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 Desde el crepúsculo hasta… donde tú quieras [Priv. Adrien Hollow]

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Fon Lattener
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Mensajes : 55
Fecha de inscripción : 08/07/2013

MensajeTema: Desde el crepúsculo hasta… donde tú quieras [Priv. Adrien Hollow]   Miér Jul 17, 2013 7:25 am

Desierto de Mojave, Nevada
24 Junio, 7:48 p.m.


El autostop era emocionante, fue algo que siempre había soñado hacer al menos una vez en la vida. La interestatal 15 extendía su abrasador asfalto en una larguísima recta de tráfico imparable que se perdía más allá del horizonte mientras Fon caminaba parsimoniosamente por el arcén, con el sol cayendo a sus espaldas. Dejando atrás la última estación de servicio en la que comió algo y se hubo refrescado un poco mientras descansaba, esperando que las horas de más calor se fueran pero no le llegase a anochecer antes de retomar su camino.

La autopista comenzaba sus 446 kilómetros en Los Ángeles y eran como casi 4 horas en coche hasta Las Vegas. Algo agradable —y necesario— de hacer viajando con aire acondicionado, las temperaturas habían alcanzado poco más de 40º pero ahora, se notaba el descenso. Estarían como a unos 33 o 32º y dudaba que fuese a bajar mucho más una vez se hiciera de noche.

Así que más le valía ir encontrando un vehículo ya para continuar.

Llevaba botas militares adecuadas a clima desértico, de color beige. Sus caderas marcaban rítmicas su paso y sus nalgas en unos vaqueros azul claro de tiro bajo que no se molestó demasiado en ocultar con la simple camiseta blanca de tirantes que vestía. Se había quitado la chaqueta gris claro y ahora la llevaba colgada de uno de los hombros, el mismo en el que sostenía su bolsa de viaje.

Ralentizó su caminar a propósito, volteando la cabeza hacia atrás sin girar el cuerpo ni detenerse. Los cristales tintados de sus gafas protegiendo sus sensibles ojos reflejaron el sol muriendo lenta pero progresivamente. Haciendo arder el cielo con una tonalidad anaranjada intensa, que iba matizándose a un rojo cada vez más rosado. En diez minutos, el cielo empezaría a volverse purpúreo hasta acabar añil casi negro, cuajándose de estrellas.

Pero antes de que eso sucediera, algo captó al momento la atención de Fon por encima de la efímera belleza del paisaje.

Sus ojos bajaron al momento de nuevo a la carretera, concretamente a uno de los vehículos que aún estaban demasiado lejanos como para distinguir algo decentemente en él. Por ello, entornó la vista y, concentrándose un momento, confirmó lo que estaba buscando, haciendo uso de una de sus nuevas capacidades sensitivas.

Y fue entonces cuando se paró al fin.

Sin girarse, abrió un poco las piernas para tensar levemente la tela del vaquero estratégicamente y continuó mirando de lado hacia atrás por seguir dándole la espalda a la puesta de sol —por lo que así era mejor detectado por los coches que venían en esa dirección— mientras extendía el brazo hacia la autopista y alzaba el pulgar.

A la espera de que el coche concreto que le interesaba se detuviese.


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Adrien Hollow
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Fecha de inscripción : 15/07/2013

MensajeTema: Re: Desde el crepúsculo hasta… donde tú quieras [Priv. Adrien Hollow]   Miér Jul 17, 2013 11:08 am


Líneas bailando, torciéndose sinuosas, como una bailarina que continúa bailando cuando cesa la música. Carreteras que se vuelven océanos, asfalto que no acaba. Cicatrices desnudas en una tierra que debería ser roja, arena, y se ha vuelto tan negra como el mismo petróleo. Paisaje desolado domado por el hombre, paralelas cruzadas.

Durante horas, días, el ruido del motor ha moldeado mi mente. Espejismo de nieblas sobre el lienzo alquitrán. El mismo aire viciado, la misma música, la misma voz, los mismos labios secos.

El coche huele a noche. A resaca, a desliz, amargo como el regaliz negro. La chaqueta reposa junto todas las notas y los libros, como una araña más dormida entre las redes. Siento las manos pegajosas asidas al volante. La botella vacía acunada a mi lado, en el regazo duro de las mangas de cuero, muy arrugadas, parece desafiarme con su brillo cristal. El sol se pone, ha dorado mi rostro, enrojecido. Ha bañado mis ojos, cansados y plomizos, pero aún vivos.

Sólo queda un pitillo y lo reservo. El mapa mal doblado en la repisa habla del rumbo equivocado que he trazado en las últimas horas, como un ratón drogado que elige mal las curvas del laberinto de madera. No llega a molestarme. Estoy tan seco, tan dormido, que apenas tengo rabia. Pero el motor aún ruge y ronroneo con él, siendo ahora yo el sumiso, sangre de gasolina.

He dado vueltas, rodando en todas direcciones, siguiendo mis corazonadas e ignorando el camino. Como si el mismo asfalto quisiera ser espejo y hablaros de mi historia. La distancia más corta nunca ha sido mi estilo. Parece que tengo alma de curva, a pesar de preferir las perpendiculares. Dilemas y contradicciones, bienvenido a mi vida.

La radio me cobija, como un eco perpetuo de ese casette gastado y retro que se repite durante horas. Sólo llevo una cinta, Red Hot trata de reinventarse. Me siento demasiado cascado. Tal vez, viejo.

Pero sigo cantando. ¿Costumbre o estoicismo? La boca seca sabe a resignación y a sed. Llevo 4 pastillas y las pupilas dilatadas. Me noto el pecho a cien, en plena ingravidez. Soy una nueva especie, a corazón abierto. Adrenalina en los pasos de cebra. Un anciano en mis treinta. Pero sonrío, joder, sonrío.

La luz, sangrienta, me habla de asesinatos. Mis ojos se despegan del camino marcado para mirar de nuevo los papeles, sin orden, que trazan todo el plan que ahora persigo. El caos parece definirme. Un volantazo nuevo al volver a enfocar el horizonte. Corintos que hacen daño. Gafas de sol que esconden tantos "demasiados" excesivos.

