es fácil, más sencillo, no sentir, no pensar, dejarse hacer, desear hacer, sin arrepentimientos. Pero con ellas... Oh, belle donne... siempre llenas de anhelos, a punto de quebrarse.

- Mira a tu alrededor, ragazza. ¿Ves a ese hombre en la barra?


Un gesto en mi mirada señalando a aquel tipo, entrado en los cuarenta, de madurez apuesta y un traje de quinientos, mirada amable, whisky doble con hielos. Sí, serviría. Podría ser un ejemplo, un buen ejemplo, una noche “tranquila”.

- ¿Qué harías si él, si yo, te invitara a una copa?

Una ceja acompaña con gracia a la pregunta, sugerente, intrigada. Empezaríamos suave, la dejaría pensar, elegir sus palabras. Sus respuestas. La noche sería larga, la dejaría más tiempo, sentirse confiada.
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Irgey Lierbischt
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MensajeTema: Re: Segunda oportunidad. [Enrico Moretti]   Miér Ago 21, 2013 9:39 am

Escuchar el italiano, idioma que desconocía por completo, la hacía confundirse pero aún así medio entendió ese primer mensaje. Las siguientes frases y preguntas la dejaron en estado de shock. Lo sabía. Se volvió a remover incómoda en su asiento. Esa era la parte que más le costaría de aceptar: yacer con otros hombres. Cerró fuerte sus ojos sintiendo el irremediable impulso de abrazarse a sí misma. -Sé lo que hace Mona y... lo que se espera de mí -tragó saliva, abrazándose a medida hablaba como protegiéndose a sí misma de todo lo que ocurriría. Y luego vino el silencio en el que poco a poco fue deshaciendo esa especie de ovillo en el que se había convertido para mirarle al rostro de nuevo ligeramente atemorizada.

Buscó con la mirada al hombre y luego escuchó la pregunta volviendo la mirada al hombre. Se estremeció pero asintió. Sabía que sería su trabajo a partir de ahora, vender su cuerpo al mejor postor para que disfrutaran de ella como mejor se les antojase. -Creo que aceptaría la bebida y... le mostraría mis cualidades por si quiere pasar la noche conmigo.-No miraba a Rico, miraba la mesa todavía algo abrazada a sí misma. -Me siento sucia...-añadió mirándole- y ni siquiera me han tocado. -El hombre de la barra volteó a mirarles deteniéndose un par de segundos más en Irgey y enseguida apartó la mirada no queriendo saber nada de tragedias ajenas.

-No sé que haces tú, Rico pero...-se abrazó con más fuerza- no creo poder hacerlo, esto... me supera- era sincera- pero necesito el dinero, lo necesito...-parecía que de un momento a otro se iba a echar a llorar pero se contenía, se aguantaba. No podía liberar lágrimas, no ahora. Esas palabras no iban dirigidas a Rico sino que eran pensamientos en voz alta, comentarios, miedos compartidos. Volvió a levantar la cabeza, orgullosa y miró a quien tenía enfrente aguardando a por más preguntas, más contestaciones. ¿Qué sería lo siguiente? Soltó el abrazo para luego llevar sus manos a sus ojos y quitarse las lágrimas de ellas. Y ahí se percató que el hombre de la barra les había mirado y que les seguía dando miraditas de tanto en tanto y pareció encogerse en su sitio.
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MensajeTema: Re: Segunda oportunidad. [Enrico Moretti]   Miér Ago 21, 2013 10:23 am

Asentí, dejando que paladease la verdad, volviéndola hacia ella. Mona había hecho su parte. Le permití el silencio y exteriorizar su miedo, frente a mí, abrazando con su propias manos ese pequeño cuerpo. Apetecible.

Sentí el impulso de posarme en sus hombros, inspirar confianza, consolar con palabras, tal vez con el beso de hermano que apacigua tu rostro, posado en tu mejilla. Pero yo no era ése para ella. Yo era su némesis, el veneno en su piel, contaminándola.

Exigiendo una metamorfosis, oscura, irreversible. Mariposa nocturna, de alas negras.

Observé el movimiento de sus ojos, hasta volver a mí, a los míos, estremeciéndose. Esta noche era Drácula, el siniestro mecenas que te arroja a los lobos, mientras mira.

- Yo creo que no lo harías, ragazza. Pero llegaría a ser un buen comienzo si pudieras no sólo imaginarlo. Mírame, Iry. Deberías hacer éso. Aceptar su bebida. Y mostrar tus virtudes. Sugerirlas.


Mi mirada era una brasa cenicienta, un agujero negro, aullando esas promesas ponzoñosas, reales. Yo era el demonio hoy, cuarenta tentaciones en mis ojos, cansados, somnolientos, manteniéndose al filo de los suyos, a un paso de adentrarse. Prometiendo treinta monedas de plata.

- Hazlo conmigo. Acepta una bebida. Muéstrame muy despacio, ragazza... No hay nada sucio en ti, bambina. Yo soy el que lo desea. Son ellos, no eres tú. Pero deja que enreden su mirada y te acaricien. Sé una ilusión de porcelona. Una diosa, intocable, a la que sólo adoras una noche.

Sus dudas, derrumbándose, todo los peros en su rostro, en sus pupilas, en el temblor lluvioso de sus lágrimas, mostrándose ante mi. En mi mundo, esa verdad sin mácula te hacía sentir desnudo, más que la desnudez de un cuerpo, la desnudez de un alma, inesperada.

- Eso es lo que yo hago, ragazza, mientras me doy a ellas. ¿Me oyes? Sé la ilusión que necesitan. Viste su fantasía. Como una actriz. Como su dios, perdonando pecados, Iry. Dales lo que te piden. Vívelo para ellos. Creéte su sueño, un rato. Sólo durante horas. Y deja de ser tú. Sé que puedes hacerlo. Sé que lo necesitas.


El peso del destino abriéndose ante mí. Caminos, divergentes. Encrucijadas, culpas, moralidad y leyes. Dinero. Sexo. Un incendio en su mente, aún en mis ojos, dentro de mi cabeza. Y la ternura, ansiosa, fruto del mismo entrenamiento en las expectativas, llevando hasta sus ojos mi pulgar para secar su llanto.

Siendo lo que ella quiere. Lo que ella necesita. Durante un mero instante. Navegando esa idea, tal vez sus sensaciones, me mezo en el asiento hasta encarar al hombre, vistiendo mi mirada de advertencia. Porque esta noche es nuestra. Es suya. Sin testigos.

- Mírame, Iry. Bebe conmigo. Ábrete a mí. Déjame ser tu guía. Déjame descubrirte. Hacer que te descubras.

Despacio, con esa lentitud exasperada que hace que todo cobre vida y puedas observarlo, cámara lenta en las ideas, ofrezco mi martini sacando la aceituna, mordiéndola en mi boca, mientras miro.

- El deseo es natural, fluye, como la sed, de un cuerpo a otro. Se despierta y se duerme, se desvela y se agita, se apaga, se contagia. Es una enfermedad, ragazza. Y tú, y yo, somos la cura. Podemos sofocarlo. ¿Harás éso por mí? ¿Por ésa deuda? Sólo probar tus límites. Sin llegar a tocarte. Hasta que no te sientas sucia. Hasta que lo disfrutas. Hasta que no te culpes. ¿Bene?
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MensajeTema: Re: Segunda oportunidad. [Enrico Moretti]   Miér Ago 21, 2013 5:07 pm

Le escuchaba hablar, le observaba, se abrazaba, lloraba, suplicaba con la mirada que se detuviera, que ya no podía más, que no la presionara, que la dejara seguir su vida. Pero nada de ello se transformaba en palabras, no podía, no debía. Había exteriorizado todo sin palabras y muda permanecía y permanecería hasta encontrar las agallas allá donde hay desesperación, donde todo duele un poco, donde la vida nunca es justa. Donde eres aquello que los hombres buscan, sin saberlo.

