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 Segunda oportunidad. [Enrico Moretti]

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Enrico Moretti
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Mensajes : 42
Fecha de inscripción : 16/08/2013
Localización : En algún hotel de esta ciudad... en buena compañía.

MensajeTema: Re: Segunda oportunidad. [Enrico Moretti]   Sáb Ago 31, 2013 11:29 pm

La vi darme la espalda, alejarse de mí, y conté cada paso. Cerré los ojos un instante, mi mente llena con su figura, ese momento exacto en el que todo cambia. Como una rosa abriéndose, un antes y un después. Sentí mi propio aliento cálido, esa respiración más lenta que se arrastra en tus labios, pero no más serena.

Descubrir un secreto es siempre estimulante. Arrancarle las alas a una mariposa. Jugar a decir sí o no mientras desnudas el frágil corazón de cada margarita. Las mujeres son flores. Con y sin espinas. A veces hiedra que te atrapa, a veces zarza arañando tu piel, a veces amapola que quiere ser tu opio.

Se sentó en el sofá, tomándose su tiempo. Ella también sabía que allí, entre nosotros, se estaba despidiendo su inocencia. Gesto a gesto. Prendiendo fuego al blanco puro en de antiguos pensamientos, sembrando incendios nuevos. Que sólo apaga haber vivido suficiente.

Cruzó sus piernas, y la equis trazada por su cuerpo jugó a ser solamente un mapa del tesoro en mis manos, gastadas. Pirata mercenario que lleva la bandera en la mirada, negra, sin calaveras. Silencio. Minutos que se pierden, uno a uno. Incertidumbre.

De nuevo en pie, quiso cumplir mi orden. Tal vez sus sueños. Oscuras fantasías que hacen despertar otros pero vivían dentro de ti. El deseo se rescata, no se infunde. Seguí sus dedos en sus muslos, sus caderas, y el juego de colores tras su falda, hasta ver deslizarse su miedo y su vergüenza lejos de ella. En sus manos.

Vi su rubor, enfurecido, creciendo nuevamente como una hoguera que consume certezas. Saberse así, desnuda, vulnerable, la excitaba. Y esa seguridad volvía mis ojos lava, clavados en los suyos. Abrí mis dedos y ella entregó sus bragas. Las llaves de su cuerpo.

Yo sonreí, ladino, satisfecho, sintiendo que en mis manos no había más que control. Las riendas de su libido. Un látigo de nácar y de seda, disfrazado de encaje, húmedo ahora en mi palma, húmedo entre sus piernas. Desabrochando anhelos. Uno a uno.

Acaricié la tela y las texturas, disfrutándolo, y la miré de nuevo fijamente. Llevé mi mano llena hasta el bolsillo, antes vacío, de mi chaqueta. Y escondí el trofeo allí, como una muestra más. Un desafío.

- Lo que te quito no voy a devolvértelo, ragazza. Será mío para siempre. Capisci?

No hablaba de su ropa. Ahora ambos lo sabíamos. También era consciente, podía verlo en sus ojos, azul bañado en sexo y en promesas, abiertas, para mí. Como sus piernas, desveladas. Permanecí en silencio, sobrio, sólo con la mirada en llamas y esa sonrisa turbia empañando mis labios mientras dejaba a medias mi martini, en la madera caoba.

Despacio, exageradamente, me quité la chaqueta y la plegué en la mesa, sin dejar de mirarla. El gesto era tan sólo una advertencia más. Un nuevo aviso. Con los brazos desnudos, las manos libres, el juego estaba comenzando. Y yo jugaba en serio, siempre.

Cerré las piernas, firmes, con las rodillas juntas y solemnes. La espalda en el respaldo. El semblante sombrío, los ojos exigentes. De nuevo demandante, territorial, despótico. Mi dedo señaló mis muslos, ante ella. No había lugar a equívocos. La quería sobre mí. Ahora. En este mismo instante.

- Ora, siedi su di me, Iry.