Si fuera un hombre tópico daría una cabezada, y acabaría como un suceso más en los periódicos. Pero esa no es mi historia. No me toca morir, no es mi momento. Lo mío es más Cumbres Borrascosas, sufrir hasta la extenuación. Me vale, pero no pienso arrepentirme. Tengo derecho a ser un gilipollas al menos unas horas cada día.

Me miro en el retrovisor, dispuesto a tentar a mi suerte. ¿Puedes salirte también en una recta? Eso parece un reto. Me siento un aviador tras el cristal anaranjado, con ese aspecto hipster desterrado. ¿Soy un superviviente? ¿Mi avión ya se ha estrellado pero no lo he asumido? El desierto puede ser un oasis, un baldío purgatorio. Pero ya he decidido que me importa un Infierno.

Subo el volumen y conduzco como si no importara nada. En unos metros casi me lo he creído, concentrado y abstracto, como la melodía, vagando entre las rimas y el sonido. Soy un compás compacto, rebotando, una piedra con la que tropezar. Y todo me parecería igual, si aquel desconocido en la distancia fuera tan sólo un cactus.

Suavizo un poco el ritmo, sorprendido. El sol, la arena, la nada y ese tipo. Parece que hay más locos en el mundo. Sonrío, sin saber si el alcohol ya se ha ido o es parte de mí mismo. El humor rancio parece dejar paso a cierto escepticismo.

Si fuera Jesucristo ahora sería un sacrílego. Pero no soy creyente, y el peatón libertino me ofrece un buen vistazo. Dios salve a la Reina... y a los vaqueros ajustados. Sin darme cuenta he levantado el pie del acelerador y me acerco despacio, con ese aire de hambriento camionero, sonriendo como un niño que quiere un chupachús. O tiene uno.

Siento el deseo, tal vez la borrachera, que me susurra que pulse el claxon suavemente. No logro contenerme, o no lo intento. La fantasía precaria y sórdida parece acentuarse. Siento el sudor bañar mi cuello y perderse en la uve de algodón que cubre mi figura, como una nueva piel.

Despacio, decelero, hasta sentir rodar las ruedas por inercia. No piso el freno, no es mi estilo, pero permito que el destino me detenga, pausadamente, poco a poco. Como todo lo bueno, insinuándose.

Y así, capullo o Santa Claus en el desierto, bajo las ventanillas dispuesto a que me mientan, como una cobra que quiere ser hipnotizada. La ironía fluye desde dentro, sonando a cascabel entre mis labios.

- ¿Te has perdido? ¿O es que quieres perderte?

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Fon Lattener
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MensajeTema: Re: Desde el crepúsculo hasta… donde tú quieras [Priv. Adrien Hollow]   Jue Jul 18, 2013 4:22 am

Lo más que sabía de coches era por su trabajo y por esa fascinación que le causaba el interior más que el exterior de esas máquinas tan prácticas y, a la vez, tan altamente nocivas para el medioambiente. Por ello, no fue el oscuro Mustang sesentero lo que atrajo la atención de sus ojos azules tras los cristales tintados.

Fue la forma en que venía… y lo que traía adentro.

Venía a una velocidad fuera de lo normal, quizás a ojos normales no fuera muy apreciable pero sí para los suyos. No podía escuchar desde tan lejos la música, pero al agudizar la vista pudo ver que el tipo que conducía iba eufórico y cantando, por lo que debía llevarla a buen volumen a juzgar por la tensión de su cuello. Y muy probablemente también iba drogado y había bebido, tenía una deshidratación…

Pero quizás fue la forma firme de su mandíbula o esa barbita de días descuidada. Pudieron ser sus labios delineados que cantaban con una reseca calidez, sus mejillas remarcadas al hacerlo. Su nariz corta pero no pequeña, el misterio de unos ojos cuya visión le era negada porque aún no tenía habilidad alguna —que él supiese— para traspasar superficies con la mirada.

Ese coche le hablaba de exceso. El exceso, de dolor. El dolor… Al carajo el dolor, le apetecía una ducha y un polvo.

A Fon ni le hizo falta el sonido del claxon para comprobar que su infalible radar gay no le fallaba. Notó antes el descenso de velocidad del coche, lo cual fue siendo cada vez más notable a medida que se acercaba.

A día de hoy todavía no entendía el porqué de los pitidos en la carretera, al menos cuando se les dirigían a personas que despertaban el instinto sexual. ¿Qué se pretendía? ¿Llamar la atención sobre uno mismo? ¿Era como un halago ruidoso y sin palabras?

A veces, ni el instinto le daba respuesta lógica a su entender.

Sin cambiar de postura, el joven simplemente se limitó a dibujar una sonrisa visible como mera respuesta silenciosa de que no le había resultado molesto aquel sonido propio de camionero en celo, a juego con la que el otro se veía luciendo en la cara. Solo cuando el coche empezó a detenerse cada vez más cerca, bajó el brazo y se metió la mano en el bolsillo trasero del vaquero antes de darse la vuelta y caminar hacia él tranquilamente.

Por darle un poco de envidia a aquellas manos en el volante, vamos…

Fon se detuvo frente a la ventanilla del conductor a un par de pasos mientras ésta descendía, prácticamente dándole la bienvenida al exterior marcando paquete a la altura de su cara. Ya que no tuvo intención alguna de inclinarse y menos aún de achicharrarse los antebrazos apoyándose en el vehículo.

Apenas por un segundo fugaz sintió dudas sobre si aquel sujeto había parado para recogerle o para reírse un rato, ya que detectó el caos que llevaba en el asiento del copiloto. Cosas útiles, que usaba con frecuencia, que eran su compañía en la soledad de su coche y por eso estaban a su lado. Curioso que alguien evadiendo la realidad tuviese papeleo y libros allí bajo aquella chaqueta, ¿un escritor quizás?

No obstante, su atención estaba más centrada en el encanto desbocado que ahora hacía sonar su voz por sobre la música.

Dos preguntas que no eran más que una. Sí, era escritor o, en su defecto, trabajaba con letras de algún modo.

No le respondió al momento, permaneció unos breves segundos con su sutil sonrisa enigmática más misteriosa de lo habitual por lo oculto de sus ojos azules. Como ese leve silencio en una obra teatral que solo se rompe en el momento adecuado para no llevar al espectador al aburrimiento y no es más que un recurso para captar su atención.