Observaba las brasas de los ojos ajenos, negros y llenos de algo que le dolía, que la quemaba, la desnudaba, la desvestía mientras las palabras se enredaban en su mente. No podía, sin embargo, sabía que debía. Debía hacerlo. Una vez más se fue a quitar las lágrimas de los ojos pero esta vez fue el pulgar de él quien lo hizo. Perdida de inocencia, de infancia, de dejar todas las muñecas en la hoguera y, mientras estas arden, adorar al diablo de la lujuria, bailar al son de su tambor... Eso era lo que debía hacer pero, ¿cuándo? ¿cuándo estaba dispuesta a hacerlo?

Y ahí estaba de nuevo, esas palabras. Ayuda. Ayuda para andar en el camino que tenía enfrente. Una mano que se tiende y que debes aceptar, silencio. No hubo movimiento pero algo se removió en su interior con la forma en que él agarró la aceituna y se la llevó a los labios, en la forma de sus palabras, su voz, su mirada. Silencio. ¿Quizás se estaba acercando? Lenta pero sin pausas alargaba la mano a la bebida ofrecida, al martini a juzgar por la aceituna. Pero se detuvo y miró al hombre del whisky que le devolvió la mirada, sin sonrisas, una mirada provocativa, enunciativa sin palabras pero regresó sus verdosas pupilas a Rico, ignorándole. No podía, ¿o sí? Volvió a liberar lágrimas, a encogerse pero ya sin fuerza, sin ánimo, capitulando lentamente.

Barriendo las fronteras, la culpa. Solo aceptar la bebida, solo eso. ¿Qué había de malo en ello? Luego podría irse a casa, no? Pobre inocente. No la tocaría pero aún así, sabía que dolería, que no querría repetir la experiencia. Tomó aire y se quitó las lágrimas de su rostro con las manos todavía protegiendo de alguna forma con sus brazos su cuerpo. Luego miró la bebida tratando de calmar los sollozos y volvió a mirar a Rico, a esa mirada abrasada de promesas. Tragó saliva y volvió a tomar aire, cerró fuerte sus ojos para luego volver a abrirlos con una pizca de determinación en ellos, una chispa. La incendiaria. Lentamente su brazo derecho se alargó de nuevo a la bebida aceptada y la sostuvo con la mano bebiendo un corto sorbo meintras miraba a Rico para que no se le escapase la determinación ni la fuerza. -.... lo haré -vaciló a la hora de contestar, dudó pero ya no había marcha atrás y lo sabía. Volvió a posar la copa en la mesa y aguardó, encogida pero ya no abrazada a sí misma.
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MensajeTema: Re: Segunda oportunidad. [Enrico Moretti]   Jue Ago 22, 2013 4:18 am

Estaba frente a mí, como una idea desintegrándose, una idea en plena gestación, en un debate interno. Cada respiración, cada mirada, hablaban de ese duelo en el silencio, dónde ella decidía quién quería ser ahora. Quién le tocaba ser.

La vida es poker. Juegas tus cartas y tratas de ganar. Si la partida cambia, te marcas un farol. Te adaptas, rápido, aprendes a leer esos rostros ajenos. A entender sus metiras, y las tuyas. A saber fusionarlas.

Ahora, ella, frente a mí, era mi contrincante. Como yo lo era suyo. Voluntades distintas, instinto de preservación. Pero al final, el fuerte gana. El cazador se impone. La presa es devorada. Y ambos sabíamos, ya, que ella sería una mártir. Que su naturaleza era la de un hervíboro, en un mundo de carne.

Sentí su aceptación, toda su débil fuerza, al contestarme. Sus ojos en mis labios, su mano en la bebida. La partida empezaba. Y yo nunca perdía. No si podía evitarlo.

- Bene. Lo haremos fácil, Iry. Sólo debes ceder, ¿capito? Quiero que hagas exactamente lo que voy a indicarte. Vas a probar la copa, vas a saborearla, vas a cerrar los ojos. Y no los abrirás hasta que ya no notes el toque del alcohol en la garganta. Sono stato chiaro?

Solo una breve pausa, mis ojos en los suyos, buscando comprensión, tratando de leerla, sin darla opción a hablar, retomando el diálogo, haciendo de mi voz el cordón al que debía aferrarse ante este acantilado.

- Pero cuando los abras, vas a dejar de ser esta tímida chica, Iry. Vas a sentirte hermosa, porque lo eres, ragazza. Vas a mirarme, fijamente, a mí. Vas a juzgarme, a centrarte en mi rostro, en mis reacciones. Y te sentirás libre, ante mis ojos. Al ver que yo veo tu hermosura. Al ver cómo recorro tus facciones, tus hombros y tu pelo, bambina. Quiero que veas, que sientas mi mirada. Que dejes que se vuelva una caricia.Y que no la detengas. Que no huyas. Que no apartes la vista. Quiero que sepas que te miro. Que puedo desearte. Que tienes el poder de hacer que te desee.


No esperé aceptaciones ni respuestas. Mi voz dejaba claro el tono, en firme, de una orden sugerida que no da opción a equívocos. Sin interpretaciones. Quería éso. Y ella me lo daría. Iba a seguir mis instrucciones, una a una, hasta entender cómo se juega en este juego. Hasta entender cómo se vive en este mundo. Hasta que ambos sepamos si puede formar parte de él.

- Y después, vas a decirme qué has sentido. Sentido de verdad, ragazza. Qué ha sentido tu cuerpo, y no tu mente.


Una última sonrisa, suave, mientras me pongo cómodo. Mientras la piel, artificial, envuelve mi contorno como un abrazo cálido, mullido. El roce de otro cuerpo sugerido, irreal. El raso de mi ropa, los olores distintos, el alcohol, el sudor. El control.

- Empieza, Iry. Paso a paso, ragazza. Partiamo, mis ojos ya te miran. Ya me poso en tu cuerpo.
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Irgey Lierbischt
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MensajeTema: Re: Segunda oportunidad. [Enrico Moretti]   Jue Ago 22, 2013 10:12 am

Ojo furtivo el avisor que se posa sin ser reclamado en una escena privada en medio de la cotidianidad. Una advertencia, una última mirada y el mensaje queda claro, entendido. Agarra el vaso y se sienta, de espaldas, ya no molesta. Pero Irgey no se percata, no lo vé... concentrada como está en las palabras, susurros, movimientos, voz de Rico pero una parte recóndita de su ser se alegra de que la invasión, de que el voyeur afortunado haya desaparecido, se haya rendido, haya entendido que esa no es su noche. No ha tenido suerte.

No actuó de inmediato, se tomó su tiempo. Necesitaba digerir las órdenes, entenderlas, aceptarlas y, finalmente, hacerlas suyas, parte del proceso. Todavía encogida, con miedo, sintiéndose sucia -solo un poco-, con esa necesidad imperiosa de abrazarse y protegerse todavía rondándole, todavía manipulándola a su antojo. Tragó saliva y observó como Moretti la miraba y tuvo que rendirse, apartar la mirada. Derrotada y ni siquiera la batalla había comenzado. ¿O sí? ¿Era aquello la Guerra de voluntades? Y ahí lo supo. ¿Cómo había estado tan ciega? Era la inocente gacela que se ofrecía directa a las fauces del león para que la devorara cuando se le antojara. Respiró tratando de relajarse, buscando las fuerzas que sabía la estaban abandonando, el valor necesario para seguir adelante.

No supo cuanto tiempo pasó mientras buscaba esas fuerzas pero finalmente agarró el martini de nuevo y se lo llevó a los labios pero no pudo beber; no a la primera cerrando fuertemente los ojos, presionándolos y negándose a lo que vendría después, no podía, no quería que la desnudaran con la mirada pero, tras tomar aire y tragar las lágrimas por derramar, acercó la copa a sus ojos y bebió un tragó lo bastante largo como para degustarlo a sus anchas. Dejó la copa en la mesa y cerró los ojos buscando saborear aquel líquido que ya quemaba. Se lo fue pasando por la boca, moviéndolo con la lengua en su interior, sintiéndolo, tratando de descifrar el gusto pero no lo encontraba. Empezó a tragar y este empezó a quemar su garganta, empezó a sentir como a su paso, se llevaba algo más que el aire, se llevaba inseguridades, miedos... negaciones. Era una caída libre extraña, corta pero intensa, eterna.