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Irgey Lierbischt
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Mensajes : 27
Fecha de inscripción : 17/08/2013
Localización : Las Vegas

MensajeTema: Re: Segunda oportunidad. [Enrico Moretti]   Mar Sep 03, 2013 6:36 am

Cuando aquella frase atravesó los labios de Rico para ir a acariciar y perturbar su mente, Iry se estremeció. No un estremecimiento cualquiera, de aquellos que tiene la gente en ocasiones, escalofríos aparecidos ve tu saber de donde, sino un estremecimiento repleto de expectativas, rubor y sensualidad. Sensualidad, sí. Porque era justo lo que estaba descubriendo aquel tórrido mediodía en la Ciudad de Las Vegas. La sensualidad de dos cuerpos ajenos jugando a conocerse, a desvelarse, a retarse, a jugar al tira y afloja y, debía admitir que aquello... le gustaba.

Sin ser consciente de ello, sus ojos se movieron al igual que la mano de Moreti posando la bebida en la mesita que tenía al lado para luego ver como se quitaba la chaqueta y sus dientes mordían los labios inferiores creando con ello una extraña mueca en su rostro, mientras seguía con la mirada todos y cada uno de sus movimientos. Le mantenía la mirada, aquel lapso de tiempo entre órdenes, tiempos entre tempos de movimientos pausados y anacrónicos, medidos y acompasados. Una orden, una señal, unos movimientos y el primer gemido, escapado y huído, no controlado, inconsciente al imaginarse lo que seguiría, dispuesta a perderlo todo por el todo. ¿Por qué lo hacía? Ya daba igual, pensaba disfrutarlo. Lentamente, como se había sentado en el sofá, se sentó sobre sus piernas todavía sus manos protegiendo la falda, protegiendo su sexo ahora desprotegido.

Y tembló, tembló cual hoja de otoño en un árbol ya desnudo por el frío del invierno. Ese temblor infantil y casi, casi angelical, inocente... Esa inocencia brillante y pacífica, una inocencia juvenil, esa inocencia del primer rubor, la primera mirada... el primer beso... Y sin saber cómo, durante unos segundos que parecieron eternidades infinitas, recostó su cabeza en el pecho de Rico, buscando oír los latidos del corazón, para luego separarse y fijar su mirada en los labios de él. Estaba excitada, borracha de sensaciones, emociones y palpitaciones, su cuerpo ganaba la batalla a la razón y, sin saber cómo, fusionó sus labios con los de él tras cerrar los ojos. Beso casto. El primero, el beso más puro. Se separó y agachó la cabeza, avergonzada provocando que el velo dorado de su cabeza ocultara la timidez avergonzada de quien se sabe en falta junto a la sonrisa pícara que bailaba oculta entre sus ojos.
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Enrico Moretti
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Localización : En algún hotel de esta ciudad... en buena compañía.

MensajeTema: Re: Segunda oportunidad. [Enrico Moretti]   Lun Sep 09, 2013 7:02 am

A veces, los espacios menguan. O eres tú el que crece. El aire, el mundo y las esquinas, parecen rodearte, acercándose a ti, paso por paso. Y con ellos, las almas, otras pieles. Cercándote. Alimentando la sensación exacta de esa soledad física que te es arrebatada. O tal vez, eres tú quién la robas.

La observé, sintiéndome ligero, casi etéreo, en tercera persona mientras mi cuerpo se agitaba al entender, al comprender al contemplarla, la tensión en sus gestos. En sus ojos. Sus labios. El deseo es casi rabia. Una amenaza hiriente que hace gemir tu boca. Verbos impronunciables. Poesía en la acción.