Se le daba fatal socializar pero no había nada mejor que las buenas obras de teatro para aprender algunos trucos útiles.

¿Quieres que me monte para descubrirlo? —su sonrisa se alargó remarcando graciosamente sus comisuras tras esas palabras, naturales y sin ningún doble sentido demasiado descarado.

No se andaría con rodeos pero tampoco podía ponerse tan lógico para seducir, así que en ese aspecto tendía a dejarse llevar más por el instinto que por el cerebro.

Además, dudaba que se perdieran yendo en línea recta, incluso si no se dirigía a Las Vegas directamente sino a algún pueblo o estación de servicio al borde de aquel recorrido. Si lo que quería el otro era un poco de conversación y compañía, pues dentro del coche improvisaría.

Y si quería algo más pues… a ver lo que le pedía el cuerpo.


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Adrien Hollow
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MensajeTema: Re: Desde el crepúsculo hasta… donde tú quieras [Priv. Adrien Hollow]   Jue Jul 18, 2013 7:17 am

Finalmente el movimiento cesa levantando el polvo del asfalto como una sucia bienvenida. El calor al otro lado golpea mi rostro y mis sentidos con sólo abrir la ventanilla. Siento mi cuerpo anclado en el desierto, el Mustang derretido.

Se acerca a mí, y cuento los segundos mentalmente. Uno, dos, varios pasos, tres, cuatro, y tengo su paquete en la mirada y la sospecha cínica de que conoce el juego y "sube cinco".

La sonrisa torcida y misteriosa en ese rostro de mezclas imposibles es una llama más. El espejo en su rostro proyecta mis deseos, acuosos y escondidos, cristal contra cristal. No aguantaré cuarenta días.

Navego su figura, desciendo sobre ella como la luz tornada que calcina el asfalto. Su cuerpo frente a mi no es sólo una quimera. El oasis en su piel enciende mis sentidos.

Mis dedos llegan a mi boca y tengo sed, los labios secos y agrietados y la sonrisa abierta, sensual, víctima del impacto de ese exotismo inesperado, jodidamente impúdico, demasiado perfecto, angelical.

Quisiera despeinarlo. Verlo sudar, arder, perder el brillo, hacerlo terrenal. Es el desafío mudo de las camisas blancas, los cuellos abrochados, los rostros afeitados y todo lo prohibido. Me provoca, indolente, como los libros ordenados en una estantería, que deseo abrir, leer, arrancar hojas y hacer míos.

Mi sonrisa se ensancha y crece mi bragueta, las imágenes bailan y vienen las palabras una a una, jugando entre las frases compartidas. Descubrir y montar... he quitado el pestillo antes de darme cuenta. Aparto los papeles con cuidado, deseando conservarlos incluso en el impulso de hacer un hueco, rápido, al momento.

Me aferro al cuello de cristal del licor muerto y quisiera tequila, sal, aire acondicionado. La sed gana terreno y trago, fuerte, con la voz tan rasgada que parezco Corleone.

- He bebido, piso a fondo y voy hasta Las Vegas.

No sé si me lo advierto o se lo advierto. No entiendo la advertencia. El asiento es incómodo, mi ropa ahora es estrecha, y esa boca me invita. Mi pulso acelerado se encabrita.

Mis manos le señalan el asiento, despejado, mientras todas mis cosas se amontan atrás, con mi conciencia. Sigo perversamente hambriento, hipnotizado, mientras desnudo mi mirada ante la suya, pecado bajo el velo, desechando mis gafas.

Sé que puedo morder en el intenso negro en mis pupilas. El turbio aguamarina pretende ser daltónico, imitando la lava, gruesa, ardiente, envolviendo mis iris, desvelando intenciones. Estoy interesado. Lo demuestro. No hacen falta palabras, movimientos. Los ojos mueven ficha, se comen el tablero.

Deseo que sea de noche, un trayecto más largo, más copas, más tabaco, bolas de discoteca, sentir el calor. Dentro. Mi sonrisa divaga, inquisitiva, mis ojos le recorren con descaro.

- Puede ser un buen viaje... si tú aún quieres montar.

Me oigo, mi risa brota sola, descarnada. Un último consejo. Una certeza más. Una nueva promesa. La sed es ahora sexo, en mi garganta. El alcohol, un recuerdo, con la mente nublada por errores distintos. Orientales. Me pierdo en esa piel, tan pálida, en la que dejar marca.

Me apoyo en el asiento, confiado, sintiendo mis opciones dividirse. Un cruce de caminos y de suertes, secantes que convergen, cuerpos que se fusionan. El cuero del respaldo se me pega. La camiseta pesa. Siento mi aliento, tórrido, chocar contra mi pecho.

- Dime dónde te bajas... No se me da muy bien parar.

Nunca sé poner fin a lo que empiezo. Los incendios que enciendo se desatan. Soy un ascua difícil. Siempre quemo.

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Fon Lattener
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MensajeTema: Re: Desde el crepúsculo hasta… donde tú quieras [Priv. Adrien Hollow]   Vie Jul 19, 2013 5:23 am

¿Cómo un puto ebrio colocado podía ser tan jodidamente sexy?

Quizás era esa mezcla devastadora de encanto personal y la inhibición desbocada de su propio estado inducido lo que lo hacía más atrayente. Al menos para Fon, que aun dejándose llevar por sus instintos más primarios no podía librarse de su lógica y su razón al 100%. No al menos hasta que llegaba al orgasmo.

El cerebro era parte del ser humano al fin y al cabo, hubiera evolucionado o no.

A pesar de toda la situación, de su sonrisa y su claro interés por él rezumando de cada gesto que le era dedicado, al menor no le hacía falta nada de eso más que para confirmar lo que para él ya era una realidad. Lo sentía, lo percibía de algún modo que todavía le costaba describir porque ignoraba exactamente cómo lo hacía. Pero podía notar en el ambiente, en su cuerpo y en su interior las sensaciones obscenas que le provocaba a ese hombre.