Aún cuando la quemazón había pasado tardó un poco más en abrir los ojos. ¿Se estaba excendiendo? Estaba cansada y quería terminar con aquello pero no podía irse, no debía. Lentamente fue abriendo los ojos, como ese durmiente que despierta después de reparadoras horas de sueño. Había un matiz diferente en esos ojos huidizos y asustados, en ese semblante idéntido al anterior. ¿Quizás determinación, voluntad, fuerza, agallas? No estaba claro, todo se confundía, se mezclaba, aparecía y desaparecía pero lo único claro es que fijó la mirada en él, como le había ordenado.

Y enseguida esa sensación, el saberse desnuda. Tragó saliva todavía con sabor duro y ardiente de martini, empalagoso degustar. ¿Se sentía bella? ¿Hermosa? No lo sabía pero a medida que reseguía la mirada de Rico lentamente una tímida sonrisa se fue formando en su rostro, una sonrisa inconsciente, deliberada. Su cuerpo empezó a responder a las insinuaciones veladas de Rico, a modificar la postura, de encorbada pasó a estirarse, a mostrar sus atributos cubiertos por la ancha camiseta. De piernas cruzadas y nerviosas lentamente fue pasando a tenerlas juntas, hacía un lado, insinuadoras y guardianas del fruto prohibido de las mujeres. Los hombros rectos, en posición desafiante pero segura, pero su mirada... su mirada era la que más hablaba por ella: tímida. Esa timidez que no se le iría nunca. También mostraba de forma velada promesas por cumplir, travesuras por realizar, tentaciones compartidas.

-Sigo teniendo miedo -empezó sincerándose todavía sin apartar la mirada de él, la que sentía obre ella todavía- mucho miedo pero ahora, es diferente. -Añadió pestañeando, ladeó la cabeza, rompiendo la intensidad de la mirada a pesar que la magía seguía implícita en ella, escondida, velada pero no por mucho tiempo. Era obvio lo que había sentido su cuerpo pero verbalizarlo le estaba costando. De nuevo la verdad, la maldita verdad. Cerró sus ojos y suspiró, tratando de ordenar sus pensamientos.-Creo que me he...-se puso roja como tomate, volviendo a mirarle, avergonzada- excitado; se ha sentido amado, querido... a medida que lo acariciabas y... peinabas con tu mirada. -Calló. ¿Qué podía añadir más a eso? No podía añadir nada más, ¿o quizás sí? pero sería el propio Rico quien juzgara.
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Enrico Moretti
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MensajeTema: Re: Segunda oportunidad. [Enrico Moretti]   Jue Ago 22, 2013 11:59 pm

La miro, pedregoso, me derramo en su cuerpo como dos ríos de lava. Bebo su piel, a través de mis ojos. He hecho lo mismo tantas veces... Pero nunca me canso. Soy un adicto a ésto. A esas pieles de niña, que despiertan indómitas, cuando tú las desvistes.

Su palidez es sugerente, evoca. Como la nieve, se deshace, la siento líquida, observo cómo se derrite, bajo el calor de mi mirada. Soy el verano, he venido a asfixiarte. Me colaré en tu piel y en tus pulmones hasta que puedas respirarme. Ahogarte, ahogarme dentro. Como el humo que se adentra despacio, turbio, pegajoso. Un vértigo nacido en las ideas. Prohibido. Que sabes poner nombre. Ahora lo sabes.

Ha bebido, y sé a qué sabe su boca. Mi lengua busca retazos de martini, contagiada, dentro de la mía. Bailamos, en silencio. Somos el laberinto de reflejos dónde los niños juegan a perderse. Detrás de cada espejo, un yo distorsionado.

Vibra. Vibro. Nos rodea el mismo aire, espeso, y la música baja varios tonos. Es ese hechizo mágico que siempre envuelve esos momentos, cómplices, dónde hay testigos que no ven, que no entienden. Discreta intensidad que parece rutina, y te quiebra por dentro. Y aunque nos vean, no verán lo que sientes. Lo que siento. El poder que eriza nuestras pieles, que nos ata los dedos, las ideas.

La desnudo, despacio. Mis ojos son caricias, y van desde sus manos, sus muñecas, ascendiendo... retiro el algodón muy lentamente, despojando esa piel invernal de todos los escudos. El dorado en su pelo refulge, contra su piel perlada, aún fría. Somos sólo el contraste, el claroscuro, la metáfora. Ella es tan pura... me gusta su cabello, despeinado, real. Auténtico en su aspecto, natural, infantil. Me gustan esos ojos. Tan grandes y tan claros. Excesivos... Puedo perderme en ellos, puedo leerte, ragazza. Son sólo una ventana... y ahora, casi podía verte temblar, mitad aún timidez, mitad... deseo.

Sí. Te tenía... estabas despertando. Florecías.

Sentí la boca seca, la sonrisa torcida. El deseo se contagia... fluye de un cuerpo a otro... ahora, del tuyo al mío, regresando. Tragué saliva, crudo, consciente de cada emoción dentro de ella, transparente ante mí.

Sólo su afirmación me resultó más placentera que esa mirada, híbrida, tan desnuda como sus pensamientos, como se sentía ahora. Esperé, escuchándola, deseando saber más no por lo que yo sólo averiguaba. Por lo que ella admitía. Para mí. A sí misma.

- ¿Sabes qué temes, ragazza? Temes que ésto te guste. Y éso no debe darte miedo. Ambos somos adultos, no voy a hacerte daño y tu cuerpo te habla. Tú sólo tienes que escuchar.


Despacio, aún dentro de ese hechizo, me incorporé, más recto, tenso, también dentro del juego entre nosotros. No se puede jugar al deseo a solas, siempre te pide algo, tu propia excitación.

Obviando, o tal vez no, tal vez a causa del rubor en su rostro, mi voz sonó a susurro, ronco, con el tono implicado que no puedes fingir, esa respuesta física que te atrapa el aliento, rasgándote la voz, profundizándola.

- Me gusta que te excites. Buscaba esa respuesta. La quería. ¿Entiendes? Buscaba ese apetito. Y no quiero que pares. ¿Bene? Quiero que vuelvas a beber... que te tomes tu tiempo, que ahora seas tú quien me desnude. Quiero tus ojos en mi cuerpo, Iry. Quiero que sientas el poder, que te liberes, que me dejes sentirte, sin tocarnos.

Silencio, mantenido, mientras me bebo su mirada y busco sentimientos. La leo. Quiero saber qué opina. Pero no frenaré. No ahora. Ahora debo insistir, llevarla hasta las cuerdas. Acorrarla, paso a paso.

- Mírame, Iry. Busca mi piel debajo de las ropas, desnúdame, recórreme como te he recorrido, iguálanos. Y después, cuando tu mente sepa como me veo desnudo, cuando tengas mi imagen en tu mente, quiero que busques en mis labios, ragazza. Céntrate en ellos. Mírame. Muérdeme con los ojos. Hasta que sientas tu saliva. La humedad en tu boca. Bésame con los ojos, y cuéntame cómo es el beso. ¿Lento? ¿Brusco? Cuéntame lo que sueñas al pensarlo.
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MensajeTema: Re: Segunda oportunidad. [Enrico Moretti]   Vie Ago 23, 2013 5:09 pm

A medida que le escuchaba el cuerpo, instantes antes brilloso de Iry, se fue apagando. No. No temía que eso le gustara, no quería que eso le gustara... o sí? Rompió el contacto visual apretando fuertemente los ojos mientras seguía escuchándole, no podía, no quería seguir, no. No quería entregarse de esa forma, tan fácil, tan ruda, tan directa. Y la cuerda tensa llegó al punto donde no puede tensarse más y termina por romperse y, tal y como se rompió, Iry se abrazó a sí misma de nuevo. Todo el resplandor se había apagado y ahora negaba con la cabeza; no podía seguir. No con eso.