Sentí cada centímetro en cada movimiento, su cercanía, como una onda en mi piel, atravesando el aire que rompíamos y ya no era un escudo. Sin nada entre nosotros. En las ideas poblando nuestras mentes, deshojadas.
Ella era mía ahora. Y quería serlo, atrapada en la tela de araña ansiando los mordiscos y el veneno. Una víctima infante que desea ser mujer, a fuego y dentelladas. La caricia de la electricidad atravesó la yema de mis dedos, mientras mis pensamientos eran un río revuelto. Y turbio. Oscuridad contra el azur tan pulcro en su mirada, perdiéndose en mi negro.

Sentí su peso sobre mí. El calor de su piel sobre la máscara de tela cubriendo mi figura. Su cercanía hizo mi cuerpo arder, enjaulado en loneta, excitado al sentir el control en mis manos, la entrega en sus acciones. Dilema en vivo, contraste en blanco y negro, hombre y mujer. Perfecto.

No impedí su temblor, disfrutando de nuevo la desnudez de su emoción más que la de su cuerpo... aún velada ante mí, un canto de sirena a un roce de mis dedos, casi sobre mi sexo, despertando ante ella como una analogía. Cetro tiránico ante su rendición. Dominio al descubierto.

Después, algo cambió. Imperceptible. Esa tormenta estática que tiñe de silencio plomizo un momento concreto, dónde todo sucede casi a cámara lenta y todo significa. Despacio, muy despacio, segundo por segundo, latido por latido. Su rostro sobre mí, sobre mi corazón, opaco y controlado. Fragua de ardores rítmicos contra su mente errática.

Un beso. Suave. Sólo una ola, cosquillas en los labios. Hambre. Mareas, que nacen dentro, pasando por tu estómago. Respiré sobre ella, estático, mientras sólo mi instinto reaccionaba, encerrado en pasiones atadas, veteranas y expertas.

No sonreí. No dije nada. La observé como mira el desierto, arena y sol que preludian tormentas. Férreo, dejé gotear el tiempo entre nosotros, saboreando mi propia excitación, reconociéndola. Cada llama en mi vientre, en el silencio estoico, enrarecido, en mis rígidas manos, vistiendo contención.

Después, deseando exasperarla, mis dedos navegaron sus facciones, apartando mechones de ese rubio de ángel, demasiado perfecto, que quería despeinar. Despojar ese aura de inocencia, gesto a gesto. Como un lienzo de morbos y deseos. Pintados pincelada a pincelada. Con mis yemas.

Mi pulgar acunó la comisura de sus labios trazando el rastro de ese beso iniciado, beso abierto, que es sólo una inicial... pero no la besé, acaricié su boca abriéndole los labios con mi yema, lento, rudo, carnívoro.

Y avancé nuevamente, siendo sólo ese otro hombre, diferente, muy dentro de mí mismo. El domador que ansiaba las cadenas, paladeando ese yugo invisible, imponiéndome a ella. Quedo, sin dudas, desaté bruscamente el lazo en su cintura, llevándolo a su rostro jugando con la seda.

Anudé el raso negro hasta cubrir sus ojos, sumiéndola en la noche que ella debía asumir. Su nueva dueña, diosa azabache a la que yo también servía, cuna de todos los secretos. Y adicciones. Presioné el nudo, fuerte, sin darla opción a rehusar.

- Senti con la tua pelle. Imparare a vedere me. Con ogni tocco.


Mi voz abandonó mis labios rasgando las palabras, desgastada y abrupta, como un susurro roto. Volví a imponer el tiempo como siembra de sueños, ansiando todas sus anticipaciones, ver surgir sus ideas, carcomerla por dentro.