Podría ser parecido a eso que llamaban “sexto sentido” o incluso intuición pero Fon no creía en ese tipo de cosas. Los impulsos y las corazonadas no le valían para poder asegurar con la claridad con que lo sabía que aquello era deseo creciente, lascivia pura y tórrida perversión.

El mejor vaso de licor para derramar la frustración.

Pero ya fuera que lo oliese, lo saborease sin tocarlo o lo palpase de algún modo su cuerpo por dentro o por fuera, lo cierto era que Fon estaba demasiado distraído perdiéndose también en sus propios deseos y su juego como para pararse a pensar en ello.

Agradeció internamente tener las gafas de sol puestas, la vista se le perdió casi instantánea en aquel cautivo alzándose contra su vil cárcel de tela.


“Uff… como la cagues ahora, te mato, Lei Fon…”


Su autoamenaza mental se disolvió en el pensamiento al ver que por fortuna, su respuesta había surtido efecto. Sí, era escritor, un hombre creativo, imaginativo. El coche le fue desbloqueado, el asiento del copiloto empezaba a ser despejado. Fon sonrió con discreción mientras lo hacía y no pudo pasar por alto la forma en que lo llevó a cabo. Material importante, no solo de uso habitual. Muy importante. ¿Aquello era una grabadora?

Periodista.

Fue lo que vino a su mente al instante, antes de desear agarrarle la botella y lanzarla lejos. Le daba igual acabar con un cadáver deshidratado en el coche, Fon sabía conducir y tenía un desierto para no llevar restos en descomposición en el vehículo. Pero que le diera el coma etílico o el golpe de calor después de follarlo, por favor, tampoco pedía mucho…

Me vale —respondió escueto a su comentario informativo, alargando su sonrisa al ver cómo el otro le ofrecía el asiento de al lado mientras él se tomaba el borde de la camiseta y se la alzaba hasta el rostro para limpiarse tranquilamente el sudor.

Sí, para qué negarlo, le estaba enseñando su torso lampiño y sinuoso así como quien no quería la cosa. Ya que al fin se había descubierto los ojos, le despertaría un poco los sentidos. Porque viendo que no tenía pinchazos en los brazos ni las fosas nasales quemadas o restos de polvo en la barba, diría que iba con un buen subidón de anfetas por esas pupilas que casi no dejaban ver sus iris recorriendo su anatomía con disimulo cero.

Aunque, ¿qué tenía eso de malo?

Le gustaban sus ojos, eran grandes y algo saltones sin resultar desagradables. Quizás el hecho de que no le llamasen la atención los ojos claros pero sí su forma fuera de lo común fuera ocasionado por los suyos propios, también claros y poco comunes entre la mayor parte de la población estadounidense. Cejas y pestañas bonitas, interesantes. Ojeras para parar un tren. Una cara peculiar y armoniosa, un cuerpo acalorado y castigado.

Quería subirse a ese coche… y a lo que no era el coche.

Fon no respondió con palabras a su nueva invitación a entrar, mas al escuchar su risa sus labios se alargaron y dejó entrever sus dientes pequeñitos, blancos e impecablemente alineados en una sonrisa al tiempo que se soltaba la camiseta y bordeaba el coche por la parte delantera. A zancadas pero sin prisas, no le quería privar al conductor de cada tensada de la tela de sus vaqueros ante el movimiento natural de sus caderas al caminar en dirección a la otra puerta.

Fon accedió pues al interior del vehículo y se acomodó en el asiento tras la última panorámica de su trasero que pudo ofrecerle a aquel hombre antes de cerrar nuevamente. Miró hacia atrás, para dejar su mochila y su chaqueta de modo que no estuvieran muy lejos de su alcance ni molestasen por sobre el caos que tenía el otro en los asientos traseros.

Escuchó su último comentario mientras se acomodaba en el asiento, por lo que volvió el rostro para responderle, llevándose una mano a las gafas para descenderlas un poco sobre el tabique de su nariz.

A mí tampoco —le dijo de forma sugerente ladeando su sonrisa, mostrándole al fin sus rasgados ojos entornados y sensuales fijos en él… y luego, en su abultada entrepierna sin disimulo alguno. Un segundo después, volvía tranquilamente a mirar al frente sin más, quitándose del todo las gafas de sol para ponérselas de diadema mientras decía volviendo a su tono natural, resuelto—. Lleguemos pues hasta el final.

¿Había algo más claro y lógico que eso en aquel momento?


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Adrien Hollow
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MensajeTema: Re: Desde el crepúsculo hasta… donde tú quieras [Priv. Adrien Hollow]   Vie Jul 19, 2013 8:19 am

Tal vez ese "cerebro de reptil" del que he oído hablar sea la voz, subterránea, que trata de avisarme. No sé si es un susurro o es un grito, suena tan dentro y enterrada, que yo apenas la oigo. Tal vez influya que siempre he odiado los consejos.

Sonrío, renovado. Como si cometer errores me hiciera restar años, con esa oposición absurda tan vacía como peinar mi pelo "raya al lado", yendo de "niño malo". Siento el escalofrío de la anticipación desde la punta de los dedos otra vez al volante hasta mi nuca húmeda, mi pelvis, mis piernas flexionadas.

Me responde y sólo puedo ver su vientre, cincelado, y siento que el desierto es un museo y observo a un David chino, remake del siglo veintiuno. Observo cada curva, la textura y la fibra, las oquedades que dibujan sus caderas, la hondura de su ombligo. Mojo mis labios con mi lengua al contemplarlo.

El calor es casi un pasajero. No es medio ambiente, es religión, presente entre nosotros. Oigo su crepitar en mis sentidos, y rezo, rezo mudo, pidiéndole al calor sudores nuevos.

Siento mis ojos rojos, secos, fijos. Pero no quiero agua. Ya no. Ni siquiera cerveza. Quiero besarlo, hasta drenarnos juntos. Amarro mis dos manos al volante, como si tener algo entre los dedos controlara mi tacto, mis anhelos.

El silencio es un baile. Cediendo los espacios, también la iniciativa. Nos comprobamos. Y aunque no es mi mejor momento, acelerado y obvio, quiero jugar también. Conozco algunos pasos... también enajenado.