Una parte de ella clamaba por seguir mientras la otra clamaba por huir y nunca más regresar. Estaba cansada del vuelo, de las horas perdidas y ganadas del jet-lag, de los nervios por la entrevista. Todavía abrazada, todavía con los ojos cerrados. Sabía que debía hacer, agarrarla copa, repetir el proceso pero no se veía capaz, no ahora. Sabía, también, que cuanto antes terminara, antes se iría a algún sitio a dormir, no tenía casa, pero, ¿por qué le costaba tanto admitirlo? No iba a tocarle, no iban a acostarse, ¿por qué le costaba tanto? Porque era como si lo hicieran y solo le conocía de un rato.

Era eso. Lo había encontrado. Era eso lo que le daba miedo. Entregarse, entregarse a desconocidos. Una cosa era que te mirasen y la otra bien distinta tomar las riendas de la situación, ser quien manda decidiendo acostarte con desconocidos. Lentamente empezó a despegar los brazos de su cuerpo, a estirarse pero ya no había la brillantez de antes, la de antes se habia ocultado. Perdido. Como en un mar sin retorno, arrastrada por la corriente. Lentamente empezó de vuelta a abrir sus ojos y volvió a fijarlos en los de Moretti mostrando el miedo y el desasosiego que sentía en ese momento; volvía a sentirse sucia, obligada a algo en contra de su voluntad. Pero eran los últimos cartuchos antes de la rendición total y permanente.
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MensajeTema: Re: Segunda oportunidad. [Enrico Moretti]   Sáb Ago 24, 2013 4:41 am

Por un instante me dejé seducir, y engañar, por el poder que despertaba en su cuerpo. Pero no era real. No estaba preparada, sólo respondía a mí, no emanaba de ella. Era sólo una niña en un mundo de adultos, y volvía a cobijarse en ese abrazo estéril, que en realidad no iba a protegerla.

Fruncí mi ceño y algo en mi se apagó, muy bruscamente, rompiendo el juego y el hechizo. ¿Qué quería esa mujer? ¿Qué pretendía realmente? Mona la había explicado, yo la estaba guiando. Y a todas vistas, esto la superaba. Si ni siquiera era capaz de soportar tratar de conquistarme, ¿cómo soportaría los demás ojos? ¿Todas las otras manos? El mundo de mañanas bañados en sudor, desconocido.

Mi semblante se tornó serio, no sereno. Con los labios que antes sonreían ahora secos y duros, observándola. La miré bien, juzgándola. Yo era bueno, pero estaba perdida. Si seguía así, volvería a casa sola, con su deuda.

Y tal vez fuera lo mejor. En mi mundo, las mujeres son fuertes, son guerreras. No dejan que las manchas en otros, manchen su corazón. Almas de hielo en un mundo de llamas. Es la única manera. Y esta niña perdida llevaba el corazón entre sus manos, a plena luz, visible. Se lo ofrecía a la noche, a esta ciudad de vacío y espectáculo. Para que lo rompieran. Para hacerlo pedazos.

Esperé, sin dejar de mirarla, sin fuego ya en los ojos. Sólo frialdad. La mirada analítica que traza los perfiles, los sí y no, los puede y no es capaz, de un juez, o de un maestro. Metas inalcanzables, por ahora.

- Ma bene... Estás cansada. Y no te fías de mí. Ni de ti misma. Pero seré sincero, esto te queda grande, ragazza. No creo que llegues a entender tu inexperiencia y lo que estás pidiendo. Lo único que yo puedo ofrecer. Verás, aquí, en “mi mundo”, nadie corteja a las mujeres. ¿Capito? No hay flores, ni champán. No hay bailes de instituto, y no habrá caballeros. No quieren una cita. No buscan una novia, Irgey. Buscan sexo.


Su nombre sonó a escarcha en mis labios. Era una puerta abierta, una oportunidad y una bandera blanca. Podía dejarlo ahora. Podía volver a casa, y no pensar en ello. Escudarse en esa superioridad que tantos otros sentían, al pensar en nosotros. “Gente que no vende su cuerpo”. “Gente moral”, que sólo ve bajeza, y no ve valentía. Había que ser valiente, tener un corazón de hierro y fuego, y ser de barro, arcilla, siempre en manos de otro.

No todos comprendían. Muy pocos eran buenos. Demasiados sufrían, hasta ser sombras de sí mismos. Y yo no quería eso. Yo no buscaba cuerpos, yo buscaba personas, capaces de entender que el deseo es un matiz. Pero no nos define. Personas, que conservaran algo de sí mismas, a pesar de venderse.

Pero era complicado. Para atarte tan fuerte a ese “yo” y matenerlo a salvo, tienes que conocerte. Por completo. Tienes que ser realmente honesto.

- Si te quedas, si quieres intentarlo, tendrás que aguantar más que sólo una mirada, niña. Tendrás que ser tú quien les mire. Quien les susurre y les provoque. Quien roce casualmente su bragueta, quien sugiera que la noche puede no acabar. Quien hable de dinero. Quien indique su precio. Quien se quite la ropa.


La miré una vez más, sintiendo el peso de mi propio cansancio, cansándome de las explicaciones, pero retomando mi calma y mi paciencia, de nuevo, teñida de empatía, adaptándome a ella. Sin darme cuenta ya, plegándome, sirviéndola, de un modo ya adquirido, casi innato.

- Es tarde. ¿Tienes dónde dormir? Ven, tenemos una habitación en el hotel. Descansa, duerme. No creo que puedas hacer ésto. Pero hablaremos más mañana. Piensa en ello.


Mi voz sonó a derrota, y no hice nada por ocultar la sensación. ¿Por qué no compartirla? Ella no valía para ésto. No, sino estaba dispuesta a dar no todo, pero sí suficiente, para resultar sexy y atractiva. Creíble.

Puede que los orgasmos si se puedan fingir. Pero el deseo, la atracción física, debe de ser real si no quieres odiar este trabajo. Si no quieres ser sólo de cartón, sentirte usado. Yo trabajaba con mujeres que entendían el placer. Y no temían buscarlo.

Ese era el único secreto. Esa receta mágica, que nos permitía despertar cada mañana. Yo no me sentía sucio. Me sentía libre, y tal vez orgulloso, consciente del placer que sentía y había provocado. Por éso, mi “negocio”, no era como otras redes. Nosotros, nunca perdíamos nuestro orgullo. Porque todos, cada uno de mis actuales compañeros, elegimos libremente este tipo de entrega. A cambio de dinero.

Me levanté, con gracia, a punto de marcharme. De guiarla, esta vez, de un modo diferente. No hacia el deseo, tan sólo al sueño, a la soledad que te pregunta y te responde, cuando encaras un reto.
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MensajeTema: Re: Segunda oportunidad. [Enrico Moretti]   Sáb Ago 24, 2013 7:16 am

Era una derrota pero no la definitiva. Mañana sería un nuevo día y ella lo sabía. Un nuevo día donde las energías contaran por miles y no solo por décimas. Todo era distinto teniendo el punto de gallardía necesario después de dormitar. Miró a Rico y observó su abatimiento, ligeramente frustrada. Se mordió el labio inferior -casi de forma inconsciente- y luego le miró a él, soltando su abrazo. No dijo nada, no tuvo el qué. Ella sabía que era sexo lo que buscaba pero... Ahí le miró.

-He llegado al punto de no retorno -empezó con sus palabras- pero me ha aterrado lo que he visto. Aterrado y... fascinado a partes iguales -se estaba sincerando, explicando, comentando el porqué de su reacción negativa- pero no me he sentido con fuerzas de cruzar la delgada línea que separa mi vida ahora, de mi futuro mañana. -Estaba más relajada ahora que la mirada de Moretti había dejado de presionar en ella, había dejado de acorralarla. ¿No serviría? Estaba dispuesta a demostrar que sí, que sí valía.