Después, despacio, muy despacio, probé mi potestad invadiendo seguro el pliegue de su falda, acariciando un muslo, su cadera. Su idea de intimidad. De todo lo prohibido.
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Irgey Lierbischt
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Localización : Las Vegas

MensajeTema: Re: Segunda oportunidad. [Enrico Moretti]   Lun Sep 09, 2013 7:53 am

La mirada estaba fija en el suelo frente a ella mientras las manos seguras, férreas y domadoras de Rico se adueñaban de su territorio y poco a poco iban apartando los mechones, esa tela velada que ocultaba aquello a gobernar, la última muralla a vencer, siempre la más débil de todas, aquella barrera segura de nunca ser usada, segura de ser el bastión inexpugnable. Y una vez desvelado el último misterio el castillo de naipes cayó y con él, toda resistencia de Iry hacía lo que sucedía. Sintió la invasión de los dedos de Rico en sus labios, acariciándolos, tanteándolos, saboreándolos, tentándola mientras en su interior todo aquello resurgía como fuego, la excitación se expandía por el cuerpo de la joven como el fuego en un bosque demasiado seco, desprovisto de control.

Jadeó al sentir como desataba fuertemente el lazo que decoraba su vestido, sintió como opacaba su vista, como el nudo apretaba sin conmiseración ni misericordia, arrancándola de su seguridad, sumiéndola en el mundo de las tinieblas, de los placeres ocultos, de las pieles erizadas, de sensaciones desfloradas, de expectativas y cesiones... de sábanas dadas vuelta, de cojines en el suelo, gritos y jadeos, gemidos... como los que escaparon ante la invasión de Moretti en su enterpierna, esa fría mano en contraste con su piel encendida, en llamas. Echó su cabeza hacía atrás, entreabrió la boca y su bajo vientre tuvo un espasmo, una oleada de placer que nubló los sentidos de Irgey pero desató y desbocó el tacto. Ya no importaba nada, solo estaban él y ella. Y ella sin restricciones... puro fuego. Fuego contra hierro de dominante, fuego contra la frialdad del hielo cuya sensación todavía perduraba en sus piernas, cuya sensación todavía perduraba en su mente ahora perturbada, ahora abandonada a todo aquello que se le brindaba. Y queria más.
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Enrico Moretti
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MensajeTema: Re: Segunda oportunidad. [Enrico Moretti]   Miér Sep 11, 2013 12:32 am

La experiencia no es la que te permite ver a alguien rendirse. No. No es cuestión de experiencia. No importa si lo has vivido antes, o si no. Porque no lo comparas. Observas, extasiado, cada signo en el otro. El rubor de su piel, los ligeros temblores, el erizado vello... y su respiración, abrupta, casi ahogándote, adentrándose en ti como si te bebieras ese aliento robado.

Su gemido me hizo apretar las yemas de los dedos debajo de su falda, tocando sin tocar, forjando la distancia hacia su centro a fuego y pretensiones, siendo sólo la idea sin llegar a ser acto. Prendiendo en su conciencia cada anhelo. Demasiado cerca. Demasiado lejos.

La sentía sobre mí. Emanando calor y ansiedades. Verla entregarse a mí, ser consciente de ello, encendía más mi mente que todos mis sentidos, ya despiertos. Sentía el poder en bruto, entre mis manos. En mi mirada, ávida y libre, observando su rostro cegado y entreabierto, perdida ya su boca en los suspiros.

No sonreí. La satisfacción que sentía era más intensa que una suave sonrisa, y no era divertida. No era irónica. Era control en bruto, que te llena y no sacia, sólo provoca sed. En ti. En otros. Incendio de preludios.

- ¿Lo sientes, Iry? Ahora deseas mi tacto, ragazza. Me deseas. A mí y a mis promesas. Lo sé al mirarte. Sé lo que quieres, Iry. Tú quieres que te toque.


Mis dedos se movieron apenas un milímetro, jugando con su mente y con su cuerpo, deseando sus reacciones. Expectativas provocadas. Mías. Suyas. Nuestras. Pero después, férreo, volví a asirme a sus muslos separando sus piernas con fiereza, abierta para mí, sin adentrarme en esa uve codiciosa.

- No voy a hacerlo, Iry. Pero tú sí.

El silencio retuvo mis palabras, esa advertencia, hosca, alimentando el aire enrarecido. Sentí mi nuca húmeda, el sabor cobre en mi garganta, tensa. Mi voz forzó la orden y el deseo, la locura bohemia que te hace creer que puedes poseer, que no eres poseído. Esa ilusión, efímera, que grita que el control es unilateral. Y es tuyo. Sólo tuyo.