La risa de ese extraño me hace desear rozar su nuez con los pulgares, sentir vibrar ese sonido en su garganta. Me siento colocado ante la imagen, ante la agitación en cada yema, saboreando realidades que no se han producido.

Joder, me siento ido. Me siento desbocado, como un adolescente en las profundidades de su coche, quitándose la ropa en ese asiento ahora vacío, más espacioso y amplio, tras de mí.

Centro mis ojos en su cuerpo, en la sonrisa que asoma entre sus labios, hasta observarlo entrar. Como a cámara lenta, sin saber si las drogas o mi mente aún no pueden creerse lo que me está pasando. Un adonis extraño quiere un polvo o un viaje. Tal vez lo quiera todo.

Y aunque el cerebro de reptil sugiere mil preguntas y me grita que qué hace en el desierto, que no sé ni su nombre, que ya me han traicionado y estoy drogado y solo, me siento muy humano para la sangre fría.

Está a mi lado y sólo quiero olerle. Respiro tan profundo que siento mi sudor casi en mi boca. Debo acercarme más. O no acercarme. Me quedo quieto, viendo pasar el tren, sin saber si me arrojo o espero a que se vaya. Busco los focos en su rostro. Si voy a morir joven y a estrellarme quiero ese cara a cara, un duelo del oeste, desenfundar primero.

Se retira las gafas y me observa. Me siento Billy el niño. La muerte es de color azul, vive en esa mirada. La petite mort si tengo suerte. Cuando vas a Las Vegas es para apostar fuerte.

Siento sus ojos en la polla, dentro aún de los vaqueros, y es como una caricia, ardiente, sibilina. Hay dos serpientes en el coche. Una no tiene hambre... y aparta su mirada venenosa desnudando su rostro, retando al horizonte.

Giro la llave mientras me recoloco en el asiento, con el sonido ebrio y orgulloso de una risa entonada, todo labios, ese "hum" arrogante como toda respuesta. Nos hemos vuelto un comic, blanco y negro.

El motor me responde, más dispuesto a correr que el nuevo pasajero. Y sonrío, sonrío como un jodido loco. Quiero jugarme el tipo y me siento tan vivo, tan perdido y tan libre, que es como si follase.

- Entonces a lo Thelma y Louise, hasta Las Vegas. Y en vez de suicidarnos, me invitas a una copa. Quiero escuchar tu historia. Siento que tienes una.


Una última mirada, los caballeros se miran a los ojos ante un negocio nuevo. Paso de Billy el niño a Robert Reford, quedándome en James Dean por el momento. Quiero morder los labios de esa boca.

- ¿Trato?


He pisado el pedal antes de oírle. Cuando vas a Las Vegas, debes cerrar los ojos.


Última edición por Adrien Hollow el Lun Jul 22, 2013 5:51 am, editado 1 vez
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Fon Lattener
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MensajeTema: Re: Desde el crepúsculo hasta… donde tú quieras [Priv. Adrien Hollow]   Dom Jul 21, 2013 6:16 am

Por irónico que pudiera resultar, a Fon no le gustaba ser observado ni llamar la atención. Era harto desagradable sentir una mirada taladrando su anatomía, requiriendo atención en silencio, interrumpiendo el fluir de sus acciones y pensamientos. Una mirada demandaba algo, juzgaba lo que veía, opinaba y excusaba la interpretación que luego llevaba a cabo el propio cerebro de cada uno. Aunque fuese algo por completo equivocado o certeramente verdadero.

Y sin embargo, allí estaba él. Marcando lo remarcable con sus vaqueros y luciéndose con la sensual sutileza que los gestos naturales ocultaban bajo la inocencia de la moral humana. Todo, para subirse en un coche que a saber si iba a ser capaz de llegar a Las Vegas en una carretera en línea recta.

La razón y el instinto eran tan contradictorios a veces…

Maldijo aquella lengua por intentar calmar una sed que le correspondía a su boca. Maldijo aquellos labios resecos por acaparar la caricia húmeda que andaba empezando a anhelar su propio vientre.

Lo sentía. Lo sentía como si lo oliese o le entrase en el organismo directamente a través del aire seco cada vez menos cálido en la piel. No era su sonrisa de acelerado ebrio triunfador, ni sus ojos comiéndose cada pedacito de su cuerpo expuesto y tampoco sus manos aferrando el volante como si aferrase su instinto de depredador para no saltarle encima igual que un cachorro alejado de su manada.

Era su deseo, su anticipación, su mente de escritor lo que Fon percibía.

Al menos el sudor eliminaba gran parte del alcohol y otras sustancias molestas del organismo para mantenerle lucidez justa y suficiente para considerar válido el aceptar su invitación y entrar en el coche.

El interior del vehículo era un compendio tan grande de información que sus dos cerebros peleaban por la supremacía de la atención, pero el joven neoyorkino no pudo quedarse sin responderle. Ahora estaba adentro, más cerca. Se permitió el ser más descarado y obvio, una mirada fuera de lo común, una sonrisa menos misteriosa, un par de tonos más abajo. Y una muestrita de interés por su parte, que el otro fuera consciente de que estaba perfectamente al corriente de su alzamiento de bandera y que no se iba a desconcertar por ello.

Oh, pero si le había gustado y todo que se la mirase…

Fon apretó los labios al mirar al frente para evitar que sus comisuras se alzasen más, aunque solo lo consiguió con una. ¿Qué? ¿No le podía parecer estimulante esa risa murmurante de pervertido a punto de comerse el mundo?

Sus ojos azules observaron la caída del sol en el retrovisor, viendo como ya casi no se veía por sobre el horizonte a sus espaldas. Oscureciendo el ambiente hasta irlo quemando y volviendo cenizas, enfriándolo.

Pero el desierto seguía ardiendo dentro del coche aún.

El motor ronroneó y le trajo el sonido de aquella voz nuevamente, haciéndole desviar la mirada hacia su conductor antes de volver la cabeza del todo para mostrarle su rostro. Con aquella sonrisa enigmática y esos ojos azules profundos, serenos, fijos en él. Volvió a mirarle el paquete de forma fugaz y continuó el recorrido por todo su torso hasta regresar a su cara. Ocultando con distracciones y silencio dramaturgo el disgusto hacia las historias que no se debían contar.