Y le miró, se levantó. Sonrió.-Gracias por ofrecerme la habitación. No sé todavía donde voy a vivir...-agachó unos instantes la cabeza- pero mañana prometo ponerme manos a la obra.- Ya estaban en el ascensor, maletas recuperadas. Ella pensando en la cama, en dormir, descansar, meditar. Una vez Moretti hubo abierto la puerta le miró.-Mañana a las 13 horas aquí. Espero haber comido para ese entonces y reanudaremos la entrevista. Siento... el fallo de hoy, Rico. -Le miró con una sonrisa y terminó de entrar las maletas a la misma. Una vez la puerta cerrada, se quedó de piedra sin poder reaccionar al ver la habitación.

Luxury Room, Hotel Venetian


No supo cuando tiempo pasó en shock pero sin darse cuenta estaba recorriendo la habitación como niña de cinco años con muchos regalos la noche de reyes. Tras mucho corretear, probar todos los asientos y tirarse prácticamente en plancha a la cama, decidió que una ducha no le haría daño y accedió al baño arrastrando una maleta que abrió en el amplio suelo. Rebuscó hasta sacar una toalla aunque, al mirarla, se río sola en aquella solitaria amplitud. La volvió a guardar todavía con la cola de la risa en ella y sacó lo necesario e imprescindible que no le ofrecía el hotel.

Una vez duchada se puso el pijama y se ovilló en el sofá a ver qué hacían en la televisión pero pasó canales aburrida,  abatida, soñolienta, cansada aunque se negaba a cerrar los ojos, todavía no. ¿Se podría acostumbrar a esa vida? ¿A ser ella la que ofreciera la promesa de una noche de gloria? Recordó como Rico le había hecho sentir y suspiró sabiendo que había sido una irrespetuosa al no devolverle el placer que le habían dado por nada.

Al día siguiente se despertó entre un mar de edredón y cojines, un tanto desubicada hasta que recordó donde estaba. Se estiró feliz y luego se apagó su sonrisa al recordar lo de la noche anterior. Siguió reflexionando hasta que se decidió que, si tenía que hacerlo, debía hacerlo y ya. No había más vuelta de tuercas, se ofrecería al placer, pasara lo que pasara. Estaba dispuesta a cruzar la línea de no retorno. Se pasó la mañana probándose modelitos para ponerse y luego llamó al servicio de habitaciones para que le llevaran la comida. Agradeció el pedido, dejó propina y volvió a encerrarse para llenar el estómago. Finalmente había decidido el modelito y estaba dispuesta a sorprender a Rico. A la hora pactada estaba lista.

Ropa:
 
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MensajeTema: Re: Segunda oportunidad. [Enrico Moretti]   Sáb Ago 24, 2013 11:08 am

Caminar junto a ella a través de las calles ficticias, dentro del hotel, me hacía sentir incómodo. La sentía tras de mí, aún apocada, aún cohibida, pero mucho más relajada y ligera sin el peso de mis ojos en los suyos, en su cuerpo.

Había escuchado sus palabras, a modo de ¿disculpa? ¿Excusa? ¿Explicación? Y aunque deseaba creerla, dudaba mucho que con la luz del día naciera su determinación. Abrirse a otro no era una tan sólo un elección, un acto cerebral. Había algo físico. La seguridad necesaria para aceptar tu proprio cuerpo, y el ajeno. Para ver la hermosura. Para saber buscarla.

Siempre pensé que yo, que los demás, los míos, éramos casi artistas. Pintores, escultores, enamorados de la figura humana. Poetas, evocando el placer y atesorándolo. Músicos, tejiendo melodías con los gemidos. Dramaturgos, trabajando por siempre en esta obra. La vida en bruto, dónde el guión debía adaptarse diariamente. Actores, interpretando fantasías hasta hacerlas reales.

Era difícil. Y me sentía turbado y somnoliento mientras el hilo musical del ascensor llenaba ese silencio, junto a ella. Junto a aquellas maletas llenas de expectativas. Que yo, creía imposibles y lejanas.

El “clin” metálico de la tercera planta me hizo guiarla hacia dentro, pasillos y pasillos, tapices y pan de oro, como si aquellas suites fueran las salas de un museo. ¿Del placer? ¿Del horror? Aún no sabía qué estaba viendo ella, detrás de las paredes, con su imaginación.

Aún no sabía que pensaba de mí. De todo ésto. Y de sí misma.

Abrí la puerta sin rodeos, sintiendo haber perdido mi elocuencia junto al martini seco reposando en la mesa. Frío y a solas. La tarjeta encajó en la cerradura y entré a la habitación, dándola paso, como un buen anfitrión.

La cama estaba hecha, la iluminación tenue. Acogedora. Dejé la llave dentro, y busqué su mirada despidiéndome. Mi rostro estaba serio, problemático, pero aún así la sonreí, una última vez.

- Ya veremos, ragazza.

La dejé allí, con sus maletas y sus sueños, rodeada por sus miedos. Y regresé al pasillo, desandando mis pasos, decidiendo mi rumbo aquella noche, más corta de lo pretendido. Mucho menos fructífera.

Busqué mi móvil en el bolsillo de la americana y caminé seguro hasta volver al exterior, ahogado por una bocanada de aire denso, desértico, mientras llamaba a Mona.

- Tu chica se ha rendido pronto hoy. La he llevado a dormir. Hablaremos mañana, pero si tengo dudas, ayúdala a volver a casa. Págale el viaje y no me des mi parte esta semana. ¿Bene? Creo que quiere intentarlo, pero è ancora molto verde. Buona notte, tesoro. Grazie per averci provato.

Colgué, encarando la noche, oscura ya, avanzada. Me sentía turbio, cansado, tras demasiadas horas de vigilia. Aún podría trabajar, pero no tenía claro poder dejar a un lado todas mis sensaciones encontradas. Era un mal perdedor, y aunque paciente, el sabor apagado y amargo de objetivos frustrados marchitaba la sonrisa en mis labios.

Decidí volver pronto esta noche. Descansar y dormir. Tal vez, beber mi vino y recordar, pensar en mi pasado y en mi madre. En el burdel, nella mia casa. Recordar cómo me sentí yo al decidir por vez primera “dar el paso” y “venderme”.

Subí en un taxi y le pagué de más con tal de ver Off-Strip de camino a mi loft, tan sólo de pasada. La nostalgia me golpeaba muchas noches, sintiéndome dichoso en la distancia. Cada kilómetro era un éxito más.


Loft de Moretti



El rojo, el blanco y el silencio me recibieron con los brazos abiertos. Descorché una botella, dejé que se aireara, tomé una ducha y malgasté la noche sorbo a sorbo, en mi sofá, pensando y revolviendo en mi memoria.

Cerré los ojos cuando el alba asomaba en las ventanas, acostumbrado al sol como una nana a la que encomendarme. Abriéndolos de nuevo ya cerca de las 12. Fregué la copa, me vestí, y me dirigí a ella sin darme tiempo a volver a juzgarla.

A la 13 en punto me encontraba en su suite, sintiendo la ironía de llamar a la puerta, cuando la habitación y la factura estaban a mi nombre. Vaqueros negros, camiseta ceñida de algodón en el mismo azabache, y americana blanca demasiado perfecta, ejerciendo un contraste con la ropa y mis ojos. Igual de oscuros, sin necesidad de la noche.

- Buonasera.


Mi voz sonó a preludio, a incertidumbre.
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MensajeTema: Re: Segunda oportunidad. [Enrico Moretti]   Sáb Ago 24, 2013 5:46 pm

-Buenos días -le sonrió dejándole pasar para luego cerrar la puerta. Tomó aire y le siguió hasta los sofás. Había pedido que entraran a limpiar y ahora todo estaba en orden, como si nadie hubiera dormido en la cama. Se sentó en un sofá -tras cruzar frente a la cama- y cruzó las piernas aunque enseguida se levantó.-¿Quieres algo? -ofreció mirándole. Se la notaba nerviosa, como... si hubiera recibido a una persona importante y no a un simple hombre como era Moretti. La habitación permanecía con el aire acondicionado puesto, ni muy alto ni muy bajo, agradable y con las cortinas pasadas para que la luz solar que impactaba a esas horas sobre Las Vegas no molestara durante la entrevista. No había ninguna luz artificial encendida y todo se resumía a un remanso de calma y paz, silencio.