Que otros te pertenecen. Que puedes dominarlos. Que te obedecerán.

- Toccami.

Este era el juego entre nosotros. La noche oscura y densa que sólo se anunciaba, fortuita. Esta era la promesa. El poder, compartido. Porque el deseo que ahora sembraba yo, mañana sería suyo. Ella sería la dueña de otros cuerpos, jugando a ser su presa. Pero ahora, entre mis dedos, era mía. Y debía complacerme.
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Irgey Lierbischt
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MensajeTema: Re: Segunda oportunidad. [Enrico Moretti]   Sáb Sep 14, 2013 2:19 am

La mente opacada, la razón rendida, escondida, herida. El cuerpo ahora era el dueño. Placer puro y primario, angosto y tortuoso, lento, desatando con la velocidad del rayo las pasiones más ocultas de aquel cuerpo herido, virgen, casi casi puro. De aquel cuerpo que solo ha sido profanado, no descubierto, no adorado, solo expoliado de todo lo que le daba sentido. La boca entreabierta descubrió nuevos gemidos cuando él apretó las yemas de sus dedos contra su carne; de nuevo voluntad, pasión y sumisión, jadeos discordantes, ahogados en gemidos, placer desbocado.

Escuchó sus palabras y movió su cabeza, en busca del sonido de su voz, de esa voz que guiaba sus sentidos, su placer, esa voz que le erizaba el vello, que le provocaba espasmos de placer, igual que los dedos impregnándose de fuego en su muslo, se sabía a la completa merced de él, ¿cómo no? si él era dueño de su cuerpo en ese momento. Dueño del placer que podría brindarle y del que no. -No- jadeó cuando él le separó los muslos con fiereza. ¿Rendición? ¿Último bastión? La mente siempre traiciona al cuerpo, siempre se niega a sentir el placer brindado, siempre niega las reacciones del cuerpo. Y luego respiró agitadamente, su pecho hinchándose en el corsé del vestido, rojo pasión, como la mejillas arreboladas de Iry debajo del negro del cinturón que le ocultaba la vista.

La respiración entrecortada suplicó por tacto, por ese placer negado que ya recorría, como preludio de una tormenta, su entrepierna. Esas pulsaciones efímeras pero notorias, fuertes y suaves, esa excitación palpable en todo un cuerpo cubierto. Tragó saliva y lentamente empezó a mover sus manos hacía arriba, hacía él. Levantándolas hasta que estuvo en sus pectorales y fue subiendo, como ciega que desea reconocer el cuerpo ajeno, ese cuerpo vetado todavía por la tela que le cubría, como el suyo. Ese cuerpo todavía prohibido para ella totalmente. Pasaba por su garganta y enseguida recorrió la fuerte mandíbula de Rico, siguiendo hacía arriba, hasta estar en su cabello, al que se aferró en una suerte de salvavidas.

Y en él permaneció mientras trataba de tragar saliva, de sentir las pulsaciones cada vez más insistentes de su entrepierna, mientras su mente enfermiza por el placer, rogaba por tacto, por ese placer todavía prohibido. Lentamente sus manos empezaron a deshacirse de la cabellera, a bajar por el rostro, los ojos, la nariz recta, los labios, la mandíbula y barbilla rasposa por la barba, el cuello, la nuez. ¿Por qué no la acariciaba? ¿Por qué no la tocaba? Preludios de tormentas, se quejaba frustrada mientras sus manos recorrían el pecho de él, dirección a la cintura, a la zona prohibida donde se detuvieron. Volvió a tragar saliva, jadeos y gemidos, placer adivinado, placer divino aquel que no se siente pero se imagina lleno de promesas por cumplir. Y respirando hondamente, volviendo a hinchársele los pechos apretados por la tela, las manos descendieron un poco más, indecisas.
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