De acuerdo, una copa y un rato entretenido —matizó con una sonrisa, aceptando aquel pago por recogerle mientras notaba el coche avanzar.

De nuevo, volvió la vista al frente al tiempo que continuaba hablando, llevando sus manos hacia atrás.

Todos tenemos una historia —musitó divertido, tirando de la espalda de su camiseta para sacársela con todas las confianzas del mundo— y no creo que la mía sea más interesante que la tuya.

Dijo tranquilo, natural para que no fuera tan obvia su respuesta esquiva, pasándose la prenda por la cara, el torso y bajo los brazos para limpiarse el sudor, dando una sutil ojeada al desorden del asiento trasero para hacerle ver que se refería a eso.

Finalmente, echó los brazos hacia atrás por encima de su cabeza sobre el respaldo del asiento y dejó caer la camiseta, sosteniendo su muñeca con la mano contraria —que tenía una pulsera de bolitas— para mantener la postura en la que se había acomodado. A torso desnudo y sin mucho rincón que ocultar. No llevaba collares esta vez, no tenía vello alguno en el pecho, el abdomen o las axilas y por muy blanca que se viera su piel, sus pezones no eran rosados, sino marrón clarito. Su piel no se ponía rosa con el sol, podía llegar a broncearse, tomando un bonito tono dorado.

Las benditas ventajas del mestizaje.

Hay un bar de carretera más adelante, a quince minutos —le comentó tranquilamente, con los ojos fijos en el retrovisor—. Tiene un aparcamiento grande y estará casi vacío hasta dentro de un par de horas —explicaba, como si conociera el lugar del que hablaba. Volteó la vista hacia él una vez más—. Podríamos parar un rato allí —le sugirió, sonriendo para luego volver la vista al frente y excusar aquello diciendo—. Me gustaría ver las estrellas.

¿Acaso un demonio no podía tener un lado inexplicablemente romántico?

El sol ya había desaparecido y la sombra empezó a hacer su aparición, llevándose parte del calor del día junto a la luz. Los primeros puntitos luminosos empezaban a verse y la vista de Fon se perdió en ellos, mirando por la ventanilla de su lado sin cambiar su postura. Parecería que se estuviese luciendo pero realmente así se sentía más cómodo y fresco. Aunque mientras buscaba constelaciones distraídamente, se preguntaba mirándole de reojo la bragueta a aquel hombre:

“¿Aguantarás así hasta que lleguemos a Las Vegas?”

Igual se hacía divertido el comprobarlo…


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Adrien Hollow
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MensajeTema: Re: Desde el crepúsculo hasta… donde tú quieras [Priv. Adrien Hollow]   Lun Jul 22, 2013 6:42 am

Siento sus ojos nuevamente en mí, cabalgándome, desde el fuego velado en mi entrepierna a mi vientre, mi torso, mis facciones. El aire ya es palpable, nos rodea, nos separa. No hay nada más entre nosotros, el aire y mis ideas...

Aspiro, como si al respirar nos acercáramos. No sé si el aire en mis pulmones me calma o me da cuerda. No hay nada cuerdo en mi, no ya, no ahora, mientras ese mestizo de ojos de mar adentro me recorre. Sólo siento las olas, en sus ojos. La marea sube en mí. Bañarse es peligroso.

La noche se avecina, el telón cae, despacio y negro. El calor no se marcha, ardiendo desde dentro. Tal vez yo sea la arena, el cactus, las espinas. La sed sólo es deseo. Necesidades nuevas, vacíos que ya conozco.

Las ojeras me pesan, ceñidas a mis ojos, que ya ni parpadean. No aparto mi mirada de ese extraño, el ancla es el volante entre mis dedos, la carretera es recta. Seguiré vivo mientras no lleguen curvas. Mis ojos no le dejan, le acarician. He perdido el pudor. No lo he tenido nunca.

Sus labios acompañan sus palabras. Se mueven, vocalizan, y estoy enloqueciendo. ¿Esa boca es real? Es un suicidio. Da igual lo que pronuncie, todo es sexo.

Ha aceptado la copa y no respiro. El aliento se engancha en mi garganta seca. "Un rato entretenido"... Yo sé de lo que habla. Siento cada botón en mi bragueta, escalones de acero.

El duelo continúa, dispara a bocajarro. Se desnuda. Mis ojos casi hieren, atraviesan. Su piel de nieve prende en mí chimeneas. Es Navidad, y yo he sido un buen chico.

Oigo su voz mientras le lamo los pezones en mi mente. No puedo responder, no en el momento, mi lengua regatea aún dentro de mi boca. Casi puedo sentirlos, casi puedo morderlos. Me atraganto. Mi "imaginación viva" puede ser un problema. Salivo, y trago hondo.

Pero no me avergüenzo.

Él sabe a lo que juega. Yo no soy un cobarde. Y sé que está evitando mis preguntas. Sus misterios me intrigan y me encienden, más dentro, con sangre en la cabeza y en la polla.

Le oigo. Oigo lo que me dice, y lo que calla. Tal vez me oiga a mí mismo interpretar. Un bar de carretera. Estrellas. Soledades. Nos veo muy solos y estrellados en el baño. Siento el tirón entre mis piernas.

Ya no me mira. Ya no me importa. Yo sí le miro a él. Si me devuelve la mirada puedo rogar en el silencio. Sus ojos en el cielo me dan algo de espacio. Me alejo del volante unos segundos. Aparto mi cabello con las manos, siento mis dedos húmedos, mojados. Correosos. Suficiente para aceitar su piel, si lo acaricio.

Puedo respirar hondo con cartas bocarriba, o hacerlo con palabras. No me gusta gemir cuando no me provocan. Me gusta provocar. Y le sonrío, la boca llena, líquida, caliente.

- Eres rápido, amigo. Podemos conocernos, poco a poco, desvelando esa historia por fascículos... O ser tan sólo dos desconocidos.

Las sugerencias obvias, torrenciales, se derraman palabra por palabra. La curva de su vientre, sus clavículas, son lo que necesito para caer en barrena. Me siento una cascada, la lluvia, gravitando. Es cuestión de minutos. Terminaré tocándolo.