Su vestido rojo y su chaqueta negra ondeaban a su paso rápido, veloz. Iba descalza. Quizás... Se mordió el labio inferior y se marchó en busca de las maletas para regresar sin la chaqueta y con zapatos de tacón negros a conjunto con el cinturón lazo que llevaba en la cintura. Volvía a estar nerviosa pero ahora no eran esos nervios de la noche anterior, donde todo era expectativa negativa. Ahora las tornas habían cambiado y quería sorprender a Moretti. Sorprenderle desde el primer instante, ser ella quien llevara -hasta cierto punto- la iniciativa. Luego dejaría que él la tomara, iniciara lo de anoche -sino tenía ningún otro plan- y ella le seguiría el juego, esta vez sin amedrentarse. En su rostro una sonrisa, una tímida sonrisa que esta vez mostraba expectativas veladas; expectativas por lo que vendría y por lo que ofrecería. ¿Cómo había cambiado tanto de la noche a la mañana? Ni ella lo sabía pero no pensaba descubrirlo tampoco.

((Siento lo corto xD pero no hay más por añadir))
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MensajeTema: Re: Segunda oportunidad. [Enrico Moretti]   Sáb Ago 24, 2013 11:05 pm

Me sentí tenso al verla, como si el rojo llamativo en su vestido fuera solo un disfraz, escondiendo sus miedos. Pero aún así, me descubrí mirándola desde esos ojos, claros, al escote redondo y generoso, al corto de su falda, al blanco de sus piernas, sus tobillos desnudos. El rojo era un contraste interesante sobre su piel de nieve, resaltando sus labios. Más rosados, más débiles. Rememorando aún esa inocencia que creía insuperable.

Avancé, sonriéndola a modo de saludo, observando la cama sin arrugas, sintiéndome un extraño en esa suite sin el aroma de mujer al recibirme. Sin sábanas deshechas. Sin ventanas abiertas. Pero la noche había sido distinta. Y ahora el espacio no era “mío”. Y ella era mi anfitriona.

Le dejé el sofá a ella, virando con firmeza una de aquellas sillas esmaltadas, sentándome con gracia, justo enfrente. Marcando las distancias. Marcando jerarquías. De un modo diferente a la noche anterior, dónde mi cercanía había sido un error. Buscando nuevas perspectivas. Formas distintas de probarla. De probarme. De descubrirnos ambos nuestros nuevos papeles.

No retiré la americana de mis hombros, jugando a ser formal, a ser estricto. Superior. Aventajado. Mientras ella corría buscando unos tacones y no dejaba de observarla, tratando de entender que deseaba mostrarme. La imagen que deseaba evocar. Sembrar en mí.

Esperé a su sonrisa siendo mi punto de partida, y le sonreí también, mucho más enigmático que ayer. Lleno de ideas, de sugerencias. De preguntas.

- Me gustan los tacones. Pero también tus pies desnudos. Ahora, si ya estás cómoda, me gustaría que me sirvieras una copa, y escucharas.

Mis ojos le indicaron el camino al mueble bar, sin más explicaciones.

- ¿Sabes algo de alcohol? Ponme lo que tú quieras. Y bebe algo también. Me gusta hacer negocios con algo entre las manos.

Mi mirada brilló, serpenteando, mucho más peligrosa. Más cerrada. Mucho menos cordial, más jefe, mucho menos “amigo”. La tregua estaba rota con este nuevo sol. Era tiempo de resultados.

- ¿Has decidido algo, ragazza? ¿Cambiado de opinión? No jugaré contigo si deseas regresar. Sin arrepentimientos. Pero creo comprender que pretendes quedarte. ¿Vero? Y todo tiene un precio. Eso lo sabes bien. La vida te ha enseñado.


Extendí mi mano, exigiendo ese vaso, exigiendo también su servidumbre. Que se plegara a mí desde el principio.

- Vieni. Chiudi. Acércate a mí. No vuelvas a sentarte. Quédate frente a mí. De pie. Y mírame a los ojos.

La quería ahí, expuesta, rendida, y expectante. Quería poblar su mente con sus dudas, y verla ponderar, tratar de resistirse, ver sus ojos pensar y adivinar, iniciando la partida de ajedrez en la que intuyes qué va a hacer tu adversario. Yo era el rey, este era mi tablero. ¿Ella sería una reina o un peón? Todo estaba empezando. Podía sentir las fichas en la yema de mis dedos.
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Irgey Lierbischt
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MensajeTema: Re: Segunda oportunidad. [Enrico Moretti]   Dom Ago 25, 2013 5:15 am

Desde el primer instante en el que él accedió a la habitación las mejillas ligeramente pálidas de Iry se sonrojaron al sentir su mirada posada en todos sus atributos. Labios, pecho, piernas, pies... Luego le observó sentarse con ese ímpetu de quien se sabe dueño y supo que no podría escapar. Que la gacela había terminado por ser cazada, por ser acorralada sin vías de escapatoria mientras las demás gacelas, los demás leones, lobos, chacales, buitres y hienas de la sociedad lo miraban desde la seguridad de sus refugios, ajenos emocionalmente al drama que se desarrollaba a sus espaldas.

Se volvió a sonrojar una vez él le comentó que le gustaban los tacones pero también sus pies desnudos y, durante algunos instantes de duda, pensó en ir a descalzarse de nuevo pero los nuevos comentarios -pero sobretodo la pregunta- que llegaron a sus oídos formuladas desde esa voz masculina, atrayente y opacada, la hicieron permanecer donde estaba empezando a andar tras la mirada, casi en forma de orden, que le indicó el mueble bar. Sacó un vaso de tubo y una copa, luego la cubitera y, con agilidad se puso a preparar los dos combinados como si no fuera la primera vez que lo hacía. Un martini (con aceituna incluida) para Rico y un San Francisco para ella.

Mientras preparaba las bebidas le escuchaba hablar, interiorizando para ella y cerrando unos instantes los ojos antes de ir a responderle para abrirlos y ver esa mirada clavada en ella, esa mano exigiendo lo que le pertenecía y se acercó quedándose de pie frente a él con su San Francisco en una mano observándole a los ojos, preguntándose qué seguiría y, en su interior tuvo que admitirlo. Le gustaba ese juego, ese juego de las espectativas, de ser quien las provoca y no quien las recibe. Sin saber como se mordió el labio inferior, medio escondiendo con eso la sonrisa pícara que bailaba entre sus dientes.
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Enrico Moretti
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MensajeTema: Re: Segunda oportunidad. [Enrico Moretti]   Dom Ago 25, 2013 7:54 am

Ella se manejaba con soltura entre botellas, hielos, vasos. Y eso me complació. Casi todos los hombres disfrutaban bebiendo. Y observando. Sin darse cuenta me regalaba su presencia, sin atender esta vez a mi mirada, sin la tensión de ser consciente de mis ojos en su cuerpo.

Presté atención, no al combinado, a sus maneras. Al deje de sus manos y la holgura en sus hombros. En sus codos, sus brazos flexionados, ese cabello rubio que podría ser indómito y se mostraba liso, manso, dejando ver su cuello recogido en un moño informal.  Peiné con mi mirada esos mechones sueltos, libres, y observé sus caderas, el vuelo de su falda, sus muslos, sus rodillas. Me gustaban sus piernas, delgadas, no demasiado largas, conservando ese deje infantil, a juego con sus ojos y sus labios.

Vino a mí sin pensarlo, como si yo la reclamara. Y me gustó. No vi duda en sus ojos, tan sólo una obediencia nueva. La entrega que sugiere ser completa, y el dinero no puede comprar. ¿Era por mí? ¿O sería así con todos? Dibujé sus facciones trazando cada línea con mis ojos, su mandíbula estrecha, ese mentón tan fino, su nariz amplia, redondeada, y esos labios carnosos que tal vez debería teñir de rojo, sugerentes, del mismo tono que el vestido. Su boca sonrió, pero no devolví la sonrisa. Continuaba distante, autoritario, con el imperativo en negro dentro de mi mirada.