- Acepto la parada si jugamos. ¿Verdades por verdades? Es la única manera de poder desnudarme, aún al volante... Y me gusta ser justo. Generoso. ¿Pregunta por pregunta? ¿O elegimos las "prendas" que quitarnos?

Dios, quitátelo todo. Arráncame la ropa y el pasado. Las manos al volante, la mirada en sus ojos, en el azul, viril, que siempre me ha perdido. En la flecha en su torso, hasta su pelvis. Yo soy un pecador. Yo ya he caído. Y no puedo salvarme.
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Fon Lattener
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MensajeTema: Re: Desde el crepúsculo hasta… donde tú quieras [Priv. Adrien Hollow]   Sáb Ago 03, 2013 6:20 am

Aquella sensación se desbordaba, invadía el coche como si fuese aire viciado por más que sudor, alcohol y miserias. El deseo de ese hombre le invadía los sentidos sin saber muy bien cual estaba más embotado por ello. Buscaba el suyo propio, aquel instinto animal necesitado y hambriento que tan complicado era de aplicar a Fon por aquel aspecto apocado y ese carácter serio, racional y lógico.

Pero no a todos los que les gustaba recibir esperaban a que vinieran a por ellos, uno no come si no sale de caza…

Mantener una conversación con aquel tipo parecía un gran reto, aunque no tenía muy claro si para él mismo o para el otro. Aquellos ojos verdes, su boca, su deseo le recorrían como si pudiesen tocar su piel. Fon no había sido consciente en principio de que su sencillo gesto de acomodarse desnudando su torso fuera a intensificar la sensación reinante entre ambos, no lo hizo con esa intención.

Aunque, ¿qué esperaba si tenía un tío empalmado conduciendo?

El cosquilleo imaginario de esa lengua que intuía moviéndose en la boca ajena mientras le hablaba surtió efecto. El cuerpo no obedecía a la mente, no hacía falta. Sus pezones se endurecieron, sobresaliendo un poco de la aureola. Invitadores, incitadores. Fon estaba más ocupado maldiciendo internamente el haber resultado obvio para su improvisado escáner corporal a juzgar por su propuesta que pendiente a lo que su propio cuerpo le gritaba a su acompañante.

Él también quería saber su historia y, a la vez no quería. No más de lo necesario. Su cerebro a veces era un problema, le decía cosas de su entorno que a veces deseaba ignorar.

Pero si el deseo de un hombre era incontrolable, la curiosidad de Lei Fon Lattener no se quedaba atrás.

Ni las estrellas invadiendo la oscura inmensidad que los coronaba fuera del vehículo podían disipar esa sensación, seguía siendo observado. Él mismo seguía viendo ese paquete abultado con una etiqueta de “Cómeme” entre Betelgeuse, Melssa y Bellatrix, las tres estrellas que formaban un sugerente pico en la constelación de Orión, el cazador.


“Joder, quiero arrancarte los putos pantalones”


Me gustan las cosas por fascículos —musitó relajado, girando la cara hacia él—. La espera suele ser tediosa pero eso es señal de que valen la pena, ¿no? —sonrió un poco y volvió a mirar al frente, ojeándole de soslayo para murmurarle como quien no quiere la cosa—. Y siempre dejan la mejor parte para la última entrega…

Bueno, siempre podía jugar al juego de las mentiras, nada aseguraba que fueran a volverse a encontrar. Y de ser así, ¿qué importaría? Aunque no quería renunciar a un posible contacto interesante, un periodista siempre era útil en ciertos momentos si sabía hacer bien su trabajo. Porque ya más obvia no podía ser su ocupación cuando escuchó aquella nueva propuesta.

Preguntas. El que las hacía era él mismo, constantemente. Incluso en su trabajo, en los interrogatorios e investigaciones. Lo contrario le era incómodo, había cosas que eran difíciles de ocultar. Fon sabía mentir. Pero primero tenía que mentirse a sí mismo y creerse su propia mentira para hacerlo bien.

No obstante, mirando el caos de los asientos traseros a través del retrovisor, tuvo una idea mejor.

Mmm… —se hizo de rogar un poco, haciéndose el pensativo con el rostro girado hacia él mientras bajaba uno de los brazos hasta su propio pecho, frotándose un poco el hombro—. Está bien, aunque —aceptó con una pequeña sonrisa, mientras su mano descendía sinuosa en un gesto natural por su torso— ¿por qué en vez de a las preguntas no jugamos a las deducciones? —la mano se detuvo sobre su cinturón, dejando que sus dedos empezasen a juguetear sutilmente rozando la hebilla sugerentes— Dime cosas sobre mí y yo confirmo o desmiento y viceversa —explicó, sin apartar la mirada entornada de él, siguiendo con el despreocupado gesto sutil bajo su ombligo—. Cuéntame mi historia y yo te contaré la tuya.

Fon tenía obvia ventaja en aquel juego, ya no solo por ser superdotado —que tampoco es que supiera con exactitud si el otro lo era o no— sino porque él no estaba ni ebrio ni drogado. Sin embargo, tampoco pensaba aprovecharse en demasía de eso, no por el momento. No sería divertido desvelarle un secreto así tan a la ligera, lo fuera a recordar o no más adelante.

Ya de por sí le estaba dando la oportunidad de ver de alguna manera que le gustaba “jugar” a los detectives, algo era algo…

Además, tenía curiosidad, ¿qué cosas creería saber aquel hombre de él? ¿Acertaría más de lo que pensaba o acabaría por convertirle en una persona por completo diferente con una historia increíblemente ficticia si erraba?


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Adrien Hollow
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MensajeTema: Re: Desde el crepúsculo hasta… donde tú quieras [Priv. Adrien Hollow]   Dom Ago 11, 2013 7:07 am

El aire es denso, húmedo, caliente. He dejado el desierto para vivir una tormenta, esa calima pegajosa que te lame la piel, que te perla en sudor y que avecina lágrimas. La sensación de tempestad ante lo inevitable, rugiendo dentro, cuando todo son olas y promesas, a gritos.

A juego, unido a ese hilo místico que algunos llaman karma y otros casualidad, el casette se deshace en pronósticos dejando paso a una de esas viejas canciones, ya clásicas, esta vez con acento mexicano, despidiendo a Red Hot e invitando a Maná al sacrílego espacio entre nuestros cuerpos.