Dejé su rostro para observar la copa entre mis dedos, juzgando su trabajo, meciendo la aceituna. Tomé el palillo, rescatando la oliva para saborearla. Estaba bien mezclado, frío. Salado. Me recordó al sudor y un tono inquisitivo se asentó en mi semblante. Transformándolo, altivo y exigente. El Rico que no era nunca con las damas. El que daba las órdenes, el que no obedecía. El que era complacido, y no complacería.

Áspero, decidido, mojé mis dedos en la copa hasta aferrar un hielo, fragmentado. Una esquirla de escarcha entre las yemas, licuándose al contacto, poco a poco. Mi rostro era sombrío, predatorio. La miré fijamente y enuncié una advertencia. Una amenaza. Un mandato.

- No te muevas, ragazza.

Sin más, sin más preámbulos, me acerqué muy despacio a aquella piel de invierno, hasta rozar el hielo derritiéndose contra la desnudez de aquellas piernas. Navegando reacciones y texturas, desde la curva en sus gemelos hasta la cavidad tras sus rodillas, deslizando la escarcha contra esos muslos tersos, provocándola.

No dejé de mirarla, en ese reto cínico, silenciado, en el que demandaba una y otra vez su aceptación o su rechazo. Su determinación. Su morbo. Su deseo. Una respuesta clara, descarnada, transparente en su cuerpo.
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Irgey Lierbischt
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MensajeTema: Re: Segunda oportunidad. [Enrico Moretti]   Dom Ago 25, 2013 8:54 am

Siguió observándole aún cuando él apartó la mirada para centrarla en la copa, en el coctel, en la aceituna, en como la mordía, la degustaba, aceptaba el sabor, lo daba por bueno. Y ahí algo inesperado, algo que no se esperaba junto a esa orden, nada de deseos, una orden descarnada para luego sentir el hielo por su pierna, sentir como subía por ella, sentir como miles de terminaciones nerviosas rugían al cerebro que actuara, se apartara pero el autocontrol, surgido de no supo donde, la obligaba a permanecer estática, sosteniéndole la mirada a Rico mientras su cuerpo respondía a las claras. Su bello erizado era lo primero que se notaba pero, si escuchaba bien, de su interior surgía un jadeo; un jadeo apagado, suave pero potente al mismo tiempo. De esos guturales, naturales, innatos, no imitado. Natural.

Se mordió el labio, ¿dónde pararía? Su respiración se entrecortó al averiguar la dirección de las intenciones de Rico cambió su mirada a una de súplica aunque su cuerpo, llevado por la excitación reinante, decía lo contrario. Cerró sus ojos. ¿Debería hablar? Volvió a jadear al sentir como seguía subiendo hacía arriba. -Está helado...-quejó entre dientes. Vaya estupidez más grande acababa de soltar en ese momento. Ese estado no la dejaba pensar, la emborrachaba de sensaciones nuevas, de nuevos "tesoros" por descubrir porque, el conocer tu cuerpo, saber lo que puede alcanzar, es mucho más que un simple juego, es saber ir por la vida entendiendo como funciona el cosmos a tu alrededor. ¿Qué iba a ganar? ¿Su voluntad, su autocontrol, su placer?.-Me gusta esto...-se sinceró en un susurro- pero no puedo más -añadió- me quema... -se mordió el labio inferior para luego echar atrás su cabeza y cerrar sus ojos con un jadeo intermitente bailando en sus acciones. Y ahí se percató. Se había movido. Se quedó tensa. ¿Qué sucedería?
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MensajeTema: Re: Segunda oportunidad. [Enrico Moretti]   Dom Ago 25, 2013 11:54 am

Si cerrara los ojos podría guiarme sólo con su respiración. Adecuando mi ritmo a su aliento, entrecortado, avanzando al compás de esos sollozos mudos en sus labios, aún presos, a punto de quebrarse. Cadenas y eslabones, que ella iba articulando, desatando los nudos de una conciencia ajena que ahora, la abandonaba.

La desnudez no es despojar al cuerpo de los velos. La desnudez es descubrir lo que hay debajo de la piel. Esas pasiones. Esos impulsos, esa electricidad, que traza el mapa de tus cinco sentidos. Todas tus sensaciones. Reveladas.

Sentí la boca seca y el sudor en mis manos, mezclándose, sumándose al rocío que lloraba su cuerpo, besado por el hielo. La vi vibrar, la vi erizarse, busqué la excitación en sus mejillas y en sus labios, clavé la vista en su pezones, buscando esa verdad bajo las ropas. Deseando ver esa respuesta. Ser yo quien encendiera su vehemencia. Quien prendiera el calor, el verdadero, tras tantos años fríos.

Tras ese largo invierno, a solas.

Disfruté de su voz, irregular, claramente afectada. Del sofoco en su rostro, de su boca apagando sus respuestas, aún intentando atarla, mientras su cuerpo, en cambio, florecía frente a mí, lleno de primaveras. Sucumbiendo.

Se había movido. Y se tensó, ante mí, regalándome de nuevo la batuta con sus expectativas. La oía pensar, tras sus ojos cerrados. Ponderar mi castigo. Tratar de averiguarlo. Ansiarlo, ¿tal vez? Respiré hondo, mirando sus caderas, con ese desnivel en nuestros rostros, en un mal equilibrio en nuestros cuerpos. Conectadas las mentes, de igual modo. El calor en su cuerpo, el calor en mis ojos. Centros, oscuros, demandantes. Necesidades, obvias.

Aparté el hielo de su piel deseando que sintiera la pérdida, y lo llevé a mis labios, saboreándolo, hasta hacerlo morir en mi saliva.

- Me gusta cómo sabes.

Mi voz aún era firme, muy lejos del susurro que ella había compartido. Desigual, como nuestras viviencias. Siendo yo un veterano y ella una colegiala. Observé los senderos trazados por el agua en sus piernas y supe qué quería. Qué iba a pedirle ahora. Qué le arrebataría.

- Si tu incumples mis órdenes, ragazza, yo puedo saltarme las normas. ¿Vero?


Una nueva acidez en mis palabras, dentro de mi garganta, hablaba de mi libido. Del placer, de antemano, al pronunciar esa sentencia. Para ella. Yo era el juez y el verdugo. No tenía escapatoria. Se estaba dando a mí. Y ambos sabíamos.

Mis dedos húmedos, mojados, llegaron a su cuerpo surcando aquellas huellas correosas, yemas sobre su piel, ardientes. Distintas a la pureza de ese frío, insustancial. Humanas, cálidas, mucho más atrevidas, hambrientas, áridas, con la aspereza de la intransigencia.

No la di tiempo a protestar. A alejarse de mí. A dar un paso atrás hasta olvidar mi tacto. Quería un castigo, y yo se lo daría. Lo merecía, no por haber mecido su cabeza al compás del deseo. Lo merecía por haberse prohibido disfrutar, por mantenerse lejos del placer, durante tantos años.

Yo iniciaría su penitencia. Brusco, súbito, violento en mis reacciones, aferrando sus piernas con mis manos hasta acercar mi rostro y sembrar un mordisco en esa piel de seda. Intenso, puede que doloroso, pero tan breve que sólo su recuerdo dejaría cicatrices. Respiré, posando el humo de mi aliento sobre la marca roja de mis dientes sobre su suave piel, ahora rosácea, respondiéndome.

Siempre con mi mirada regresando a su rostro, en busca de detalles, de secretos, de confesiones plasmadas en rubor, en su sonrisa tímida, en su gemido ahogado.