Porque mi coche ya no tiene sentido. Es sólo una envoltura, somos el caramelo. A falta de minutos para ser derretidos en los labios. Soy un tipo optimista.

"A ti te gusta vacilar
lo que tú quieres es gozar
y la noche te invita a rumbear
mojada de calor, de calor"

Despego mi pulgar y mi índice del ancla del volante para subir la música, los acordes me mueven aún incómodo. Juego con ese ritmo entre los dedos, con un tintineo decadente que quiere ser merengue y no llega a rozarlo, nacido en country americano.

Lo único que quiero tocar es ese pecho al descubierto, tal vez el botón irritante en mi bragueta, la junta del contacto apartando la llave para dejar el coche a un lado y ser quien quiero ser.

Quiero mover mis caderas, atadas, antes de darme cuenta. Gritaría cada letra, cambiando algunas "a", problemas "del directo. Los príncipes azules que no buscan princesas tienen pocas canciones sin retoques a su alcance. "Tu tienes lo que quiero"... no puede ser más cierto.

"Tú tienes lo que quiero
me prendes como el fuego
tú tienes lo que quiero
me prendes como el fuego"

Siento la ingravidez haciendo un fuerte en mis entrañas, sin intención de irse, alimentándose de mi deseo, de esa anticipación ya sólida, en cada llama en mi mirada, en mis labios tan secos, tan ansiosos, tan ávidos.

Soy tan consciente de mí mismo, de cada ápice de piel, del tacto del volante, la sensación de la piel del asiento pegándose a mi espalda, los vaqueros ceñidos, apretados, enjaulando mi sexo pero no mi vergüenza. Ya no tengo de éso.

Las "cosas por fascículos"  y los continuarán ya no resultan convincentes. Quiero un "The end", desesperado. Pero aún así comprendo el juego, disfruto la tensión en mi mandíbula, en mi estómago, delineando las curvas de mi vientre, marcando más la evidente erección, enmarcada en mi pelvis. Sin tapujos.

Ya no quiero fumar. No me apetece bourbon. Ya no quiero beber. Sólo quiero probarlo. Y el aire y el sudor me contamina, hablándome de un deseo compartido, en el silencio que rompe mi respiración, errante. Es obvio para ambos. Yo no voy a ocultarlo.

Oigo cada palabra en sus respuestas con el sonido hueco que te ofrecen los ecos, mientras mi mente sólo busca el sonido de esa mano, tocándole, deseando que una mirada de soslayo pueda ser slow motion, con un zoom aumentado hasta ver sus lunares, centrándome en las dianas rojizas que ya quiero morder hasta oírle jadear.

Quiero ser un insecto para posarme en él. Quiero picar su piel, hacerle sangre, drenar su esencia. Chuparle de más modos de los que sé verbalizar. Mi mente ya no piensa, no divaga, es una línea recta que apunta hacia su cuerpo. Nunca más paralelas. Sólo quiero secantes, abruptas, arrojadas.

El destino es ahora, y no quiero un mañana. Sólo quiero follarle, que me folle, estrellar este coche en la lujuria y ya no tener nombre. Pero me ofrece un reto nuevo, y el perdedor que vive en mí no sabe decir no. Me ha vuelto a capturar. Tengo boca de pez que siempre muerde anzuelos.

- Así que debo deducir y tú vas a guiarme con un ¿caliente y frío? Este coche está ardiendo y yo soy de esos tipos que se "imaginan cosas". Tendrás que disculparme si te convierto en una fantasía.


Le miro. Ya no basta de lado. Le miro como miran los locos y los lobos, le muerdo con los ojos. Inventarle me hace sentir poder, como si fuera un personaje cuando escribo, como si fuera a responder a mis deseos... protagonista de este sueño húmedo, dónde yo aún no me he desvestido.

- Déjame adivinar. Te gustan las preguntas, pero no las respuestas. Y aunque podrías tentar a Jesucristo, no eres una ilusión. Naciste en algún sitio. ¿De dónde vienes? Me arriesgaré.

Quieres ser un enigma que desvele mis noches. Pero con el misterio no me vale, yo no quiero secretos. Quiero el sonido exacto que exhalas al correrte... Y voy a averiguarlo.

No aparto mi mirada, me derramo en su azul con mi verde, enturbiando mareas, buscando maremotos. Enredando mis algas mientras sumerge sus tobillos. Recorro sus facciones, el orbe de sus iris, su mentón y sus labios, que hacen que muerda los míos mientras indago y "averiguo".

¿Serán verdades? ¿Serán sólo mentiras? ¿Qué me daría más morbo? Quiero tus pantalones y tirarte del pelo... quiero parar el coche.

- Vienes de una ciudad dónde consigues ser anónimo... cuando tú quieres serlo. Pero sabes moverte, amigo. Eres un urbanita. Podría decir Los Ángeles, incluso San Francisco... Vienes de un sitio grande, oscuro, que te enseña a mostrarme el paquete para que pare el coche. Pero no me has tocado. Y aún estamos jugando. Ese estilo es más frío, tal vez... ¿Manhattan? ¿Has crecido mordiendo la manzana?

Podría parar, pero quiero más carne, más mordiscos. Quiero saberlo todo, o equivocarme en todo. Quiero saber si lee la Cosmopolitan o si masca tabaco en una granja. Quiero ponerle un fondo al decorado de su cuerpo desnudo en mi cabeza.

No dejaré telones. Voy a romper los velos, a desvestir la noche. A desnudar el fuego que mantenemos vivo, sin llegar a quemarnos.

- Y añadiré algo más. Sin miedo a equivocarme. Sabes perfectamente lo que me estás haciendo... y diría que te gusta.

Me miro la bragueta, henchida, guiando sus ojos poniendo cuna a mis palabras. Busco su aceptación o el hambre en crudo que me está devorando, desde dentro. Busco tentarle tanto como tienta él, igualar este duelo, lanzar mi guante. Con suerte, a su entrepierna.

OFF:
 


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Desde el crepúsculo hasta… donde tú quieras [Priv. Adrien Hollow]

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