- Obbedirai ora? O avete goduto la tua punizione? Dimmi. Vorrei sentire, Iry.
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MensajeTema: Re: Segunda oportunidad. [Enrico Moretti]   Dom Ago 25, 2013 6:26 pm

La ausencia de hielo le hizo jadear, involuntariamente mientras su piel se erizaba de nuevo, sus pezones se excitaban, se marcaban bajo la ropa, se volvían turgentes. Luego le observó, le escuchó hablar y asintió recolocando su cabeza en la posición normal. -Lo entiendo, Rico -le contestó a su pregunta, a su afirmación. No volvería a moverse y siguió sin hacerlo cuando sintió la mano recorrerle la pierna, el muslo. No se atrevió a cerrar sus ojos pero sí que lanzó un grito -más por la sorpresa y el susto que por el mordisco en sí- corto y distante al sentir el mordisco en su pierna. Le regresó la mirada y le escuchó hablar en italiano pero, sin embargo, contestó en inglés, lengua en la que se manejaba mejor. -Obedeceré, Rico. No, no disfruté del castigo.-No al menos del mordisco. El hielo era otra cosa, ¿había sido eso también un castigo? ¿O solo parte del plan de hacerla sentir, jadear, gemir? -El hielo lo disfruté -añadió, por si acaso.

Tenía ganas de beber de su cubata, de ese San Francisco que se había hecho poco cargado de vodka, como a ella le gustaba. Le gustaba saborear las frutas antes que ese toque fuerte y cargado del vodka recorriéndole la garganta. Miraba a Moretti, haciéndole saber el suplicio por el que había pasado con el hielo, haciéndole saber -de forma muda- todo lo que sentía. El rubor todavía arrebolado de sus mejillas, los pezones, el como respiraba, expectante. ¿Qué seguiría ahora? ¿Qué nueva tortura le brindaría? Los pies enfundados en los tacones la estaban matando. Quería quitárselos pero no quería enfrentarse a un nuevo castigo.-Quiero descalzarme -le miró, mostrándole la necesidad con la mirada- ¿puedo? -le preguntó y no supo de donde había salido esa petición, ese ruego, esa suplica. ¿Por qué actuaba así? ¿Por qué no podía ser la de anoche cando él la desvestía con la mirada?
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MensajeTema: Re: Segunda oportunidad. [Enrico Moretti]   Dom Ago 25, 2013 9:50 pm

Su aceptación esbozo cierta sorpresa en mi mirada, que había esperado una reacción más pronunciada al sentir en su piel mi propio tacto. Pero ahí estaba, inmóvil, regresando a mi orden sin rechazar el roce de mis dedos, mi boca, en su cuerpo.

No lo entendía. El simbolismo de ese gesto, faltando a mi promesa. Al pacto de “respeto” al que solía ceñirme. No lo apreciaba, perdida como estaba en todas esas sensaciones, provocadas. O tal vez, para ella ese matiz no fuera relevante. No lo cambiara todo.

Tampoco seguía el juego en mis palabras. No era capaz de oírlo, de retenerlo, de disfrutarlo. Cegada por la anticipación, olvidaba los guiños, las dobles intenciones. Su sabor, contaminando el hielo fundido ya en mi boca, era una insinuación más fuerte que mis dedos, que mi mirada oscura sobre ella.

Sonreí. Claramente consciente del desnivel entre nosotros, viéndola fascinada, embebida, en lo que sólo era una introducción. La obertura que precedía a las arias, en este ópera sucia, en las entrañas de una Italia ficticia.

Buscaba mi mirada, pero aún no tenía claro qué buscar en el negro en mis ojos. Tan sólo yo veía todas sus emociones. Aún no sabía leerme. Y yo era un lienzo en blanco, un desafío, cerrado. Haciendo “trampas”, vestido de esa jerarquía que definía nuestros papeles, mientras la luz amarillenta se filtraba en la suite, gritando que aún no era de noche. No todavía.

Oí su pregunta, deleitándome en la autoridad de ser tan sólo yo quien decidiera. Mis labios volvieron a ser duros, mi mandíbula recta e impasible, sin más sonrisas cínicas, tan sólo imperturbable, impávido. Indiferencia en mis facciones, fuego aún en mi mirada.


Centré mi vista en sus zapatos, acariciando sus tobillos y ascendiendo con lentitud exasperada a través de sus piernas, llegando hasta ese rojo instigador en sus caderas. Después, mi voz se abrió paso hasta ella, cortante, sólida, profunda.

- Bene. Quítatelos, ragazza. Pero quiero algo a cambio.


Marqué una pausa, forzando ese silencio lleno de posibilidades, sembrando perspectivas dentro de su cabeza, sopesando en la mía. No esperé demasiado, tan sólo uno, dos, tres, cuatro, cinco segundos. Sí. Suficiente. Cinco de sus latidos, golpeando desde dentro.

- Dammi le tue mutandine.


Y como antes, extendí con firmeza ahora mi zurda frente a ella mientras bebía mi primer sorbo de martini, estudiándola, contemplando su rostro y esos ojos, de niña, que eran sólo un espejo de su alma.

Había afirmado obedecerme. Pero, ¿lo haría? Sentía esa curiosidad frívola, recorriendo mi pecho. La sugestión de imaginarla cumpliendo mi mandato, sin decidir lo que desvelarían sus manos deslizando la prenda, debajo del vestido.

¿Se ruborizaría? Me gustaba ese rojo salvaje en sus mejillas. ¿Le temblarían las manos? Disfrutaría de esa incomodidad casi infantil, todos sus miedos, al desvestirse para mí. Con el vestido aún ceñido a su cuerpo, pero desnuda, en sus pasiones y en su venus.

Cohibida. Vulnerable. Liberada.
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MensajeTema: Re: Segunda oportunidad. [Enrico Moretti]   Mar Ago 27, 2013 10:11 pm

No se había percatado que había actuado como una autómata hasta que no escuchó su voz de nuevo, esa aceptación, esa petición. El rubor rojizo regresó a su mirada, a su cuerpo que se estremeció en adelanto junto a la imaginación de estar sin bragas frente a un completo desconocido. Se mantuvo erguida no supo cuanto tiempo antes de darle un sorbo a su bebida y cerrar sus ojos, degustar la mezcla, encontrar los sabores, mezclarlos con su saliva y tragar, sentir como bajaban por su garganta, como quemaba ligeramente el vodka restante. Cuando toda la quemazón hubo pasado, de nuevo estaba en esa sintonía que había logrado la noche anterior cuando había bebido del martini de él. Lentamente se separó de él y le dio la espalda para sentarse en el sofá.

Aunque antes depositó su cubata sobre la mesa ratonera que había frente al sofá y luego andó algunos pasos más hasta quedar justo enfrente de él. Se sentó delicadamente, no dejándose caer, para luego cruzar una pierna sobre la otra y echar el cuerpo, a propósito, hacía delante a la par que desabrochaba el primer tacón y lo dejaba caer sutilmente al suelo. Se mantuvo en esa posición algunos segundos que no contó y luego descruzó rauda las piernas para cruzarlas del otro lado y repetir la operación. Una vez descalza se mantuvo ahí, quieta, pensativa. Su corazón bombeando mil y una posibilidades a su mente. ¿Quién ganaría? Cerró de nuevo los ojos y lentamente se puso en pie para luego extender sus manos a ambos lados de la cadera, levantarse la falda y, sin mostrar mucho bajarse las bragas apretando los ojos, como si con eso retuviera las lágrimas que no quisiera mostrar.

Una vez se las hubo quitado, sintió la excitación crecer en su interior, sentir como el fuego subía desde su sexo hasta arriba y rebotaba hacía abajo provocando que sus mejillas se encendieran de rubor, ese rubor de quien se sabe descubierta en una travesura, de quien necesita extraer todo lo que lleva dentro y no puede. Bordeó la mesa y le miró, tomándose su tiempo en decidir si le hacía entrega de eso tan personal o no. "Tú decidiste quedarte, tú decidiste obedecer; ahora apechuga" escuchó la voz en su cabeza y finamente, tras tomar aire y soltarlo lentamente, se las tendió evidenciando -por si no era obvio- que había obedecido. Como acto reflejo apretó sus piernas y sus manos presionaron la falda hacía ella en un intento bastante burdo de proteger aquello que ya está desprotegido. No era solo el juego que Rico jugaba, sino el juego que Irgey jugaba consigo misma, la razón contra la voluntad, el placer. Fijó su mirada en él, sintiéndose desnuda al fijarla en la otra. Vulnerable. ¿Libre?
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